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AL RÉGIMEN LO QUE ES DEL RÉGIMEN

 

 


 

 

 

¿QUE QUIERE FIDEL?

Jorge Hernández Fonseca, Brasil, 22 de agosto -- La incógnita asociada a la repentina y arrolladora reaparición del dictador cubano Fidel Castro en el panorama cubano internacional, ha sido objeto de preocupación y conjeturas por una buena parte del exilio cubano. Como era de esperar, varios analistas políticos de reconocido prestigio han escrito al respecto intentando poner en claro las causas de su reaparición. En primer lugar, es lógico que una personalidad como Castro --el cual sólo cedió la dirección del país aquejado por una enfermedad grave-- una vez restablecido, quiera

 

TRAS LAS HUELLAS DE Da VINCI
Félix J. Hernández

 





La anticipada victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias norteamericanas de la mitad del período presidencial es un “secreto a voces”. El optimismo es sólido en los círculos del Partido Republicano. Retornar la Cámara de Representantes a la lideratura republicana y retirar a Nancy Pelosi como Vocera [Presidenta] de ese cuerpo legislativo se consideran resultados seguros e inevitables. Se habla incluso de la posibilidad de alcanzar una mayoría senatorial Republicana, esperanza dudosa pues en noviembre sólo se disputará la tercera parte de ese organismo.

Un déficit siempre creciente, una deuda nacional que cada día más impagable, un sostenido desempleo apenas por debajo del 10% (con cifras más elevadas en la mayoría de los llamados “swing states”), el arrogante desdén del Ejecutivo ante las objeciones populares a su agenda y su evidente determinación a crear un estado paternalista que substituya a la república más exitosa de la historia universal, contituyen un récord difícil de defender. Son muchos los congresistas Demócratas quienes no desean la ayuda de Obama en sus campañas del próximo otoño. Recordemos que sólo el 20% de los votantes en Norteamérica se consideran a sí mismos “liberales” (etiqueta que en la jerga política de aquí se define como “socialista”, o al menos “socialdemócrata”).

Todas las encuestas coinciden en que la popularidad de la administración Obama se desploma y que incluso enfrenta un decreciente entusiasmo por parte de su base política. Un sondeo reciente del respetado encuestador Rassmusen reveló que si las elecciones presidenciales del 2012 se celebraran hoy, el Presidente perdería ante todos los posibles candida tos del partido de oposición, incluso ante un candidato “genérico”. Otras encuestas indican que quienes se oponen con gran convicción a la política del Presidente se aproximan a 46% de los votantes registrados, mientras quienes lo apoyan con la misma fuerza en el mismo grupo apenas si llegan a 28%.

Sin embargo, todas esas posibilidades carecen de importancia cuando se tienen en cuenta las ingratas realidades que confrontan. Si lo que nos importa es el futuro de Estados Unidos, su salud social y económica y las implicaciones de esas metas en el futuro de la Humanidad, dedicarnos a esperar pacientemente por los comicios de noviembre equivale a garantizar el fracaso.

Me explico: el mal ya está hecho. El Estado norteamericano debe casi $13,400,000,000,000.00, cantidad que en el idioma inglés llaman 13 trillones con 400 billones de dólares y en castellano 13 billones con 400 mil millones de dólares. No es posible detener la bancarrota y recobrar nuestra autonomía individual sin primero eliminar todo el poder inconstitucional que el estado se abroga de manera creciente y contínua desde finales de la Administración anterior. Ese poder obtenido ilegalmente es tanto social como económico.

Desde la inauguración del presente Gobierno en Washington las prerrogativas del estado y su opresivo arbitrio sobre todos y cada uno de nostros ha crecido proporcionalmente al incremento de la deuda nacional y en razón inversa al ejercicio de nuestras libertades. Teóricamente Barak Hussein Obama es sólo el Presidente de la República. Pero también se trata de un ideólogo irrestricto y económicamente ignorante, quien llegara al poder en la cresta de una ola de miedo y engaño. Un mandón arrogante, que aplica por decreto una agenda colectivista en la que cree fanáticamente, sin restricciones ni remordimientos.

Pensar que una nueva mayoría Republicana en la Cámara de Representantes, incluso ayudada por otra simple mayoría de la oposición en el Senado puedan cambiar el curso ruinoso de Norteamérica es soñar una quimera. Para empezar, aunque en teoría la Cámara es el único organismo con discreción constitucional para otorgar gastos, sólo la recuperación inmediata de todos los gastos que ha hecho intocables esa presente legislatura podría empezar a revertir el camino a la bancarrota. Esto no puede conseguirse sin una mayoría senatorial a prueba del veto presidencial y tal mayoría es matemáticamente imposible de alcanzar en noviembre de este año.

En realidad el Poder Ejecutivo ha devenido en el único poder real en U.S.A. durante la Administración presente. El Congreso ha cercenado sus propios poderes mediante el abandono inicuo e irresponsable de sus prerrogativas. Los norteamericanos de hoy estamos siendo gobernados por organismos burocráticos semiautónomos y de corte totalitario, como la Administración de Protección del Medio Ambiente (E. P. A.). Recuérdese que la presente Administración amenazó al Congreso recientemente que si no aprobaba la llamada ley de “Tax and Trade”, la E. P. A. se ocuparía de aplicarla por cuenta propia. Esa subversión de la legalidad está ocurriendo en Estados Unidos, no sólo en la Venezuela de Chávez.

¿Quiere todo esto decir que nuestro futuro en libertad está irremisiblemente comprometido? No necesariamente. Este triste escenario implica que tenemos que sacudirnos inmediatamente la nociva miopía conservadora que nos inmoviliza. La política no es juego, sino asunto muy serio y responsabilidad de todos. Tiempos excepcionales demandan labores excepcionales. Cada individuo pensante tiene la obligación inalienable, hacia sí mismo, su familia y sus vecinos, de convertirse en un activista de la libertad. Todo eso, por supuesto implica esfuerzo, dinero y tiempo. Nunca se logrará salir de este profundo hueco si simplemente esperamos por noviembre.

Comunicarse con los congresistas de cada distrito de manera respetuosa y firme (sin importar cuál sea su filiación), inundar las oficinas de la prensa “liberal” con mensajes denunciando sus deshonestos editoriales, asistir a reuniones masivas apoyando las causas del retorno a la libertad individual y a la responsabilidad administrativa, tanto pública como individual, mantenernos informados y educar a otros a través de la Red, son labores infinitamente efectivas y fundamentales en el retorno a la salud social.

Recordemos nuevamente a Martí, quien tanto nos enseñara: “Es necesario poner de moda la virtud”.


LA MIOPÍA CONSERVADORA
Por Hugo J. Byrne, California, agosto 22 --

Nota: Toda traducción es parcialmente “libre” porque el significado de palabras, usos y frases varía extensamente con cada idioma. He tratado de traducir este trabajo de su versión original; “The Conservative Self-Deception”, lo más literalmente posible. Planeo publicar la versión
original en breve.
UNA DE PORRISTAS

 

 

Por Roberto Rodríguez Tejera, Miami, agosto 22, enviado por Paul Echániz -- Por los últimos 52 años los cubanos hemos insistido, más allá de toda lógica, en que algún día Cuba será libre e independiente. El momento puede que esté llegando. Depende ahora de nosotros asegurarnos de que los que sacrifican la libertad de los pueblos en nombre de una paz y una estabilidad artificial no triunfen una vez más. ¿Estaremos los cubanos a la altura de las circunstancias? Espero que sí. El fin de los Castro se acerca: eso no está en discusión. Estamos a punto de ver la derrota de un sistema que colapsa por el peso de los fracasos, los años y la intransigencia, y el cansancio y la desidia.

Sin embargo, la desinformación del régimen, y la activa colaboración de los que debieran ser aliados y dolientes, nos impiden ver lo cercano de la victoria, que por demás, viene disfrazada para que no la podamos reconocer. Los que nos dicen que la oposición ha sido derrotada por el tiempo, por nuestros pecados y por nuestra incapacidad, o se equivocan, o mienten para salvar los restos del castrismo. Lo que termina, lo que se agota, lo que tiene que morir, es el castrismo. Y tiene que morir para que Cuba viva.

A los que nos dicen que la única alternativa que tenemos los cubanos es la reforma del modelo castrista por los mismos que lo implantaron o, en su defecto, la perpetuación del modelo en su expresión más grosera y represiva, tenemos que responderle que, cuando menos, se equivocan; que la victoria está al alcance de la mano y que la derrota no es aceptable, porque aceptarla sería aceptar el fin de un proyecto de nación que se empezó a gestar en el siglo XVIII y que todavía sobrevive a pesar del castrismo. Un proyecto de nación que insiste en que la nacionalidad es fuente de derecho y que lo cubano no lo define un proyecto político en particular.

Los cubanos que pensamos que Cuba no es, ni Castro ni la revolución tenemos la obligación de no aceptar nada menos que la rendición incondicional del proyecto castrista. Todo intento de reconciliación y todo proceso de transición política tienen que comenzar por denunciar al castrismo como lo que es: una aberración política que hay que desarraigar de la vida nacional. Sin ese requisito previo el perdón no es posible, la reconciliación sería una farsa y el futuro una quimera.  Lo que está en juego no es la victoria de un partido político sobre otro. Lo que está en juego es el mismo concepto de Nación, la posibilidad de La República.  Aceptar la interpretación castrista de la nación y desde esa perspectiva comenzar la oposición a participar de un proceso de reconciliación nacional sin antes exigir ese exorcismo nacional, sería aceptar la perpetuación del Castrismo como concepto de nación. Fidel Castro nos impuso un modo de sociedad medieval que tiene que ser desmantelado y, cuanto antes lo hagamos, mejor para todos. La única negociación posible sería aquella que sirviera para pactar los términos y condiciones del desmantelamiento total del sistema castrista. No nace este planteamiento de la vana soberbia que ha definido al castrismo en los últimos 50 años, ni tampoco están presentes el revanchismo ni el machismo tan característicos de este proceso y, lamentablemnte, de nuestra cultura. 

El futuro del país no puede ni debe estar al servicio, ni de una oposición que aspire a excluir totalmente a los que hoy están en el poder, ni tampoco de los que, al lado de los Castro, aspiren a sucederlos excluyendo del futuro de Cuba a otros cubanos.  El peligro para los funcionarios del régimen no viene de una oposición que aspira a una Cuba “con todos y para el bien de todos”.  El peligro para ellos viene de las palabras y acciones de los más altos representantes del régimen, especialmente de los más recientes discursos de Raúl Castro y la reaparición de Fidel Castro. Los funcionarios del régimen no tienen que temer al exilio, la oposición interna, o a los Estados Unidos; por ahora ni siquiera a un pueblo ya cansado y lleno de legítimos reclamos, sino a la ira, la incapacidad y el desprecio por todos los cubanos de los Castro  y su equipo de gobierno, anquilosados por los años, el temor y el dogmatismo.

En 1959 Castro nos impuso  a los cubanos la peor de las guerras: una guerra civil. Seguimos en guerra los cubanos porque la dictadura nunca ha querido, ni quiere, repito, ni quiere, pactar la paz con la oposición; porque no ha permitido, ni planea permitir, ninguna interpretación de país que no sea la de su proyecto.

Como alternativa, nos han dado los paredones de fusilamiento, la cárcel, el destierro, o el convertirnos en no-personas dentro de un país que, por voluntad de un dictador, pasó a ser un feudo suyo y de un grupo de sus seguidores, y no la patria común de todos los cubanos. Todo se puede pactar, todo se puede negociar entre la oposición y los funcionarios dispuestos a abandonar el régimen, para la formación de un gobierno de transición; todo, menos la supervivencia de un castrismo sin Castro. El gobierno de transición, para que sea creíble, no puede incluir a nadie que no rechace de antemano todo lo que ha representado el castrismo en la vida nacional. Se acerca el momento en que Cuba, después de 50 años, sea gobernada por un grupo de cubanos cuyo apellido no será Castro.  Si fuéramos a sintetizar la misión de ese equipo de gobierno, el gobierno de transición, habría que decir que ha de ser la erradicación del concepto castrista de nación, y la implementación, al mismo tiempo, de la metodología democrática que pueda llevar a Cuba, en poco tiempo, a su transformación en un estado de derecho basado en el ideal que nació en la manigua y creció con Martí, en una República donde “la ley primera… sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.

Como se ha demostrado en los últimos meses, ni la oposición interna, ni el país en diáspora, podrán ser sometidos por la fuerza, ni asumidos por la mentira y la manipulación. Tratar de ignorarlos sería condenar al fracaso todo intento de transición verdadera. Los funcionarios desencantados del castrismo que no hayan tenido responsabilidad directa en hechos de represión brutal resultan indispensables también a todo proceso de transición que, tal como lo reclama el bienestar de la nación, le cierre el paso al revanchismo y la venganza.

Estos tres elementos -–oposición interna, exilio y ex funcionarios limpios-- están llamados a forjar la alianza que garantice

CUBA EN LA ENCRUCIJADA / 2010

el fin del continuismo, la re-fundación del estado de derecho y la rápida desembocadura en una República democrática, y es esa alianza lo único que puede ofrecer las necesarias garantías de paz para el desarrollo del p