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"Son los pueblos los que se hacen libres, no sus creencias".

 

 

 

 

 

El futuro de Cuba es un tema sumamente complicado y entre muchas cosas, porque la mayoría de los exiliados no comprenden por qué la comunidad internacional no se involucra a favor del bienestar de nuestro país. ¿Como podría interesarse? ¿Ha visto usted alguna manifestación popular en Zanja similar a las de los monjes budistas en Myanmar?

Las caminadoras de la Quinta Avenida (esas en las que algunos ven un parecido) le han dicho a todo el mundo que no son un movimiento político, sino un círculo de interés familiar.

Esas señoras vestidas de blanco están más identificadas con las Madres de la Plaza de Mayo (a las que pidieron ayuda cuando visitaron Cuba), que con la psicología moral de los religiosos asiáticos. Incluso los más “prestigiosos disidentes” de Cuba son capaces de “unirse” (para no decir revolcarse) y firmar un documento conjunto, lo que demuestra que son capaces de aliarse con otros diablos con tal de deshacerse del que ahora dan por moribundo. El panorama político cubano es sumamente complicado, pero además, está irremediablemente saturado de emociones.

Sólo la sofisticación y la experiencia pudieran jugar un papel en la brutal mutación que necesita nuestro país. Cuba no mejoraría un ápice con una transición a la española, mucho menos con una sucesión. No se pueden tomar decisiones para Cuba que tengan en consideración lo políticamente correcto, sino lo que objetivamente sopese las abundantes evidencias y las alternativas coherentes. Si esto quiere decir algo concreto es lo siguiente: ningún exiliado, menos que menos ninguno de los disidentes, está preparado para actuar a favor de Cuba rápida, o instintivamente.

La mayoría de las veces el razonamiento y la planificación sorprende al cubano después que los hechos han tenido lugar. Y respondemos, como si intentásemos acomodar una justificación intelectual con la posición ideológica que hemos abrazado como subproducto de nuestras profundas creencias personales. El problema surge sin embargo, cuando vemos cuán deteriorada y rocambolesca se encuentra nuestra moral que, como instrumento, bien pudiera servir para unificar a todos los individuos de la sociedad e impulsar una cooperación antigubernamental.

Sin un sistema moral que vincule valores, prácticas, e instituciones, no hay mecanismo capaz de regular el egoísmo, el nepotismo, la corrupción, o el caos. Sin una “nueva” moralidad aceptada a la cañona, por decirlo más claro, no habrá vida social pacífica posible en la Cuba pos-Castro. Esto no lo entiende casi nadie dentro de la primera generación de exiliados, porque creen que sus valores son (o deben ser) aceptados por la mayoría. Pero eso tampoco es comprendido por las generaciones recién llegadas, cuyos vínculos entre el egoísmo y la moralidad están totalmente desintegrados.

Y tan es así, que no hay especulación (ni voluntad) capaz de permitirme imaginar un líder en la Cuba pos-Castro que no sea un militar de graduación mediana, no exiliado, con alguna experiencia bélica internacional y con altos estudios en Ciencias Sociales. ¿Que no les gusta lo que digo?, que le vamos a hacer. Yo no soy profeta como la mayoría de los cubanólogos televisados en el programita para chihuahuas de Oscar Haza. No soy optimista, pero tampoco pierdo mí tiempo con elogios irrelevantes para un pueblo que ni los pide, ni los merece.

¿Quien puede creer en un verdadero cambio democrático en Cuba que no venga de un sector de la oficialidad cansada? ¿Quién, que no sea un romántico, cree que puede meter a los cubanos por el aro sin hablar su mismo idioma? Cualquier argumento que no tenga en cuenta la cualidad moral del pueblo que se ha quedado empantanado en aquella isla, es un argumento absurdo: de esos que no deben tomarse en cuenta. El exilio anticastrista, y sobre todo, la vieja guardia de ese exilio, tiene que hacer de tripas corazón y comenzar a poner a un lado sus escrúpulos.

¿Se ha dedicado alguien a colectar inteligencia sobre esa oficialidad descontenta del MINFAR? No, la mayoría de los que se autoproclaman analistas de inteligencia, o están locos de remate, o apenas confirman bretes sobre la muerte de Castro. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor, van incluso en contra de las familias de sus opositores espirituales en el exilio, escriben carticas lastimosas para pedir el despido (o la no publicación) de aquéllos que no piensan igual, o simplemente actúan como viejas locas a las que mejor les vendría tomarse un calmante en vez de divulgar su menopausia.

Si el exilio militante no se propone firme y rápidamente establecer contactos clandestinos con los militares que en Cuba pudieran propiciar un viraje de 180°, quedará automáticamente fuera de juego. ¿Que el abismo moral es inmenso? ¿Que en las primeras conversaciones parecerá que se habla de cosas opuestas? Cierto, pero no veo forma más lógica de entronar el asesoramiento cívico-militar de esos jóvenes oficiales si no hay ese tipo de contactos. Algún que otro imbécil creerá que promuevo el dialogo, pero los militares que hayan servido en las fuerzas armadas norteamericanas, o los veteranos brigadistas de la 2506, o los ex agentes de la CIA, saben lo que quiero decir.

Noto que escribir malas palabras en mis textos “espanta” siempre a un importantísimo número de lectores cuya ideología no puede ser más afín a la mía. Muchos amigos incluso, no paran de decírmelo. Yo en cambio, les explico que no escribo para un público selecto, sino para un sector del pueblo cubano que es mi contemporáneo (o más joven que yo) y al que no le interesan ni las “muelas” moralistas, ni la forma (o el estilo) de lo que se intenta transmitir. El cubano de hoy necesita entender lo que se dice y eso se logra mejor con un “asere”, que con la gentil palabra que lo llame “caballero”.

No hay mejor ejemplo que Cuba para evidenciar que los malos modales y la moralidad relajada son adaptativas. Y ya sé que es muy complicado el tema, pero no aceptar el barro que tenemos puede impedirnos hacer alfarería por largo tiempo. Nótenlo en el terreno de las creencias religiosas. Aquellos que somos de derechas, pero que no comulgamos con el Dios de la mayoría, estamos condenados a formar parte de una minoría a la cual le exigen silencio. A veces, incluso, el silencio viene de la mano sutil de la censura. Puede un articulo decir pestes de Castro, y puede además no rendirle pleitesías a Dios, y su distribución queda por ello parcialmente condenada.

Quizás (yo, en lo personal, estoy convencido) haya incluso que dejar a un lado a Maria Santísima y los buenos modales. Es decir, si se quiere hacer llegar el mensaje al prójimo que ha quedado en Cuba condenado a la gratuita escolarización castrista. Quizás sea más útil ser un poco menos agradable a la vista y abarcar un grupo más representativo de lectores. Quizás haga falta dejar a un lado el supuesto pragmatismo de la elite que allá les desgobierna y entrar a influenciar directamente a sus alfiles. Quizás haga falta dejar de aislarnos nosotros mismos en la conchita repleta de valores celestiales y a la que el banco de sardinas no hace caso.

Una gran mayoría de cubanos cree que en los Estados Unidos se alcanza la felicidad porque una buena parte de su población posee una moralidad religiosa. No hay dudas que esos valores proporcionan felicidad, confort y una vida más amena a muchísimas personas. Pero no hay ninguna evidencia de que las religiones impliquen un mejor sistema democrático, o de salud pública, o un mejor puesto de trabajo para sus creyentes, o mayores anhelos de libertad, o lo que es aún más importante, que el ateismo implique lo contrario.

¿Pueden catalogarse como “virtud moral” los donativos religiosos que son destinados a la cruzada musulmana en contra de Occidente? ¡NO! ¿Puede hablarse de valor moral al donativo ateo-marxista de decenas de miles de vidas cubanas en la guerra de Angola? ¡NO! ¿Por qué entonces debo yo contribuir a la construcción de una iglesia (o una mezquita) en mi ciudad de residencia? ¿Entienden ustedes a que me refiero cuando abogo por abolir ciertos escrúpulos? Al menos algunos, si es que verdaderamente intentamos lograr la libertad de Cuba, ya.

Son los pueblos los que se hacen libres, no sus creencias. Si no se cuenta con ese pueblo bárbaro, mal educado, ateo, deformado, y por años pastoreado, no hay libertad posible. Es la comunidad unida y necesitada la que puede beneficiar finalmente al pueblo, no sus religiones. Hay por tanto que reconstruir a la comunidad cubana y hacerlo sobre la base de sus actuales valores morales. ¿Cómo hablar de Dios a aquellos que no saben lo que es ni el pan ni el vino? Angola demostró que no se le podía enseñar a un pueblo a leer y a escribir, si antes no se le enseñaba a trabajar.

El cubano ha demostrado que no se le puede pedir que crea en algo, si antes no se le ha enseñado a respetar a su propia familia. Estamos tratando de echar por tierra una institución gubernamental que basa su poder en la propaganda de mentiras y falsedades y que, metida hasta el cuello en el pantano de su propia historia, carece de mecanismos que le permitan corregir sus errores. ¿Cómo vamos a repetir el mismo camino? Si uno tuviera que juzgar el valor y las virtudes de un sistema moral en base al nivel de felicidad de sus adeptos, ¿cómo lo haríamos en el caso de los cubanos?

Mí respuesta es, y no podía ser de otra manera, anti-mística. O sino, ¿por qué la vida de todos los cubanos, ya sea en Cuba o en el exilio, es un eterno calvario? Eso se debe además a que nuestro credo personal dista mucho de ser creíble. ¿Abandonaría usted una pizca de su propia racionalidad para creer en algún candidato presidencial para Cuba? Si usted me dice que si, yo nombro mañana mismo Dios Supremo al muñeco de peluche más amado por mis hijas. El liderazgo en la Cuba pos-Castro llegará de manera impuesta porque el cubano no cree ni en su propia sombra, y porque además (no es una redundancia) no hay un sólo político creíble en toda esta comedia cubana.

El hedonismo no me hace nada feliz, y daría una buena parte de la felicidad que he logrado por saber más de algunos personajes que hablan de Cuba, antes que consolarme detrás de sus maravillosas mentiras. ¡Allá los jihadistas y sus docenas de vírgenes esperándoles en el paraíso! Hace muchos años yo sonaba con el día de los Reyes Magos, pero ahora no hay nada que me haga regresar a aquellos días de felicidad cargados de ignorancia. ¿Entienden lo que quiero decir? Intento creer que todos crecemos y que no hay por tanto, ninguna razón para creer en los políticos que intentan seducirnos.

Este artículo no va en contra de los valores morales de nadie, ni intenta defender un nuevo dogma anti-religioso. Pretende hacerles pensar sobre la relatividad de las críticas que van detrás de las tonteras de la fe y los buenos modales. Si esas tonteras tuvieran peso, hace rato que los buenos creyentes que salieron de Cuba en el 59 no tuvieran falleciendo sin Patria en el exilio. Cuba continua perdida y Miami, la capital de ese pueblo desterrado, ya comienza a perderse. No hay político cubano que no tenga un precio. Para encontrarlo y creer en su liderazgo, hace falta ir a buscarlo donde todavía no hay mercado.

 

 

Carlos Wotzkow, Bienne, Suiza, septiembre 28
LOS BUITRES NUEVOS

Aburre, por no decir que resulta grotesco, abrir cualquiera de las páginas de la Internet relacionadas con Cuba y sólo leer textos sobre la posible y siempre deseada muerte de Fidel Castro.

Y no es que yo sienta amor por la carroña, sino que ya estoy cansado de tanto buitre oportunista merodeando las noticias.

A ver, imagínense que Castro ya este muerto. ¿Qué hacemos entonces? Hemos dedicado tanto tiempo a la comemierdería de escribir sobre su muerte, que la noticia nos cogerá desprevenidos y sin saber cómo reaccionar.