LA JIHAD ECOLOGISTA

Por Carlos Wotzkow, Suiza

La culpa de que yo deje a un lado mis quehaceres en la universidad por unas horas la tiene el ecologismo mundial, una religión similar al fundamentalismo islámico y a cuya cabeza se encuentran los Ayatolás de Greenpeace, Sierra Club, World Wildlife Found, Earth First!, Friends of the Earth, Smithsonian Institution, Audubon Society, PETA, Lynx, Animal Rights, Sea Shepherds, Union of Concerned Scientists, Evironmental Defense Fund, Nacional Resources Defense Council, Pew Center for Climate Change, Green Cross, Europe Conservation, Ecologistas en Acción, y varios cientos más, todos oportunistas adinerados y muy bien educados en el arte místico-marxista de agitar a las masas.

La culpa, también, la tienen todos sus partidarios en el mundo cibernético, por intentar silenciar (sin éxito) una de las fuentes de información más lúcidas y honestas con que cuenta la ciencia en Argentina*. Y es que la FAEC (Fundación Argentina de Ecología Científica) ha sido atacada por hackers , poco después que su director recibiera amenazas en ese sentido por defender sus ideas. Como los islamistas, los eco-terroristas también creen tener su paraíso. Una supuesta Gaia que, como los fundamentalistas de Allah, estará superpoblada de moscas y vírgenes dispuestas a

pernoctar (ambas, las moscas y las vírgenes) con el Líder Máximo. Antes, estos fanáticos se autodenominaban marxistas y calzaban botas militares. Hoy, se denominan de múltiples maneras, pero la mayoría huele mal y visten cual si imitaran a los hippies.

Como mismo ocurre en todas las religiones despojadas de límites morales, los eco-teólogos (que de ecología no saben ni de lo que trata el término), son muy astutos a la hora de replicar información tergiversada utilizando evidencias científicas mutadas por enormes errores de interpretación. ¿Cómo pueden convencer al ser humano con tan burda pseudociencia? Muy fácil: metiendo miedo con catástrofes tan horripilantes como imposibles y, con la inestimable ayuda de la fe. La ficción en sí no constituye evidencia alguna, pero si se contrata a un grupo de cazadores de canguros y se los pone a matar focas delante de una cámara, lo más seguro es que el espectador, aterrado con las imágenes que observa, creerá lo que el narrador le va explicando. El hecho, pura patraña de Greenpeace, provocó amenazas de muerte a Magnus Gudmunsson, el periodista Islandés que lo investigó.

La fe y el miedo son capaces de convencer a los ejecutivos de una firma petrolera como Panamerican Petroleum Co. a donar a Greenpeace cientos de miles de dólares para la protección del Jaguar en las Yungas de Salta, Argentina. La fe religiosa de muchos de estos donantes ecologistas, es capaz de seguir drenando bolsillos a favor de esa organización ecoterrorista, aun después de descubrirse que los movimientos satelitales observados en el supuesto jaguar marcado, no eran otros que los paseos a campo traviesa que realizaba un campesino (asalariado por Greenpeace) con su ternera ataviada con el collar de lujo (el transmisor satelital). No importa que la farsa fuera desvelada por la denuncia (a falta de pago) del propio campesino salteño, la fe, queridos amigos, lo puede todo.

Quien les escribe es un cubano amante de la ecología (no un ecologista), que vio cómo en 30 años de revolución (los que viví en aquel infierno comunista), los líderes de la mal llamada revolución cubana destruyeron el patrimonio natural de Cuba. ¡Ni siquiera 400 años de colonia española fueron tan dañinos para el bosque cubano! Durante esos 30 años, fui testigo de cómo un asesor norteamericano llamado Richard Levins ignorara las mejores teorías proteccionistas de mis compatriotas. Pero como que el ilustre venía avalado por su tocayo Lewontin y los macheteros de Harvard, el leninista se hizo fácilmente de un nicho (por no decir feudo) al Oeste del país. Levins fue el gurú que aplicó consideraciones poblacionales evolutivas al ecosistema rural cubano, al tiempo que imponía la teoría marxista a las interacciones sociales de sus individuos.

El ser humano, como el resto de las especies denominadas “inferiores”, (sólo porque nuestra capacidad cúbica craneal es proporcionalmente mayor) no es más que un código digital de nucleótidos que puede ser infectado, como le ocurre a las computadoras, por infinidad virus informáticos. Estos virus, la mayoría de ellos, son cócteles de ideas político-religiosas que se implantarán en nuestra conciencia sin que el infectado los detecte. Y es que a los ecologistas (contrario a lo que ocurre con sus primos islamistas) no les interesa que usted devenga un miembro visible de su cruzada. Usted debe ser activo, simple y sencillamente, sin darse cuenta de que lo es. Ellos sólo necesitan que usted cotice su impuesto anual. Por la tele y a cambio, usted recibirá imágenes tiernas y conmovedoras de campañas a favor de la salvación de algunos animalitos sin saber del bloqueo, la censura y el terrorismo que esa ternura implica para otros seres humanos.

Tomemos de ejemplo a la multinacional ecologista en España (no olvidemos que Cataluña es hoy una nueva nación) denominada “Ecologistas en Acción” y que, según ellos, agrupa a más de 300 organizaciones de similar orientación eco-política. Entre sus noticias más urgentes (sin contar la del concierto para la liberación de Irak y a favor de la insurgencia), hay una que me ha llamado la atención pues ha generado, según su página de Internet, la “más firme protesta”. Se trata de dos árboles bicentenarios que en Madrid pudieran morir por culpa de una instalación que realiza Iberdrola. En la nota, los árboles de la misma especie son tratados de “hermanos” y, aunque el daño que pudieran causarle los trabajos de la compañía eléctrica es de momento potencial, el titular reza: “Iberdrola daña dos plátanos…” O sea, el daño a estos “hermanos” (el parentesco es pura estrategia de cara a la sensibilización antrópica) ya ha sido hecho.

Imaginemos que sus predicciones se cumplan, que los árboles ya murieron y que la sombra bicentenaria que daban ya no exista. ¿Y qué? ¿Sabía usted que el nombre genérico de las especies se escriben con mayúscula y no con minúscula como han hecho estos “especialistas” del ambiente? ¿Sabía usted que un árbol de esa edad no elimina Dióxido de Carbono dada su inversión metabólica? ¿Sabía usted que ese árbol se utiliza en las ciudades españolas porque soporta la polución y da sombra, y no porque sea una especie natural de los parques y las avenidas? ¿Sabía usted que el 52% de toda la Polinosis Epidémica (alergia) que padecen los madrileños, la produce esta especie? ¿Sabía usted que esta mal llamada “especie” no es una variedad natural y no está en peligro de extinción? ¿Sabía usted que la Antracnosis que los eco-terroristas mencionan como temible, no es una enfermedad grave, que se cura fácil, y que no produce otro daño que no sea estético?

Pero vayamos un poco más lejos. ¿Cuál es el daño que puede causar al ecosistema urbano la tala de 2 (¿me leen bien, sólo dos?) árboles en plena avenida de Madrid? ¿Sabía usted que Platanus hispanica, por añadidura del absurdo, es una planta originada por el nacionalismo Ibérico, pues es un híbrido de las verdaderas especies P. orientalis y P. occidentalis? ¿Sabía usted que resembrar (alejado de los inmuebles) un nuevo árbol de la misma variedad sería ecológicamente más productivo, ya que produciría oxígeno en vez de consumirlo? Queridos lectores, pudiera preguntarles más y pudiera, de así proponérmelo, convencerles a salir con el hacha en mano. Pero no es posible ser ecólogo y ecologista a un mismo tiempo. La relevancia de las prioridades de estos eco-analfabetos no son favorecidas “a pesar de” ser ridículas, sino porque se dirigen a un público inculto en materia medioambiental y que aprecia “precisamente” el ridículo.

Como si se tratara de Muhaidines en plena Jihad, los ecologistas aspiran a entorpecer el desarrollo tecnológico y la libre competencia económica del mundo occidental. Note que nunca se los ve protestando en el Mundo Árabe, en el bloque comunista, o donde, a falta de derechos humanos elementales, los puedan eliminar de un tiro en la cabeza. ¿Ha visto usted a algún activista de Greenpeace en Cuba protestando contra la tala de los bosques que ha llevado a cabo Fidel Castro? ¿Los ha visto en Teherán protestar contra el enriquecimiento de Uranio? ¿Los ha observado en Venezuela protestando por la polución del Lago de Maracaibo? Misteriosamente, los ecologistas no piden permiso a las autoridades de los países comunistas (o fundamentalistas) para abrir oficinas en su territorio. Es como si en esos lugares todo estuviera en orden, o, para decirlo de otra forma, como si ambos compartieran una agenda común: destruir la cultura y el desarrollo industrial del mundo occidental.

A pesar de que sus campañas “pro-natura” recuerdan la destrucción de las maquinarias durante la revolución industrial, ellos nos referirán a los gases y al “efecto invernadero” (sin el cual nadie estaría vivo) para justificar su vandalismo. Todas sus energías están dirigidas, según nos dicen, en contra del Calentamiento Global. ¿No le parece bien? Al menos, esto trabaja muy bien en una buena parte de la población europea, donde el terror islámico ha preparado psicológicamente a la población para aceptar también, como un mal menor, el terror ecologista. Como si se tratara del embargo norteamericano a Cuba, o tal vez tomado como ejemplo, el problema del “Calentamiento Global” no tiene que ser resuelto, sino todo lo contrario. Es un tema recurrente con el cuál los ecologistas nos pueden seguir metiendo miedo y sacando dinero ad infinitum .

Un de los detalles que permite a la lucha contra el Calentamiento Global rozar la altura de una virtud religiosa, es justamente que los ecologistas son incapaces de explicar qué es lo que supuestamente calienta al planeta. Y como no hay nada concreto, ya que la teoría del “Calentamiento Global” no tiene contenido científico, el tema toma connotación de misterio. “Certum est quia impossibile est” . Y es ahí donde radica la farsa de esa verde conjura. Una locura que ha llegado incluso a producir sus propios mártires. No olvidemos (pero tampoco mencionemos sus nombres, pues los hacemos famosos) al eco-terrorista portugués al que los servicios franceses volaron por los aires en la bodega del “Rainbow Warrior” (1985), o a aquella tonta inglesa ¿accidentalmente empujada o suicidada? ahogada en las aguas del Amazonas, la misma madrugada en que Greenpeace celebraba su orgía etílica en la cubierta del “ Arctic Sunrise” (2003).

Si asesinar a alguien es una de las formas humanas más agresivas de demostrar el descontento entre los individuos. Suicidarse, o buscar la muerte, es el más alto honor que un militante ecologista puede donar en beneficio de su absurda fe. Como los kamikazes islámicos, programados por las lecturas del Corán para sacrificar su vida, los ecologistas, programados por la anarquía de la izquierda política, no dudarán en sacrificar su tiempo, los ahorros de sus fieles, y su propia seguridad física con tal de lograr que los infieles

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