



Desde que hiciera contacto a profundidad con su mentor Fidel Castro, a mediados de la década de 1990, Hugo Chávez ha mostrado por el dictador cubano algo más que identidad política: su sentimiento por Castro raya en el amor incondicional, en una pasión sublime, en una adoración fuera de serie. Prosternado, así lo ha hecho saber al mundo en no pocas ocasiones. Por ejemplo, cuando agradeció a Castro sus consejos en medio del golpe de Estado mediante el cual intentaron derrocarlo en 2002, o cuando, más recientemente, le pidió, en público, que lo iluminara en estos momentos difíciles que vive Venezuela; amén de sus apasionados envíos, a micrófono abierto, de felicitaciones para el opresor cubano en uno y otro cumpleaños de éste.
Admirar a otro ser humano está bien, aun reconocer que el admirado es superior a uno en esta u otra disciplina; esto es
justeza.
Pero tomar a alguien como un ídolo -–al menos a alguien terrenal-– no es lo mismo, quien idolatra a otro es débil; ningún hombre que se respete idolatra a otro. Hugo Chávez idolatra a Fidel Castro y éste, -–que si bien, como el venezolano, padece de algunas psicosis, incluida el complejo mesiánico-–, se sabe idolatrado por aquél, se sabe amado para toda la vida por un ser inferior, y explota, ha explotado esta condición. De esta manera, Castro ha manipulado a Chávez como el maestro astuto que manipula a un alumno, desde que el venezolano tomara el poder. Si seguimos paso a paso las estrategias de Chávez desde que fue elegido, en 1999, es fácil comprobar que así ha sido. Paso por paso, las marrullerías de Fidel Castro han resultado la guía de su par sudamericano; sobre todo ese decir que no, y luego que sí, o el asunto del Antiimperialismo y la amenaza de guerra en los momentos de desbarranques de su país; amén de esa habilidad para distraer la atención, sobredimensionando un asunto baladí, cuando el fuego le está entrando por otra parte.
Lo que deseo reiterar es que el actuar de Hugo Chávez está dictado por el amor, no por un ideario político, sea el que fuere. Ahora se declara marxista y católico. Esta declaración, muy estratégica a estas alturas del juego, no puede venir de otra mente que no sea la de su deidad cubana; se ve con claridad. También, en su momento, el hijo descarriado de Birán se declaró marxista y, luego de autoacorralarse, se sumó a un sistema político que, bien lo sabía él, ya estaba en bancarrota; mas, lo llevó a cabo con el propósito de crear un feudo experimental con la población cubana a partir de sus innovaciones; los mesiánicos, claro, están seguros de que hacen lo correcto. La diferencia está en que Fidel Castro es, para mal, inteligente, y culto. Y dudo que su alumno bolivariano sepa quién escribió El Capital o haya leído al menos el Génesis. Sólo sigue las indicaciones de su adorado.
Fidel Castro necesitaba un seguidor que continuara su carrera de “líder latinoamericano”, un tipo que, como él, fuera a contracorriente sumiendo a su pueblo en un modo político y económico que ya demostró su ineficacia en el mundo entero, pero que, apoyándose en esto, enfrentara al Imperio y le reinyectara el fervor perdido a lo más abstruso de la Izquierda del subcontinente. Tuvo suerte: lo encontró en un ser pasional que lo amaría más allá de la muerte.
Lo que deseo reiterar es que los ejes fundamentales de la política venezolana son dirigidos desde la cama de convaleciente del dictador cubano; y que éstos son asimilados por Chávez no con la mente, sino con el corazón de quien venera. Ya lo sabemos, hay amores patológicos. Venezuela está en manos de un delirio de amor patológico. Veremos en qué para este melodrama que, tenga el final que fuere, lamentablemente en ningún caso será beneficioso para el pueblo venezolano, tanto para los que siguen a su fascinado Presidente como para los que no.
