embebí con las historias que cuenta el autor, desde la primera locomotora que corriera por Matanzas, la creación e inauguración del teatro Sauto, hasta, más acá,  el establecimiento de la Unión de Pioneros de Cuba “en la escuela de Pachy”... —Este, Pachy,  se identifica plenamente con el autor y, hacia los finales del libro, comienza el cierre exitoso de una historia en la que, como se diría, hay de todo.

Y precisamente, lo que quiero enfatizar es la diversidad de asuntos, temas, crónicas, información que hallamos en las 251 páginas de este libro —epílogo incluido—. Jorge Claus, Hércules Poirot, José White, José Jacinto Milanés, los “revolucionarios” autobuses checoslovacos Skoda, los igualmente “revolucionarios” camiones soviéticos Zil-157, la Universidad Autónoma de México o la leyenda del origen de la ciudad mexicana de Querétaro, conviven en Una vida, un tren con el sitio de adoración El Rincón, donde reina San Lázaro, la eliminación por Decreto Revolucionario de las Navidades en Cuba, una revaloración de Sigmund Freud, El Salón de Mayo en México en la década de 1990, el canciller soviético Andrei Gromiko, la heladería Coppelia, las enjundias de los babalaos  cubanos o la posibilidad de la Reencarnación.

Bueno, lo anterior son solo ejemplos, citados a propósito para que el lector —y sin duda el investigador, el historiador del futuro— busquen y hallen en este libro lo que, claro, no podrán hallar en el periódico Granma.

Creo que en el aspecto formal hay tres tonos en este libro, publicado por Alexandria Library el año pasado, donde el humor transgresor del autor se hace patente en una y otra página.

En la primera de las tres partes fundamentales, la narración es más bien convencional, como casi lo es en la segunda. La tercera parte, para mí la más lograda, mantiene una notable capacidad para la ambientación y exposición, pero el tono sobrio, más distante y comedido que en las dos primeras partes, le otorga mucho más realce literario.

Termino estos apuntes —que apuntes son—llamando la atención sobre la efectividad y el buen enlace de las digresiones en la obra que nos ocupa y asimismo, quisiera avisar que, un caudal aparte, son las fotografías que Santiago Martín incluye en el libro y que nos completan un pasado que no debemos olvidar.

 

PORTADA
CONDICIONES DE USO
CONTACTOS

Un aparte  sobre “Una vida, un tren”, de Santiago Martín

Félix L. Viera, México, D.F., febrero 10 -- Esta es una novela que es historia, y una historia que es novela. Una vida, un tren aplica para esas narraciones híbridas que en alguna medida se han puesto de moda en los últimos años. Su autor, Santiago Martín (también llamado Baltasar), es un matancero que nos da una lección de la memoria y de la investigación fiel sobre el dato fiel. Después de leerla  y releer dos veces  algunos de sus capítulos —sobre todo los finales– llego a la conclusión primera de que Martín deberá algún día, cuando la situación política de Cuba lo permita, ser recibido en su Matanzas natal con apogeo parecido al que, consta en Una vida, un tren, fuera recibida en Matanzas alguna vez Gertrudis Gómez de Avellaneda; esta por su fama de poeta, Martin como el escritor que ha rescatado para la historia y la ficción varios de los orígenes de aquella ciudad bien llamada la Atenas de Cuba.

Bueno, si es que yo, que no soy matancero,   me