




Al regresar de Cuba, los pobres diablos que navegan entre dos aguas, siempre cuentan que ahora «casi no hay apagones en la capital», que «la gente se viste mejor», que «ahora nada es comparable con lo que siguió el derrumbe del campo socialista».
«A mí lo que me gusta es sentarme en el Parque Céspedes y tomarme una cervecita con los socios …. » -- me dice un músico cubano de paso por Europa –- y, al escucharlo, me brotan en la mente los latigazos de Máximo Gómez, él que fue de Baní a Cuba a liberar al siervo y al buen Pedro. ¡A los dos!.
Esos navegantes sumergidos que van y vienen nunca dicen la verdad porque olvidan que en Cuba está prohibido escribir o decir en público algo contrario al Gobierno y esa tropa, muchas veces hasta ignora la existencia de los presos políticos, de los actos fascistas en la vía pública y del absoluto desprecio de la Banda Armada habanera ante los reclamos pacíficos de libertad y de democracia de los cubanos sin miedo.