



Por Luis Tornés Aguililla, Norte de Francia
Hace ya un par de años alquilé un coche en Washington y salí con mi familia de aquella ciudad un buen día de verano a las cinco de la mañana.
El final del viaje era Miami pero en mi calidad de cubano incoherente y versátil, no pude resistir a la tentación de visitar el Parque Nacional de Shenandoah con la idea (otra idea de cubano) de encontrar por allá…… (aquí, gesto indicando algo impreciso en el horizonte) el camino del sur.
Mi intención era «bajar» por una carretera que, si mal no recuerdo, le llaman «skyline drive» la cual resultó ser un verdadero paraíso por la diversidad de la flora y fauna que uno puede ver sin apearse del coche pero al cabo de varias horas de paseo mirando flores y animalitos comprendimos que estábamos miserablemente perdidos cuando al salir de una curva tropezamos con una valla de color verde que nos daba la bienvenida al estado de West Virginia.
Allí mismitico nos dijimos de que algo no estaba claro para nosotros porque la noche no tardaría en caer y estábamos en el medio de un bosque, al borde de una carretera estrecha de esas que los americanos hacen en los parques nacionales con una línea
amarilla dividiendo las dos vías (una vía pa'llá y otra pa'cá). Nos bajamos del coche y estábamos allí, delante de aquella valla de bienvenida como rengos en tiroteo, sin saber qué hacer y sin querer pasar del otro lado de la valla, a West Virginia (guajiro al fin) porque eso de «West» me recordaba lo de «Western» y si había algo que yo sabía en ese momento es que yo quería ir para el sur y no para el oeste de los Estados Unidos...
Para no complicar nuestro destino decidimos esperar a que alguien pasara. Acordamos poner cara de gente perdida porque nos venía a la mente el hecho de que en Francia (nuestro actual lugar de residencia hasta que Dios quiera) nadie se detiene a ayudarte en las carreteras aunque estés haciendo señas alarmantes con tus propias tripas en las manos...
¡Y nos pusimos de suerte!
Al cabo de un rato, primero oímos el ruido de un motor y acto seguido apareció por la curva una camioneta vieja de color rojo --era una Ford de los años 50 o 60-- y su chofer, para sorpresa nuestra, era una americana más vieja que la camioneta; parece que le dimos lástima cuando nos vio desamparados en medio del monte con una niña de brazos.
Se bajó la americana de su chatarra y con una familiaridad un tanto extraña para nosotros, nos preguntó qué pasaba y en un inglés de mala muerte le respondimos que éramos cubanos de Francia (en realidad allí el único cubano era yo pero en mi familia pagan juntos los pescadores) y que nuestra intención era encontrar el rumbo del sur… «¿hacia Miami?»-- nos disparó con una risita burlona la yankee -. A lo que yo respondí en rezo íntimo y profundo : «no ti haga…».
La americana aquella era una vieja linda.
Tenía pinta de haber sido hippie porque a pesar de sus arrugas lucía una enorme trenza canosa con reflejos castaño claro y se le veía una vitalidad «rock and roll» en el hablar y en la mirada y además, calzaba unas chinelas de esas que tienen todavía algunas monjas por acá por Europa.
El caso es --amigo lector-- que aquella mujer yankee, ¡yankee de pura cepa! que nunca en su vida nos había visto a nosotros tres, puso su camioneta en la dirección opuesta a la que llevaba (pues ella sí vive en West Virginia) y nos invitó a que la siguiéramos y durante más de 100 kilómetros aquella mujer nos habrá guiado por un territorio del cual nosotros no hubiésemos salido solos ni con un G.P.S. Nos llevó hasta Waynesboro, nos regaló un mapa y nos dijo «siempre en dirección de Richmond». El resto del viaje fue la monotonía de la "nairifai" (la 95) hasta Miami.
¿Y por qué les cuanto lo anterior?
Pues para que se entienda de que yo sí quiero a los americanos porque tengo pruebas, gracias a esa «jipi vieja» de que ellos pueden ser gente de bien pero también gente primariamente inocente.
El reciente texto publicado por el gobierno U.S (julio de 2006) en torno al futuro de Cuba no toma en consideración una serie de elementos subjetivos que, para nosotros los cubanos, sí tienen mucha importancia. Nosotros no somos pragmáticos, no somos simples, no entendemos de que: 1 + 1 = 2, nosotros pertenecemos a una cultura barroca, llena de adornos y recovecos, llena de contradicciones y de detalles que una vez hicieron que un amigo francés de regreso de Cuba me dijera «yo nunca he visto tantos locos juntos».
Todo ocurre como si los oficiales analistas del National Reconnaissance Office, de la C.I.A o de la National Security Agency (N.S.A) trastornaran la percepción real que el poder U.S debe tener sobre la realidad política de la Cuba actual. Y observamos que los parámetros que son fundamentales para nosotros los cubanos son sistemáticamente eludidos por los analistas U.S cuyos informes, análisis y reportes sobre Cuba en dirección del gobierno de EE.UU no toman en cuenta la estricta realidad sobre el terreno.
Recordemos alevosamente en este pequeño texto «la obra» de doña Ana Belén Montes como espía-analista de Fidel dentro del Pentágono o desde su posición en la Defense Intelligence Agency (D.I.A). Recordemos también a Mariano Faget Jr., otro colaborador del Fidel en territorio de Estados Unidos, un Faget alto funcionario del servicio de Inmigración y Naturalización U.S y nada más y nada menos que el hijo de Mariano Faget jefe del Buró de Represión de Actividades Comunistas (B.R.A.C) en La Habana bajo la dictadura de Batista. La lista es larga. ¿A ver, quién da más...?
Para terminar: está bien que los americanos «del aparato» quieran ayudarnos pero cuando yo le voy a prestar dinero a un amigo que se encuentra en dificultades, no me pongo a anunciarlo por las calles y las plazas y en cuanto a lo del «coordinador» de marras, respondo con todo el afecto sincero que les tengo a los americanos, les respondo –-decía--: ¡purrupia! para no decir ¡maminga! pues a mí, no me coordina nadie y mi ancestro no vino de Baní (Santo Domingo) a liberar a esos que se pasan o no llegan para que yo venga ahora a dejar que unos extranjeros bien intencionados me coordinen el futuro. Prefiero quedarme en Francia muriéndome de frío.