



Recogida DE: "CUBA VIAJE AL PASADO"

Robert A. Solera, abril 21, es autor de "Cuba: Viaje al Pasado"; "Cuba en el Recuerdo" y de "En el Jardin de Mis Recuerdos". Es editor Cubaenelmundo.com
Ya había comenzado la "recogida" de los que no simpatizaban con la revolución. A troche y moche, los Comités de Defensa de la revolución "chivateaban" a cualquiera. A mí me convidó Tite Mendoza a registrar una casa cercana al Directorio. Me negué. Le dije: "no trabajo para la Seguridad. No voy a ninguna parte".
Comenzaron a llegar las quejas de los que eran detenidos injustamente --eran miembros y en ocasiones, dirigentes del Directorio-- a la oficina de Castelló en el edificio de 17 y H. Castelló decidió salir en busca de algunos que conocía. Primero fuimos al Castillo del Príncipe.
El Príncipe es un castillo de la época colonial española enclavado en una colina, en la intersección de la Calzada de Carlos III, la Calzada de Zapata y la Avenida de los Presidentes --G. Desde G, se puede ver un túnel que queda a bastante altura del nivel de la calle, cerrado por una reja, que comunicaba en el pasado el Príncipe con algun otro lado que luego quedó
dentro de los terrenos de la Universidad de la Habana. El túnel servía para huír en caso de ataque, durante la dominación española.
Desde el Príncipe, que sirvió durante mucho tiempo de prisión común, se divisa y domina gran parte de la Habana. De noche, se aprecia una vista preciosa desde la explanada, pero
también es tenebroso por dentro. Entramos por la calle F, por un costado del hospital
Ortopédico "Fructuoso Rodríguez". Iba de traje. Todavía me quedaba y me quedó por mucho tiempo la costumbre. Era elúnico civil. Ramón, de verde olivo, al igual que Castelló.
Comenté después de pasar frente a la posta, "esta gente creerá que soy de Seguridad".
Salimos a una explanada, de dónde se ve toda la Habana. Observé varias guaguas que llegaban. Se bajaba gente muy diversa. Guagüeros, curas, mujeres, jóvenes, viejos. No
entendía aquello."¿Guaguas? ¿En el Príncipe?" De pronto me di cuenta. Eran guaguas, guaguas y guaguas, de gente detenida por supuestamente oponerse a la revolución --digo supuestamente pues siempre recuerdo a Dania, conocida mía, quien me dijo después, "me llevaron presa, sólo por hablar `mierda'".
El impacto, me lo sentí en los tobillos. ¿Tanta gente? Fuimos a ver al jefe de la prisión. Castelló le preguntó por los presos."Respondo por ellos, son miembros del Directorio, no son contrarrevolucionarios".
El Jefe de la prisión, lo miró y sonriendo, le dijo:"Comandante, vaya por las galeras a ver si los ve. Tengo más de 5,000 presos y ni siquiera se quiénes son".
Nos quedamos un rato, que me parecio una eternidad. En el transcurso, pude imaginarme lo que era estar en aquella vieja fortaleza, construida por los españoles, que había servido de
prisión a los opuestos a la Colonia, a los opuestos a Machado, a los opuestos a Batista. Ahora era prisión de los opuestos a Fidel. La tristeza me invadió el alma.
Fui al baño y tuve que agacharme para pasar por debajo de un arco, de los muchos que hay en aquella vetusta e inexpugnable prisión. !Que chiquiticos tienen que haber sido los españoles, me dije!
En el siglo pasado, los cubanos --como ejemplo pienso en el Generalísimo Máximo Gómez-- no eran muy altos. Gómez tenía apenas 1.70 m. En las fotos, siempre me había parecido tan
alto, al lado de los otros.
No pudimos localizar a nadie en la prisión. Ya era muy oscuro; no había forma. Al siguiente día, fuimos al Teatro Blanquita, con la misma misión.
Cuando nos aproximamos a la zona de Miramar, donde está el Blanquita --hoy Carlos Marx, en la Avenida Primera, cerca de Riomar, edificio de apartamentos construido por Armando
Puentes, tío mío-- comencé a ver a cientos, tal vez a miles, de personas que se agolpaban a ambos lados de las calles, por cuadras, cuadras y cuadras.
"¿Qué es esto?", me dije.
Eran miles los que se oponían a la revolución o que por lo menos, eran afectados por sus medidas. Nos abrimos paso por las calles. Avanzábamos tensos. Yo iba con una ametralladora Thompson calibre .45 en ristre. De pronto, una muchacha me agarró el brazo armado. Pensé lo
peor. Pero estaba equivocado. Se trataba de Elenita --había sido novia mía un tiempo, antes de la Huelga de Abril del 58.
Me dijo, con los ojos anegados en lágrimas, "Roberto, por favor, fíjate si mi papá está entre los presos. Se lo llevaron esta mañana por no ir a trabajar. No es contrarrevolucionario". Le contesté que me fijaría. Ya, el alma me pesaba más que el arma.
Estaba deprimido. Me sentía como un esbirro de Ventura, de Carratalá, de todos los que había odiado y combatido. La revolución hacía lo mismo. Creía que esos tiempos, no volverían jamás a Cuba. Por eso había luchado y luchaba, pero no, estaba equivocado. Sólo habíamos cambiado de tirano.
Llegamos a la entrada del Blanquita. !No podía creer lo que veia! Los excrementos, los orines, salían por el "foyer", a mares. Los inodoros --creo eran cuatro a la entrada-- estaban tupidos por los excrementos. Servían de servicios sanitarios a cientos. Los prisioneros, de pie, sentados en el piso, en el escenario del teatro, en todas partes, aguardaban una suerte, que incluso los que los vigilaban, no sabían cuál era; yo no sabía cual era, nadie sabía cuál era. Sólo esperar, esperar los acontecimientos. No encontramos a nadie conocido. Al salir vi que llegaban camiones llenos de cajas de "picken chicken".
De regreso, vi de nuevo a Elenita. "No, no ví a tu papá". Me miró con ojos tristes, llorosos: "gracias", dijo.
Uno de los pacientes siquiátricos de Castelló, aterrorizado, se había asilado en una embajada.
Castelló tenía que verlo. Temía que hiciera algo grave, aun dentro de la embajada, por su estado mental."Vamos a Quinta y 14", me dijo. En ese entonces, el G-2, posteriormente Departamento de Seguridad del Estado, estaba enclavado en el antiguo edificio de la CASFAR --Caja de Seguros de las Fuerzas Armadas.
"Tengo que pedir permiso para ir a la Embajada". Allá fuimos. Al llegar a la esquina, salía del edificio una fila de hombres desarmados, vestidos de uniforme verde olivo, de traje, en pull-overs, de milicianos. Se llevaban preso a cualquiera, a partidarios, a opositores, a civiles, a curas, a mujeres.
Entramos al edificio. En una atestada oficina, llena de gente, de buros, me abordó un hombre.
"Do you speak English?". "Sí". "Mire, yo soy canadiense. Me saqué la lotería y me dije: que mejor lugar para gastarla que La Habana. Pero no hice más que llegar y me cogieron preso".
Se lo traduje al agente del G-2 que estaba allí. Me dijo, "mentira, y no me traduzca mas nada, no me interesa". Se metió en una oficina.
Después, me abordó un hombre joven de espejuelos, que junto a una mujer estaba allí.
"Mi esposa está embarazada y no debe estar continuamente de pie. ¿Puede sentarse?".
Yo no tenía ni arte ni parte, pero me pareció solo lógico, que lo cortés no quitase lo valiente.
"Claro", le dije, "siéntela".
De nuevo salió el mismo agente de antes. "¿Quién la autorizó a sentarse?". Le interrumpí. "Yo".
Me miró con cara de pocos amigos. No dijo nada y se volvió a meter en la misma oficina.
De un lugar lateral, ví salir un gran número de presos. Pestañeaban, como si les molestara la luz. De allí, salía un frío de los mil demonios. Entre ellos, vi a un antiguo médico de la Clínica Reyna, que estaba detenido. No creo me reconoció.
Pregunté que era aquello. Me dijeron, "la nevera". Allí metían a los presos, con frío y en la oscuridad, para que olvidaran el tiempo y se desorientaran. Sentí asco. Toda Cuba se había convertido en una gran prision.
Sin contar al Blanquita, la Cabaña, el Príncipe, el Morro, también había miles de presos en la Ciudad Deportiva, en Vía Blanca y Avenida 26, en el Cerro.
Días después, fuimos a San José de las Lajas, donde Castelló tenía una casa. Cerca, en una finca, en un lugar dedicado a criar cochinos había veintenas de presos. Sólo los separaba
de la libertad una soga que los rodeaba y los milicianos que los vigilaban. Su mirada era de terror y odio, igual que se mira a un enemigo. Se les reflejaba la desesperanza en los
ojos.
Todavía yo trabajaba en el Mincex --ya lo habían hecho Ministerio de Comercio Exterior-- pero con todos los sucesos de Girón --Bahía de Cochinos-- no había ido, ni un día a trabajar. Nadie trabajaba, pero sí estaban acuartelados allí. Fuí, no fueran a pensar que me habían cogido preso. Luego, me despedí de mis compañeros. Me dijeron, "no vas a poder salir. Tienes que tener un pase de Jacinto Torras". Me dirigí a la puerta. El miliciano de posta me dijo lo mismo. "¿Dónde está su pase?"
Yo portaba una ametralladora Thompson calibre .45. "Este es mi pase". Seguí caminando.
El Directorio tenía una situación excepcional. No participaba del Gobierno como organización. No estaba en la oposición. Las armas que teníamos eran armas personales de la insurreccion. Armas de procedencia americana y en el mejor de los casos europeas.
Todo el mundo estaba armado con R-2, con metralletas checas, pistolas Stich rusas y Estrellas Rojas. Nos señalábamos tanto, porque teníamos armas que podian confundirse con las
de los invasores. Había visto cómo se llevaban preso a cualquiera y sencillamente desaparecía, quién sabe a dónde. Continuamente, yo iba de un lado a otro, uniformado, armado y sin ninguna identificación. Le dije a Castello que necesitaba alguna credencial, de otra forma en cualquier momento caía preso. Me la preparó y ya por lo menos, me movía con más
confianza. No obstante, todos me miraban con suspicacia por las armas norteamericanas que portaba.
Faure Chomón estaba como Embajador de Cuba en la Unión Soviética --una especie de exilio. Había querido regresar pero no se lo habían permitido. El Directorio había quedado a cargo de Castelló que decidió ir a ver al Presidente Oswaldo Dorticós a Palacio, en procura de armas. Yo no tenía ninguna fe en que las conseguiría. Entró en Palacio. Transcurrieron varias horas.
Ramón y yo, nos habíamos quedado afuera en la máquina. Castelló salió de mal humor. "Dice Dorticós que si queremos armas que nos incorporemos a las milicias. Que no nos da
ninguna". Tras aquello, sólo había una maniobra política, hacer desaparecer al Directorio e incorporarnos a la gran masa, sin ataduras que no fueran las que todos tenían.
En ese tiempo, con mucha frecuencia, aviones procedentes del extranjero sobrevolaban La Habana. A veces tiraban proclamas, fósforo vivo, etc. En una ocasión, después de varios días sin bañarme ni afeitarme, Ramón de la Noval, me dejó en casa. Me bañaba, cuando comenzaron a sonar los disparos antiaéreos. Ramón me había dicho me recogería. Desde el baño, oí el claxon del carro y los gritos de Ramón. A medio vestir, mojado, salí corriendo de la casa. En el camino, se me cayeron los peines de la ametralladora. Los recogí y salimos
a "millón" por todo Línea.
Algún avión había pasado sobre la Plaza de la Revolución y lo habían tiroteado.
Después del bombardeo inicial en Columbia, nos quedamos con la impresión que el ataque se repetiría en cualquier momento. Ibamos Castelló, Ramón, Silvano y yo a la Universidad por la
noche, con frecuencia. Los estudiantes sintonizaban Radio Swan y escuchaban los partes. Nunca se sabía si eran ciertos o no. Un día, Castelló me llevó aparte y me dijo, "hay informes que bombardearán esta noche La Habana".
De alguna fuente de Seguridad, sabía que los aviones ya habían salido. Me dijo: "si pasa algo, encargate de mi hija. Nos vamos otra vez al monte". Estaba bien pesimista. Lo tranquilicé, "no te preocupes". Llamé a mamá y la alerté.
Mi madre, después del bombardeo a la FAR, desarrolló una colitis terrible. Cuando ocurrió el bombardeo de la FAR, pesaba unas 140 libras. En poco tiempo, llegó a pesar menos de 90 libras. Creí que se moría. Los nervios habían acabado con su salud. Otras personas, tenían problemas similares. La madre de Alfonso Cueto, ex miembro de la Juventud Socialista, luego Administrador del Puerto de la Habana y funcionario cubano en la embajada en Moscú, sufrió de desprendimiento de la retina.
Parado en la esquina del antiguo Ministerio de Educación, en La Habana Vieja, donde estaba la oficina de Castelló en el Departamento de Investigaciones Sicológicas del Ejército Rebelde, vi unos camiones llenos de milicianos. Se movían rápidamente hacia el sur. Le pregunté a Ramón. "Van hacia Girón", dijo.
Castelló decidió tener como centro de operaciones, el periódico "Combate". De noche me quedaba en su casa. Una noche, íbamos hacia Combate por la calle Trocadero y al llegar al cruce de Aguila, vimos un pequeño tumulto. Varios policías forcejeaban con un individuo. El automóvil de Castelló se detuvo, los policías hablaron con él y les indicó que fueran hacia el jeep en que nosotros viajábamos. Traían preso a un borracho belicoso. Los policías nos indicaron lo lleváramos a la antigua estación de Turismo, en Dragones y Zulueta. Fuímos hacia allá. En el jeep, todos íbamos armados de ametralladoras y armas largas. El borracho no se dejaba controlar. Tiraba trompones a diestra y siniestra y forcejeaba, pateaba, gritaba; parecía
que lo íbamos a matar. Entramos a la estación, con el borracho a rastras. No quería entrar y con mucha dificultad, tratamos de introducirlo en la "jaula" de la estación. No quería.
De pronto, salió un diminuto capitán rebelde. Tenía unos 5' 4" de estatura. Gritó estentoreamente, "¿qué, no quieres entrar? !Preparen el pelotón de fusilamiento! !Qué carajo se habrá creído!".
Creí que bromeaba, pero nó, !hablaba en serio! El borracho -- que no lo estaba tanto-- se dio cuenta que sí, que lo iban a fusilar. Más rápido que el demonio, se introdujo en la jaula.
El capitán, le gritó, "sal de ahí, desgraciado, que te voy a fusilar". El borracho, aterrorizado, agarraba la puerta de la jaula y no dejaba que nadie la abriera y lo sacara. Aquello, que habia parecido un sainete, amenazaba con convertirse en tragedia.
No podía creer lo que veía y oía. El capitán lo iba a fusilar. Tite Mendoza y yo, tuvimos que convencerlo que no valía la pena; que sólo se trataba de un borracho. Al fin accedió y dejó todo como estaba. El borracho, de pronto, se había puesto sobrio, razonaba claramente y no dio mas
problemas. Nos dirigimos a "Combate".
Se combatía en Girón, Playa Larga y Pálpite. Se hablaba del Central Australia en Matanzas, a diario. Orlando Morín, miembro del Directorio, hacía rato no estaba de acuerdo con lo que pasaba y no se ocultaba para decirlo. Comentaba con mucha frecuencia: "Todos estos rebeldes
pelearon, para que luego vengan los comunistas a darles órdenes". Era oriundo de Bolondrón, pueblo de Matanzas cercano al central Australia y a la Ciénaga de Zapata.
Orlando era un gordo feliz, todo el mundo simpatizaba con él, por su carácter y desenvoltura. Continuamente hacía chistes que todos le reían, especialmente Orlando Blanco, administrador de Combate.
Oswaldo García Lavandero había renunciado a Combate para dirigir el hospital Ortopédico "Fructuoso Rodriguez", todavía bajo la administración de la Universidad, conjuntamente con
el Calixto García, que dirigía José Franco, que había sido de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio.
Cuando Osvaldo fue a tomar posesión del hospital lo acompañé. Allí estaba José "Pepe" Rebellón, en ese momento uno de los dirigentes estudiantiles de más empuje en la Universidad. Anteriormente habíamos visto al Comandante Quevedo -- Quevedito-- al que le decían así por su diminuta estatura, que provocaba que los ya exiliados, a través de Radio Swan y en hojas sueltas, lo calificaran de Comandante de Boy Scouts. Orlando Morín, decidió que iba a Bolondrón a ver cómo estaba su familia, pues vivía muy cerca de la zona en la que habían ocurrido los desembarcos. Alberto "El Loco" y Germinal, también del Directorio, que trabajaba en Relaciones Exteriores, decidieron ir a Bahía de Cochinos por su cuenta.
Morín los acompañó.
Días después, Alberto y Germinal regresaron. Alberto portaba un FAB --equivalente al FAL, pero automatico y con más potencia-- destrozado por una bala que le había dado en la
estructura, y con otros botines de guerra. Comentó: "los invasores sí están locos. Han tirado más tiros en 72 horas, que yo en todo el tiempo de la Sierra".
Y qué no decir de los que los invasores calificaban de Leones con Corazón, refiriéndose a las tropas de la P.N.R. de Efigenio Ameijeiras.
Tiempo después, hablando con Manolo Azaceta, vecino mío, me enteré había sido prisionero de la Brigada 2506. Manolo había sido carpintero primero, como casi todos los Azaceta. Pedrín,
Carlín y los demás habían tenido una carpintería grande, a dos pasos de mi casa. Manolo era el único de la familia, que quedaba en Cuba. Había comenzado a trabajar para Obras Públicas y en el momento de la invasión, construía edificios en Playa Girón. Desde el inicio, lo detuvieron.
Presenció todas las batallas. Me dijo: "Los de la Brigada controlaron fácilmente la acción. No siguieron avanzando, no porque no pudieran, sino porque recibieron órdenes de no
avanzar más. "Dispararon hasta cansarse. A mí me trataron siempre muy bien".
Sabía que en la Brigada 2506 venía gente conocida. Me dijo, "verás a cuantos del barrio conoces". Cayó Girón y con él todo, o por lo menos casi todo el mundo que había sobrevivido a la invasión.
Decidieron presentar a los primeros invasores capturados, en el teatro de la C.T.C y exhibirlos por TV. Fuí con Castelló al teatro. Comenzaron a presentar a los más conocidos. Al
hijo de Miró Cardona, alto, espigado, joven. Se portó con mucha valentía. Luego vinieron los hermanos Babún. Se pararon en atención, desafiantes vigorosos. Los interrogaron y dijeron a coro, "en cuanto podamos, volvemos a pelear contra ustedes".
Luego vino Felipe Rivero, y se enfrascó en una discusión con Carlos Rafael Rodríguez, que pretendía amedrentarlo. Defendió su teoría de la tercera posición, que se hizo famosa
en La Habana y en el exilio.
Lo que se había programado como una humillación, se convirtió en una muestra de que los que venían a pelear, conservaban su espíritu intacto y no daban muestras de tener ningún interés
en disculparse. Incluso, el que acuñó la frase de "me embarcaron, yo vine de cocinero", solo decia la verdad --lo habían embarcado y dejado en la estacada.
Luego fueron entrevistados ante la television en el I.N.D.E.R. --Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación-- en la Ciudad Deportiva, los miembros de la Brigada 2506. Todos se paraban en posición de "descanse", con los brazos en la espalda; decían su nombre y qué hacían. Comencé a ver caras conocidas. Alberto y Tony Fontoba, que habían vivido frente a mi casa. El mayor, Alberto --Pilo--, había sido íntimo amigo mío. Ambos, primos de María Salomé --la China-- hija del Zar del Azúcar, José Manuel Casanova.
Tulio Diaz --Tulín. El "gordo" Tulín, vivía en 42 entre 35 y 33, próximo a la iglesia de San Agustín, en el reparto Nicanor del Campo, en Marianao.
José "Pepe" Hernádez, que vivía frente a mi casa. De la brigada 2506, conocía personalmente, por lo menos, a unos 20.
Abundaban los comentarios sobre los que habían muerto por descuido, por desidia, por pura intención del "Loco" Augusto Martínez Sánchez, Ministro del Trabajo, que los hizo prisioneros y los metió en una rastra totalmente cerrada, donde muchos se sofocaron, asfixiaron y murieron. Otros trataron de abandonar la isla en pequeñas embarcaciones. Algunos llegaron a Jamaica, otros no llegaron a su destino. Incluso hubo uno, que escapó a La Habana y por pura casualidad fue reconocido y atrapado en la concentración del 1ro. de Mayo, en la Plaza de la Revolución.
José "Pepe" Llanuza, director del INDER, estaba furioso con Fidel pues les había dado a los invasores, los pull-overs que guardaba para el desfile atlético del primero de Mayo. Fidel Castro continuamente dialogaba con ellos en el Príncipe. Siempre supuse que los respetaba --tal vez le traían recuerdos.
En las esquinas, discutían sobre su suerte. En la zapatería frente a mi casa, donde el dueño, un zapatero español nos servía de anfitrión. Su hermano había peleado con los republicanos contra
Francisco Franco y salió de España, huyendo hacia Francia por la frontera. Por pura casualidad había nacido en Cuba. Tuve una discusión con Cuco --guagüero vecino-- y le dije:
"los juzgaran y no dudes que a la larga, se irán de Cuba".
Furioso, me ripostó "deben fusilarlos a todos".
"No seas imbécil. No son delincuentes comunes. Vinieron a defender lo que creen. A los enemigos leales, lo menos que se puede hacer es respetarlos. Cualquiera de ellos, tiene mas cojones que muchos de los que por aqui `bembetean'".
No pasó mucho tiempo; al igual que cientos que conocí, Cuco decidió que Cuba no era el lugar donde quería dejar sus huesos. En su caso, no lo logró. Todavía, creo, está en Cuba.
Como era frecuente, acompañaba a Castelló en sus periplos. Nos dirigíamos al Aeropuerto de Rancho Boyeros. Le pregunté que a qué.
"Vamos a recibir a Lázaro Cárdenas --el dirigente mexicano que nacionalizó el petroleo a fines de los '30-- que viene de México, como apoyo a la revolución", me dijo. "Fidel le puso
un avión de Cubana a su disposición, para que venga".
Llegamos al aeropuerto. Estaba cerrado al tráfico nacional e internacional después del bombardeo contra los aeropuertos de Columbia, Santiago de Cuba y San Antonio de los Baños.
Entramos a la pista en el jeep de Castelló, que él mismo manejaba. Nunca había estado allí antes. A los aviones, siempre los había observado desde la terraza, donde se despedía a los que viajaban, antes de la revolución como turistas y ahora como exiliados.
Recorrimos la pista de aterrizaje en toda su extensión, en aquel día gris y lluvioso. Rancho Boyeros se veía triste, desolado. Era un gigante muerto. No había ninguna actividad. Subimos a la Torre de Control. Ni rastras de Lázaro Cárdenas y del avión de Cubana.
Castelló lo había conocido en 1960, en un viaje que dió a México, a una reunión del Movimiento Por la Paz Mundial. Recorrió México con el "Padrecito", creo ese era el nombre exacto que le daban los indios mexicanos al General Cárdenas. Castelló me había narrado maravillas de Cárdenas, de la adoración que le tenían los indios. De cómo Lázaro Cárdenas mordía las "tortillas", que los indios portaban en el sobaco, --para mantenerlas tibias-- y que le ofrecían.
Cansados de esperar, Castelló y yo nos marchamos. Parece que no venía. Nunca vino.
Decidí que no volvía a Comercio Exterior. Había perdido la salud trabajando --incluso en una ocasión me dió un desvanecimiento-- y venía un tipejo cualquiera y lo acusaba a uno de lo que se le ocurría.
Aldo Hechevarría, que era teniente del Segundo Frente Oriental "Frank País" de Raúl Castro, había sido nombrado, administrador del hospital de La Liga contra la Ceguera. A mis instancias, lo bautizó hospital "Ramón Pando Ferrer". Luego Aldo fue nombrado administrador del hospital de Maternidad Obrera en Marianao. Me ofreció trabajo con él. Confiando en que así sería, renuncié en el Mincex. Me pedían lo hiciera por escrito. Les dije que nunca había renunciado
por escrito y que ésta no iba a ser la primera vez.
La oferta de Aldo, se quedó en el aire. Nombró a otra persona, según me dijo, que le había enviado Blas Roca. René Díaz, !cómo da vueltas el mundo!, llegó a trabajar conmigo en el puerto de la Habana al cabo del tiempo. Díaz, era un repatriado que había vivido años en Estados Unidos. Así, me enteré que no era cierto lo que Aldo me dijo. Sencillamente, decidió que le convenía René Díaz, mejor que yo....