



Por Robert A. Solera
El periodismo es –o al menos era— un sacerdocio, no una profesión competitiva con la prostitución, por lo menos eso oía decir reiteradamente a viejos periodistas cubanos –tanto viejos en edad como en experiencia.
“Sólo la verdad te pondrá la toga viril”, decía José de la Luz y Caballero, de grata recordación desde mis años juveniles. Hoy Don “Pepe” se avergonzaría al ver a algunos “colegas” ejerciendo el “sacerdocio” por una vil paga de los poderosos y pútridos caballeros de la ‘política' cubana,y ayudando a reescribir la historia para el gobernante –es un decir—que avasalla a Cuba y a sus hijos.
La Historia es una señora respetable -–por lo menos lo era— que se encarga de relatar lo ocurrido a aquéllos que por su ausencia, ignorancia o desinterés no presenciaron, u oyeron de los múltiples hechos de los cuales esta señora está plena
El desgobierno cubano -–sería risible creer que quien manda en Cuba gobierna— diariamente esparce sus monedas al viento como si fueran semillas de trigo preparando la futura cosecha. y también a diario y de modo soslayado –y al parecer inocente— lanza al viento sus “verdades”, que no son ni medias verdades sino distorsiones para atraer a turistas ignorantes que buscan el Dorado sexual, la aventura fácil y el creerse importantes, pues durmieron, comieron o fornicaron donde muchos “famosos” lo hicieron antes que ellos.
Un reciente artículo sobre el Hotel Nacional, en La Habana, Cuba, en la antigua y hoy vengonzosa joya de las Antillas menciona de un plumazo a una miriada de personalidades, y entre ellas a su “caballo de batalla” –la Mafia—que juguetearon e hicieron de su vetusto edificio el lugar de reunión preferido para sus malandrinadas.
¿Quién puede o quiere chequear si todos los mencionados al desgaire en realidad hicieron allí lo que el articulista dice?
Las palabras se las lleva el viento pero su sonido queda resonante en los oídos receptivos o son punto de referencia para otros plumíferos ignorantes o bergantes que repetirán la misma panoplia de medias verdades que ayudarán a mitificar favorablemente para el régimen espurio de Cuba o desfavorablemente para la sociedad que lo precedió.
¿A qué viene todo esto?, se preguntará el lector, intrigado por lo precedente.
La Biblia menciona que “por sus obras los conocereis”. Nuestros guajiros más ignorantes y tal vez más iletrados pero sin embargo más avispados lo resumen más crudamente: “al pájaro se le conoce por la cagada”.
Tras un relato, casi mítico, el autor del mentado artículo deja de lado –junto a sus interlocutores, entre ellos una presunta historiadora— el hecho más importante, sangriento y espeluznante que haya ocurrido en La Habana en sus más de 500 años de historia, el ataque por el Ejército de Cuba, al mando de Fulgencio Batista y Zaldívar –el “general de tres galones” le gustaba llamarlo el actual dictador Fidel Castro--, al Hotel Nacional, donde volaron los cañonazos, y se fusilaron inmisericordemente a los oficiales del depuesto presidente Gerardo Machado y Morales, que allí se habían refugiado pues se alojaba en éste Benjamin Sumner Wells, el enviado plenipotenciario del gobierno de Franklin Delano Roosevelt.
Tuve el “privilegio” de ver el filme de lo ocurrido en el Hotel Nacional y me espeluzné ante el horrorífico estruendo de los cañones –aquéllos con ruedas para trasladarlos—amén del cañoneo del Crucero Patria que hacía saltar a pedazos las paredes del magnífico hotel. Aclaro que no fue la única acción bélica de esos días pues la toma del Castillo de Atarés, fue tan mortifera o más y alli igualmente se acribillaron a balazos a los que se rendían bajo bandera de parlamento, entre ellos el ‘Coronel' Blas Hernández, cobardemente asesinado dentro de Atarés a sangre fria por un “sargentico”, que luego llegó a Tte. Coronel, Mario Alfonso y cuya ambición de poder lo llevó a ser asesinado, a su vez –la justicia tarda pero llega—por órdenes de Fulgencio Batista.
¿Por qué se ocultan los hechos y se “hurta” la historia? Pues porque a los turistas no les haría mucha gracia saber en el Hotel Nacional hubo una masacre y sí que dormirán donde algunos “famosos” lo han hecho. ¡Vanidad, sólo vanidad!