Aquí, es decir, afuera, este homenaje transcurre en condiciones de absoluta libertad, de ahí su sello de autenticidad. Allá, ocurre inevitablemente bajo las mismas condiciones de opresión en las que transcurrió gran parte de la vida del hoy homenajeado. Los cubanos de cualquier latitud, y otros estudiosos de la obra virgiliana se reunieron bajo los auspicios del congreso “Celebrando a Virgilio” que sesionó en la sede de la Universidad de Miami, y fuera convocado y organizado por el también dramaturgo Matías Montes Huidobro y su esposa, la ensayista Yara González Montes, en una convocatoria única que duró del 12 al 15 de enero del año que recién comienza.

Jornada tras jornada y sesión tras sesión se estudiaron diferentes aspectos de la obra de nuestro autor y se exaltó su prominencia y trascendencia en las letras y la cultura cubana.

Asimismo, se discutió desde diferentes ángulos su trayectoria vital y los avatares de su existencia de iconoclasta antes y después del radical cambio de régimen ocurrido en Cuba el año 1959 con la instauración de la tiranía de Fidel Castro.

En la isla, “los homenajes” se sucederán sin duda alguna con el empeño de confundir aún a quienes se dejen engañar, re-escribiendo para ello la historia personal del autor y la historia colectiva en que se vio obligado a participar éste. Tomando a cada paso el rábano por las hojas para irse por las ramas, y diciéndose y diciendo aquello otro de “donde dije Virgilio…” en que han alcanzado doctorados y post-doctorados concedidos por la Universidad de la Infamia Nacional y sus correspondientes programas internacionales, afirmarán sin sonrojarse que “Virgilio permaneció en Cuba”, tal y como en su momento declarara Armando Hart Dávalos, por entonces ministro de cultura, y con esta verdad de perogrullo —medio verdad o verdad a medias— seguirán añadiendo mortero a la fábula de un Virgilio revolucionario, o cuando menos “patriota”, mal comprendido por funcionarios extremistas, (aquí la manida cita de Lenin vendrá a punto), a los cuales —dirán— se puede encontrar hoy en Miami y otras partes. Y aquí apuntarán a un nuevo embuste: “como exiliados de la Revolución”. Eso, o algo semejante escribirán. No es preciso disponer de una bola de cristal en manos de una pitonisa para saberlo de antemano.

Cuenta Cabrera Infante en Mea Cuba una anécdota protagonizada por Virgilio Piñera que regresa a La Habana luego de haber visitado Bélgica. A su llegada, Virgilio aparatosamente se inclina para besar el suelo de Cuba, pero se encuentra no con éste sino con la pista de aterrizaje de Rancho Boyeros, recién cubierta de asfalto ruso.

A causa de una esperpéntica cabriola del destino, que la anécdota de Caín viene a ilustrar, Virgilio Piñera regresó voluntariamente a Cuba en dos ocasiones. La última en 1965 (según la referencia), precisamente cuando del puerto de Camarioca escapaban en masa miles de compatriotas a los que el régimen abría una compuerta salvadora, no sólo para ellos, sino para el régimen mismo enfrentado a la insurgencia de todo tipo.

No entraré a especular si el autor habría podido vivir en el exilio o no. Después de todo Virgilio es el autor de “El infierno” un cuento muy breve donde el protagonista, después de pasar cuarenta años añorando escapar, consigue huir al fin, para darse cuenta muy pronto de que no puede vivir sin el lugar de sus tormentos, pues hasta “el infierno acaba por volverse una querida costumbre”.

Arriesgaré un único comentario al respecto: quedarse no prueba nada, así como salir de Cuba ha dejado de demostrar que se es un exiliado político verdadero, un disidente o un antagonista del régimen —cosas diferentes todas ellas a fin de cuentas.

Antes de que el tirano Fidel Castro configurara su propio muro alrededor de Cuba, por el que inculparía “a los americanos” y “al bloqueo”, Virgilio como tantos otros pudieron salir del territorio nacional cubano y volver a él sin verse obligados a dar cuenta a ninguno de sus correrías por el mundo, pese a las quejas que en contrario vertiera Piñera en su poema La Isla en peso de 1942 en las que daba cuenta de “la maldita circunstancia del agua por todas partes”.

Así, más que un hecho contemporáneo al poema y su temática, ambos corresponden plenamente al futuro de la isla: Virgilio y los cubanos todos, atrapados por el muro natural de agua.

Porque a partir de este segundo regreso, (la vez anterior volvía de Buenos Aires, donde había sido becado) ya nunca más consiguió que lo autorizaran a viajar a ninguna parte. Sí, porque ahora se requerían autorizaciones al más alto nivel para salir o entrar a su propio país. Y a partir del Congreso de Educación y Cultura (1971) que venía a refrendar “legalmente” lo que en buena ley no podía serlo y era práctica desde mucho antes, con las resoluciones derivadas de este cónclave, se impidió ya de manera definitiva cualquier “salidita”, y para completar el círculo “la entrada” a cualquiera intelectual amigo extranjero que se manifestara crítico con el régimen castrista o según el eufemismo donde los haya: “la Revolución”.

Resulta más que dudoso que el eterno iconoclasta pudiera ser considerado “revolucionario” por los revolucionarios. ¿No había invertido la R de revolución que correspondía a las Ediciones que hacía al principio de la confusión cotidiana de los primeros años “alegres”? Doble herejía porque, siendo “un invertido”, como era sobradamente conocido, Virgilio se atrevía a subvertir el carácter machista de la llamada “Revolución” a la vez que revelaba antes de tiempo el carácter soviético que ya todo iba teniendo con esa “R” al cirílico modo.

Indudablemente, Piñera fue un patriota al que le faltó la lealtad de su patria a partir del momento en que se instauró en ella el régimen expropiador de Fidel Castro. Aunque permaneció en el territorio insular (no le quedó otro remedio) fue un apátrida y un expatriado. Pero su última lealtad, y su último patriotismo fueron la literatura y él mismo. Dijo siempre su verdad, incluso en medio del miedo que sentía o llegó a sentir frente a la imponente pistola de Castro sobre la mesa a la que se sentaba éste para dirigir a los escritores su ultimatum en 1961, amparándose en el ámbito de la Biblioteca Nacional: “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”. Censura absoluta, previa, punitiva. Fiel a sí mismo, Virgilio proclamaba su homosexualidad, o llegó a no negarla cuando le exigieron “comedimiento”. Su estética, una búsqueda personalísima, con más aciertos que fracasos, es en sí misma un modelo de integridad no exento de contradicciones, pero desprovisto de complicidades.

Como había anticipado (1942) la isla en peso acabó por convertirse en su fardo (peso muerto) que había de acarrear sobre sus hombros de endeble constitución, cual Atlas en precario, condenado a una labor titánica para rendir la cual sólo disponía de palabras. Aún éstas le serían arrebatadas.

¿Por qué tenía el embajador cubano en Argel un volumen del maricón “este” en los estantes de su despacho?, preguntó el llamado “Ché” Guevara en presencia de Juan Goytisolo al funcionario de marras, a la vez que arrojaba lejos de sí, el volumen ofensivo. Eso había ocurrido mucho antes de 1971. Antes de efectuado el Congreso de Educación y Cultura, desprovisto de cultura y sin pinta de educación alguna.

Sería infructuoso cualquier intento de encapsular en unos pocos renglones la vida y la obra de Virgilio Piñera, destacar suficientemente su significado para la cultura cubana y más allá de ésta. Al Congreso miamense “Celebrando a Virgilio” le han faltado jornadas para completarlo pese a la intensidad, duración y calidad de las ponencias presentadas al cónclave. Ofrezco aquí, apenas un esbozo de lo que me gustaría fuera un retrato más completo del creador, en el que se pusieran de relieve sus rasgos más acusados.

 

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Virgilio Piñera en el centenario de su nacimiento

El hilo de la trama.
Trazos para un esbozo:

Rolando D. H. Morelli, febrero 8 -- Virgilio Piñera, el ya desaparecido autor cubano (poeta, dramaturgo, narrador, ensayista — polemista y polémico— pionero de la estética que luego había de llamarse “absurdista” o “absurdo”), es celebrado estos días a la vez en el exilio miamense y en su país natal, con motivo de la conmemoración del centenario de su nacimiento.