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LA CORTE DE CASTRO

Por Luis Alberto Ramírez, Puerto Rico

“En la Cuba de Castro, como en la ex-Alemania de Hitler, ni la corte ni el Tirano han sido buenos aprendices de la inteligencia política, cosa ésta que determina, por regla general, el fracaso de los hombres ambiciosos que en estos ambientes se pasean”.

 

 

Los acontecimientos que están teniendo lugar y que van a continuar teniendo lugar en Cuba, tienen muy nervioso a los hombres de la corte de Castro. Para poder intentar desenredar el qué lo está causando debemos comenzar por comprender que en la actualidad la estructura política castrista esta dejando de ser “piramidal” y “monolítica”, para dar paso a una confusión aún mayor de imperios privados.

 

La inseguridad, el peligro que ellos están presintiendo ante los cambios inevitables que se aproximan, unido al temor (muy real) de la demencia del Tirano senil y de una muerte antes de lo previsto de su “dios”mortal; una muerte que los puede dejar a merced de la ira, la venganza de un pueblo, y el tener que enfrentar la posibilidad de tener que subir por los 13 peldaños fatídicos que los conducirían hasta la horca, los está obligando a protegerse contra cualquier eventualidad sorpresiva, reservando para sí y en detrimento de su colectividad la mayor cantidad de poder posible que puedan conquistar. Así que, en la actualidad los hombres de esta corte de supersticiones y crímenes sin sentido, están dejando a pasos agigantados todo tipo de criterio común que antiguamente pudieran haber tenido entre ellos.

Hoy en día no importa sin son generales o coroneles, ministros o embajadores, capitanes o tenientes de los Ministerios del Exterior o Interior, un vulgar cabo puesto al frente de turbas paramilitares o algún sargento intoxicado todavía al mando de una Brigada de Respuesta Rápida, el común denominador que los distingue es la falta del concepto de la comunidad de destino, y que en realidad no existe más allá de la propaganda oficialista.

Los cortesanos están sufriendo una mutación en señores de una anarquía feudal, en la cual el poder personal del Tirano indiscutido puede todavía ocultar los hechos, pero no suprimirlos por completo.

Pero hay que tener presente que estos hombres de la corte de Castro son hombres de mentes vacilantes, de obtusos cerebros que nunca antes habían necesitado ser forzados a pensar. Además, el principio enfermizo de lealtad hasta el final a su “dios” mortal de la muerte, sobre el cual se han basado sus vidas, todos sus éxitos y la totalidad de este sistema, los ha librado de toda peligrosa introspección y de cualquier dificultad de tipo intelectual.

En el fondo, a pesar de la tormenta que se les avecina, siguen fieles a dicho principio, pese a sus muchas ambigüedades y vacilaciones en la forma y gracia a ese principio, sus vidas han sido sencillas y faltas de complicaciones como lo ha sido su ingenua fe en el dogma revolucionario de su religión castrista.

Protegidos hasta ahora por tan mágica coraza no han conocido el temor ni la duda; se han limitado a creer y a obrar. Han adorado las deidades de su casta, contemplado la verdad de esa casta y participado de los sacramentos de ella. Extirpan sus herejías, y en nombre de su loca revolución, han enviado a cientos de miles, sin un solo gesto ni siquiera tal vez de odio, incluso, hasta tal vez con miradas bondadosas, a sus prisiones de torturas y a sus paredones de fusilamientos.

Es verdad que el artífice principal de esta era de horror y de terror ha sido Fidel Castro, pero la imaginación no puede representarse la cantidad de sufrimientos humanos, ni siquiera el número de muertes que han ocasionado estos creyentes, aunque esas atrocidades hayan sido efectuadas bajo las órdenes de su “dios” de la muerte.

En la Cuba de Castro, como en la ex-Alemania de Hitler, ni la corte ni el tirano han sido buenos aprendices de la inteligencia política, cosa esta que determina, por regla general, el fracaso de los hombres ambiciosos que en estos ambientes se pasean.

No se por qué se piensa, se sueña o se tienen ilusiones de que con gente de semejante calaña y siendo estos hombres tan pésimos aprendices de la inteligencia política, pueda existir algún tipo de posibilidad de negociar nada serio, honesto o inteligente. Y suponiendo que se tenga algún tipo de poder de negociación para negociar.

Si al menos alguno de ellos fuera capaz de deshacerse del hechizo que los mantiene sumidos en ese éxtasis, en ese hipnotismo, despertara y actuara acorde a la cordura, acorde a la realidad existente a su alrededor y en la nación, entonces ese hombre o esos hombres tal vez, podrían salvarse del ocaso inevitable al que se dirigen, y hasta posiblemente ser perdonados por tan patriótico acto y hasta tal vez ser alabados por su pueblo.

Todavía estamos a tiempo. Aunque la muerte en su búsqueda implacable de su objetivo seguirá acechando hasta el final. Un final muy cercano. Un final que consagrara al “dios” mortal de la muerte y a sus fieles creyentes como una de las mayores vergüenzas que haya sufrido la raza humana. Un final que sólo puede conducir a la larga, larga fosa común donde están enterrados todos estos dioses del ocaso junto a sus creyentes, normalmente sin otra dignidad lapidaria que una oscura mancha en el libro de historia de la generación siguiente.