



Por Agapito Prieto, Madrid, España, mayo 29
"No hay negro guapo ni tamarindo dulce", era un dicharacho que oía mucho cuando muchacho.
Además de racista, falso por partida doble. Los negritos de mi barrio eran guapos de verdad. Se batían al puño con el más pinto sin mirar el tamaño del contrario. Eran mis socios, mis ambias, mis consortíbiris. A mí me veían como a uno de ellos y en la escuela me defendían de los más grandes y abusadores.
--No se metan con Agapito porque les parto el culito--, les advertía entre serio y jodedor el negro Thompson, de ascendencia jamaiquina y con ese apellido impresionante que le traqueteaba como una ametralladora.
Palabra santa.
El negro Thompson tenía eso que hoy se llama carisma, pero lo tenía en los bíceps y en la muñeca prohibida. Su pegada era realmente carismática. Contundente. Temible. Persuasiva.
La verdad que yo tampoco me dejaba quitar la merienda, no vayan a creerse que Agapito era tan pendejito. Era chiquitico y chimindilla (y lo sigo siendo), pero también me fajaba en una cuarta de tierra.
Después que vino el desastre, para qué contar. "Nacionalizaron" el colegio, "democratizaron" la enseñanza, y aquella escuela se convirtió en un Oeste chiquito. O sea, en un gran bayúd , como decía la mulatica que era profesora de español. Ella se hacía la fina pronunciando las des donde no iban.
"Esto no parece una clase. Lo que parece es un bayut ", apretaba la profe algunas veces cuando nos regañaba y nos ponía carácter tensando la letra de en una te de mal humor.
"Distancia y categoría" era su lema favorito, aunque se le olvidaba cuando salía por la calle arrollando en la conga de la emulación, al frente y marcando el paso con sandunga revolucionaria. Parece que a la rumbera mayor lo que realmente le gustaba era el bayú sin de.
Había que volverse un león para sobrevivir. Si no eras guapo de verdad, tenías que aparentarlo. Que si no, te molían a palos las fieras de Mabuya. Yo no era guapo, pero me paseaba entre ellos. Y una vez, a un zoquetón que quería agitarme le tiré por la cabeza con toda mi fuerza ¿saben qué? una bola de pulpa de tamarindo, pero con una piedra dentro. Lo dejé turulato y más nunca se metió otra vez conmigo. A ése sí que debió de saberle amargo el tamarindo, pero no por eso voy a aceptar como válida la segunda parte del dicho.
El tamarindo es dulce, pero al mismo tiempo es agrio. Ergo, es agridulce. --¡Bingo! ¡Cómo te gustan las obviedades! --me reprime enseguida el editor interno--. Todo el mundo sabe que el tamarindo es agridulce. Así que si no tienes nada novedoso que decir, mejor te callas y no das constancia pública del hecho. Y además, déjate de esos alardes de guapería barata. ¿A quién quieres impresionar, si hasta te han visto por ahí con un bastón, todo rengo y cañengo, tirado para la tonga de la tercera edad? ¡Tate, tate, folloncico!, le respondo en el acto al censor interno, muy cervantino yo, aunque un tin picuito. Es verdad que todo el mundo sabe que el tamarindo es agridulce, pero también todo el mundo (o al menos, una pila de gente en Cuba) solía decir que no había negro guapo ni tamarindo dulce. Y no es verdad. No puede serlo. No lo acepto ni lo recepto; no lo admito ni lo permito; no me lo trago ni lo mastico; no lo digiero, lo regurgito. Lo que pasa es que no hallaban dulce el tamarindo porque al cubano siempre le gustó el dulce hiperendulzado, superdulce, excesivamente azucarado, empalagosamente almibarado, acaramelado hasta el hastío y la repugnancia.
Y todo seguro que viene de que la Isla de Cuba fue siempre la azucarera del mundo. Un gran productor y primer exportador mundial de azúcar, hasta que se hizo cargo de la industria azucarera quien tú sabes, el enfermo crónico, el mismo globero que ahora posa de bloguero con ínfulas de ecologista.
A tal punto ha llegado la debacle de lo que un día fuera el primer renglón de la economía cubana que, según las últimas noticias, ya están importando casi todo el azúcar para el consumo nacional. Vivir para ver, que dentro de poco en Cuba no van a poder tomarse ni siquiera una sopa de gallo*.
Que en la Perla de las Antillas no se pueda hacer un refresco, un batido o una champola por falta de azúcar, es lo último de Los Muñequitos (no los muñequitos rusos, los de Matanzas). Con lo que les gusta a los paisanos y con lo que ahora la necesitan para completar el mínimo de calorías diarias. Van a tener que aprender a echarle menos azúcar a las pulpas o mermeladas caseras. Así es más sano, aunque menos calórico.
Yo creo que al cubano siempre le gustó más la pulpa de tamarindo que la propia fruta al natural, por la elevada proporción de azúcar que contenía, posiblemente a partes iguales. A mí también me gustaba mucho la pulpa de tamarindo bien endulzada. Hasta que la adversidad, la mala suerte, el infortunio y la salación irrumpieron en mi vida de adolescente. Entonces la rechacé por empalagosa. Cada cual tiene su propia historia, quecará.
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*Eufemismo popular para nombrar el agua con azúcar (N. del E.) agaprieto@yahoo.co.uk