



A los procesos históricos los envenena el tiempo. Existen diversas razones para que esto suceda. En este caso el detonante fue una combinación letal: la necesidad de Cuba de divisas fuertes y el tráfico de drogas. Y así fue como se juntó el cielo con la tierra y comenzaron a suceder cosas inconcebibles. Todo por un mal cálculo. Como ocurre con frecuencia, La Habana subestimó al enemigo, y un día, en el buró de Fidel Castro, alguien colocó un abultado expediente el cual contenía pruebas concluyentes sobre el conocimiento de los yanquis, de las actividades cubanas en el contrabando de estupefacientes.
Y cundió el pánico en la cúpula del castrismo, y el aire se enrareció, y para evitar que sentaran a Fidel y a Raúl en el banquillo de algún tribunal norteamericano, se comenzó a buscar chivos expiatorios. Pero no se podía hacer un alboroto chapucero ni una novelita de folletín. Se trataba de montar quizás la mise en scene más magistral de la revolución cubana, una auténtica tragedia griega llena de alegorías y símbolos.
Así Fidel Castro (nadie más hubiese tenido las prerrogativas y la osadía de llegar tan lejos), con su diabólica genialidad, como el rey Cronos, hijo de Gea y Urano, temiendo que sus propios hijos se le rebelaran, decidió matar dos pájaros de un tiro: devorar a sus vástagos más peligrosos y rebeldes, y al propio tiempo, levantar un muro de confusión frente a posibles acusaciones del Norte de autorizar el narcotráfico desde la Isla.
Así se instituyó la Causa número 1 en que fueron defenestrados el general Arnaldo Ochoa, Héroe de la Revolución. Y los inseparables hombres nuevos y niños lindos de Castro, los James Bond de la revolución, los gemelos Patricio y Antonio de la Guardia.
Pero este sacrificio no bastó para aplacar la ira norteamericana. Seguían apareciendo testimonios y pruebas. Había que dar un paso más drástico para borrar la más mínima huella de culpabilidad castrista. Y entonces Fidel decidió ofrecer en bandeja de plata la cabeza de José Abrantes, a la voracidad de la opinión pública mundial. Y así surgió la Causa número 2 de 1988.
Esta semana este juicio fue presentado por la televisión de Miami en el magistral programa A Mano Limpia, de Oscar Haza, y no es posible encontrar antecedentes jurídicos con anécdotas más absurdas. Pasajes como el del abogado defensor Juan Rafael Mendoza proponiendo al Tribunal: ''Ustedes tienen la obligación de sancionar a estos acusados''. O la del general Pascual Martínez Gil: ''La mayor condena es no poder volver a estrechar la mano del Comandante en Jefe''. O la del Teniente Coronel Oscar Carreño Gómez: ''No sé si soy civil o militar, hay tanta desinformación en el Ministerio del Interior, que no sé ni quién soy''.
Finalmente, un patético José Abrantes inculpándose y repitiendo cada cinco minutos: ``Quiero aclarar que la revolución no tiene nada que ver con esto; no me perdono no haber cumplido con las órdenes de Fidel Castro''.
Algo estremecedor. Aunque si montaron este show para salvar a Castro de la infamia lograron lo opuesto. Todos los acusados fueron condenados a largos años de cárcel, y Abrantes poco tiempo después fue dejado morir en una celda en la prisión de Guanajay porque sabía demasiado. Este juicio fue filmado y hay copias fuera de Cuba. ¿Acaso no entiende Fidel Castro en la ceguera propia de quien detenta el poder absoluto que cuando se analice sin pasión ni rabia estos tiempos que corren, tan sólo por ese espantoso juicio y la muerte de Abrantes, su mejor amigo, la historia no lo puede absolver?
Por Nicolás Pérez Arguelles, El Nuevo Herald, mayo 9 http://www.elnuevoherald.com/187/story/38617.html
Esta es la triste historia de dos amigos. Uno Fidel Castro, el dictador de una isla caribeña. El otro José Abrantes, el más fiel de sus seguidores y su mano derecha.
Pocos recuerdan cómo y cuándo se conocieron ni tampoco importa. Lo que hoy pertenece a la historia es que un día, a pesar de ser Castro el más desconfiado de los seres humanos, José ganó su confianza, y comenzó a cuidarle las espaldas. Es decir, se convirtió en su sombra. Muchas noches durmió frente a una puerta para velarle el sueño, y probaba sus comidas para evitar que fuera envenenado. Eso hizo durante 30 largos años en que hubiese cambiado en media cuarta de tierra su vida por la de él. Fueron tres décadas de continua convivencia en que uno respiraba el aire del otro, y la fe de Castro en José llegó a ser tanta, que un día aparte de cuidarlo a él, quiso que cuidara a la nación, y lo nombró general y Ministro del Interior. En ese instante, detrás de Fidel y Raúl, Abrantes había escalado a la tercera posición en línea de mando en la Cuba revolucionaria.
"Había que dar un paso más drástico para borrar la más mínima huella de culpabilidad castrista. Y entonces Fidel decidió ofrecer en bandeja de plata la cabeza de José Abrantes, a la voracidad de la opinión pública"