



fue que al buscar a Linares Manuel en la letra “L”, vi el nombre de tres personas de apellido Lichtenstein, y una de ellas con el nombre de Enrique. Supuse que igual que me pasó hace algunos años en Panamá, que podía tratarse de otro Enrique Lichtenstein, que no era mi ex compañero de escuela. Pero la curiosidad pudo más y marqué su número de teléfono. Me respondió una voz de mujer a quien le dije que deseaba hablar con Enrique Lichtenstein.. Pude oír que la mujer decía: Enrique, es para ti. De inmediato una voz masculina me dijo: “Mande”. Le pregunte que si él era el Enrique Lichtenstein que había vivido en Alajuela, Costa Rica, y me respondió que sí. ¿Quién me habla?, me preguntó, y cuando le contesté que Jaime Jiménez, su ex compañero de escuela, su euforia no tuvo límites. ¡Qué es este milagro, exclamó asombrado; ¿dónde estás? Le respondí que estaba en Guadalajara en el hotel “La Rotonda”. No te muevas, me dijo, ya paso a buscarte. Pero me tomará de 40 a 45 minutos en llegar de mi casa a tu hotel. Le dije que no importaba, que lo esperaría.
Enrique llegó al hotel y físicamente estaba tal y como me lo imaginaba, solo que un tanto canoso: el mismo cuerpo delgado, la misma cabeza de huevo, y los mismos anteojos tipo Hiroito o Mr. Magoo. Me abrazó con afecto y me dijo: Nos vamos para casa. Al llegar me presentó a Ana, su señora, que es también judía. Me contó que tenían tres hijos, pero que todos estaban casados y cada uno vivía por su lado. Su esposa Ana se estaba preparando para irse al Distrito Federal.
Cuando empecé a narrarle a Enrique todo lo que me había pasado cuando traté de localizarlo y el misterio de la fotografía, se echo a reír y me dijo: Todo tenía su explicación. No sé si recordarás que nosotros llegamos a América huyendo de la persecución contra los judíos de parte de los nazis. El primero en salir de Alemania en el año treinta y cinco fue mi tío Max, que emigró hacia México y se estableció primero en el Distrito Federal para luego trasladarse a Guadalajara. Dos de mis tíos se fueron a Panamá, porque se decía que en ese país había muchas oportunidades. Mi padre eligió a Costa Rica, porque tenía un amigo judío también, que le habló bellezas de tu país.
El negocio familiar que tenía mi abuelo en Alemania era unos Telares, y eso fue lo que mi tío Max quería instalar en Guadalajara. Afortunadamente como fuimos de los primeros en abandonar Alemania, pudimos sacar gran parte del dinero familiar.
Cuando tú dices que desaparecimos de Alajuela de la noche a la mañana, no fue así, ya que mi tío ya había instalado su primer telar y quería que todos los hermanos nos reuniéramos de nuevo para invertir en una empresa familiar. Mi padre fue el primero en aceptar esa decisión, no sin antes suspender las ventas a plazos, para dedicarse por tres meses a recoger el dinero que le debían sus clientes y para vender el carro y el inventario de ropa que tenía. Los parientes que vivían en Panamá fueron los últimos que se vinieron para incorporarse a la empresa, porque tuvieron problemas en liquidar sus negocios. Eso te explica el por qué en una ocasión viste varios Lichtenstein registrados en el Directorio Telefónico de Panamá , incluyendo un pariente con el mismo nombre que no nos conocíamos, y años después ya no encontraste ningún Lichtenstein en Panamá, pues todos también se habían instalado en México.
En cuanto al misterio de la fotografía, el que está equivocado eres tú. La foto que encontraste en casa de tu hermana dices que es del grupo del Tercer Grado A, y yo no podía aparecer en ella porque ya yo residía en México, La foto donde nos sentamos juntos fue cuando cursábamos el Segundo Grado A, el año anterior. Al terminar su explicación, Enrique fue a su oficina y trajo la foto de Segundo Grado donde estábamos uno sentado a la par del otro.
Encontré todas las explicaciones de Enrique muy atinadas y razonables, y borraron de mi mente cualquier duda de si Enrique Lichtenstein existió o no. A manera de broma Enrique me comentó: Claro que existo, y aquí estoy. Y los dos nos echamos a reír.
Al día siguiente fuimos a cenar a un restaurante, porque Ana su mujer no estaba. Cuando me llevó al hotel, al despedirnos, me escribió de su puño y letra en mi agenda su teléfono, su dirección y la dirección de su correo electrónico, no sin antes advertirme que la próxima vez que viniera a Guadalajara tendría que hospedarme en su casa.
Como tengo entre mis planes viajar a Guadalajara el próximo noviembre, encontré prudente enviarle un correo comunicándole mis intenciones. El correo me fue devuelto con la clásica información: Dirección de correo desconocida. Como era una dirección de “hotmail”, pensé que tal vez la había cambiado, o que simplemente se la habían cancelado como a veces sucede con servidores gratuitos cuando no se utiliza el correo por algún tiempo.
Me resolví a llamarlo por teléfono, pero me salió una grabación informándome que el número no era correcto. Llamé a Raúl Bulacia, que es el Gerente de mi Compañía y es un amigo personal mío, y le pedí que me buscara en el directorio el número de Enrique Lichtenstein. Espérate un momento, me dijo Raúl, te voy a pasar a mi secretaria. Dejé pasar unos minutos hasta que oí la voz de Carmencita, la secretaria de Raúl que me decía: Fíjese don Jaime, que no aparece ningún Lichtenstein registrado en la guía.
Por lo menos ahora estoy seguro de que Enrique Lichtenstein existe, porque me lo corroboraron los recientes hechos que viví el pasado año en Guadalajara. Pero lo que ignoro es en dónde está. Además debo encontrar alguna explicación del por qué los LIchtenstein emigraron y se fueron de Guadalajara. No sé si viviré lo suficiente para volver a encontrar el rastro de Enrique, si es que logro encontrarlo.
Panamá, octubre del 2007.

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ --SEGUNDA PARTE
Generalmente voy una vez al año a Guadalajara, México. Tengo dos razones para hacerlo: primero porque me gusta la ciudad y segundo, porque allí están las oficinas y la Gerencia de Ventas para Latinoamérica de una compañía a la cual yo represento, y que anualmente realiza en el mes de noviembre, una Convención y un Seminario para representantes y distribuidores de América Latina.
El pasado año, unos días antes de viajar, me encontré con una amiga que me informó que su hermano, también muy amigo mío, ahora residía en Guadalajara y me pidió que tratara de verlo. Le pedí el teléfono y me respondió que no lo recordaba, porque los números telefónicos en México son muy largos, pero que no me preocupara porque el teléfono de su hermano, Manuel Linares, aparecía en el directorio telefónico.
Cuando llegué a Guadalajara, busqué el número de Manuel Linares y pude contactarme con él. Pero lo más sorprendente