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TODOS SOMOS CULPABLES

Por Jaime Jiménez Solera, Costa Rica

Casi siempre que un grupo político se apodera del poder por la fuerza de las armas, su caudillo se convierte en un tirano y un déspota. Para mantenerse en el poder debe recurrir a la fuerza, persiguiendo y eliminando, si puede, a sus opositores a quienes considera sus enemigos.

Generalmente, para que un grupo revolucionario pueda triunfar, es porque existe un descontento en un porcentaje considerable de la población. Esto sirve como caldo de cultivo para desarrollar un clima de simpatía y apoyo a los grupos revolucionarios. Esta simpatía y apoyo se mantiene cuando el grupo llega al poder y durante los primeros meses de su gestión.

Esto sucedió en la Rusia de los zares, en la Alemania de Hitler, en la Cuba de Fidel, en la Nicaragua de los Ortega, y aunque llegó al poder por la estupidez de los venezolanos, está sucediendo en la Venezuela de Chavez. Hitler cometió cualquier cantidad de crímenes y abusos de poder, pero hasta el final de sus días, aún contaba con una cantidad considerable de seguidores entre el pueblo alemán.

Es harto conocida la frase lapidaria de que “Cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. Y desafortunadamente, eso es cierto.

¿Qué sucedía en Cuba antes del 59? A la gran mayoría del pueblo cubano no le interesaba la política. No se metía en política. Hablaba, comentaba y criticaba al gobierno en las “Vidrieras de la esquina” mientras se tomaban un cafecito solo, pero nada más. Solamente una pequeña parte del pueblo participaba, porque sabía que si su candidato llegaba a triunfar, obtendría privilegios y canonjías que se repartía a diestra y siniestra entre sus allegados. Y así iban pasando las cosas con la graciosa complacencia de una mayoría apática.

¿Por qué Fidel fracasó en su ataque al Cuartel Moncada? Porque a nadie le interesaba en esa época apoyarlo. La mayoría de los cubanos vio eso como un episodio pasajero de alguien que pretendía apoderarse del gobierno para el usufructo de su grupo, al igual que todos los políticos lo hacían. Nadie le dio importancia. Aquello a nadie interesaba. Cuando finalmente Fidel cambió de táctica de lucha y logró hacerse con el poder, ya sabemos lo que ha pasado. Lo demás es historia.

Pero de lo que ha pasado y está pasando en Cuba, todos somos culpables. Los apáticos de antes del '59, la gran mayoría que de buena fe le dio su apoyo a Fidel en sus inicios, y no me refiero aquí solamente a los cubanos de la Isla, sino también a una legión de extranjeros, que como yo, nos regocijamos con el triunfo de la revolución y simpatizamos y apoyamos a Fidel en un principio. Los que lo siguieron apoyando después que confesó su marxismo-leninismo y finalmente los que todavía lo apoyan. Todos somos culpables por acción u omisión.

Solamente hubo una persona que se dio cuenta a tiempo de lo que iba a suceder. El ex presidente de Costa Rica José "Pepe" Figueres, quien había sido invitado a una de las primeras celebraciones de Fidel, y estando en la tribuna principal tomó el micrófono para criticar algunas acciones del nuevo régimen, pero se lo arrebataron, lo marginaron y los cubanos de aquel tiempo se mofaron de él llamándolo “Pepe Cachucha”.

De nada nos han servido las lecciones de la historia. Como bien dicen, el ser humano es el único animal que tropieza varias veces con la misma piedra. O somos ingenuos, o somos idiotas.

Cuenta Stefan Zweig en su libro “Los Dictadores”, que en una ocasión Johann Peter lEckermann le preguntó a Johann Wolfgang von Goethe si era posible que algún día se acabaran las guerras.. Y Goethe le respondió que sí, al igual que los dictadores, a condición de que existieran buenos gobiernos y que el pueblo actuara inteligentemente. Pero acto seguido apuntó: “Lo que pasa es que los buenos gobiernos son muy raros, y el pueblo, como masa, siempre ha actuado estúpidamente".