Jorge era Subgerente, y con su sueldo podía hacerle frente a los gastos de la familia. Lidia era una joven esbelta y de bellas facciones, y Jorge un tipo de esos que la gente llama ”muy bien parecido”.

Al poco tiempo de casados, la empresa abrió una tienda en una de las provincias centrales, Santiago, y nombraron a Jorge como Gerente de la nueva sucursal, por lo que tuvo que trasladarse a vivir ahí. Ya no teníamos tanta oportunidad de vernos, sin embargo seguimos manteniendo una buena amistad, y siempre que tengo que pasar por Santiago por razones de negocios, lo aprovecho para visitarlos. Jorge y Lidian procrearon dos niñas, que ahora tiene cinco y tres años.

Hace unos días Lidia me llamó por teléfono para decirme que estaba en ciudad Panamá visitando a su madre, y tenía deseos de verme y hablar conmigo. Le dije que en una hora pasaría a a recogerla. Cuando llegué y Lidia salió a recibirme, me quedé sin habla. De aquella mujer esbelta y bella ya no quedaba nada. Había engordado no sé cuántos kilos, pero por lo que yo estaba viendo podía pesar fácilmente 100 kilos. Ella notó mi asombro y con una sonrisa fingida me dijo: he ganado unas libritas –-pero yo pensaba para mis adentros que se las había ganado todas--. Me pidió ir a algún sitio porque quería contarme algo sin que su madre se enterara. La invité a tomar un café en el “Café París” que no quedaba muy lejos de su casa. Después de sentarnos, y que el mesero nos trajo la carta, Lidia rompió a llorar y me dijo: Jaime, Jorge se quiere divorciar. Después del segundo embarazo yo quedé algo gorda, aunque no tanto como ahora, y fui notando que poco a poco Jorge estaba cambiando de actitud con respecto al trato que me daba. La cosa empeoró cuando me enteré de que tenía un romance con su secretaria, una chica de 20 años muy bonita. Cuando le reclamé, Jorge se puso furioso y claro que me lo negó y me lo sigue negando, pero a mí nadie me engaña.

Entré en una depresión que trataba de remediar comiendo y puedes ver hasta dónde he llegado. Él sigue cariñoso con las niñas, pero no sale conmigo a ningún lado. Cuando le reclamo, comienzan los pleitos. La semana pasada me dijo que si seguía mortificándolo, me iba a dejar y a divorciarse. Yo estoy desesperada y no sé que hacer. Lo peor es que después de oírla, yo tampoco sabía qué podía hacer. Lo único que se me ocurría era aconsejarle que tuviera paciencia y que, especialmente por su salud, tratara de adelgazar.

Porque lo que en realidad hubiera querido decirle, no se lo podía decir sin maltratarla más. No podía decirle que ahora lucía fatal. No podía decirle que ella no era la mujer con quién Jorge se había casado hacía seis años. No podía decirle que para muchos hombres, una mujer obesa no es apetecible. No podía explicarle que una relación de pareja se mantiene tanto por la armonía que debe existir en la convivencia, como por la atracción física, y ella había perdido ambas cosas.

La vi tan desesperada, que me sentí muy mal. Me di cuenta que al ser partícipe de un problema que está hiriendo a una persona que estimamos, también nos alcanza a nosotros. Mientras conversábamos, yo pedí un café capuchino y un pastelito de pollo, y Lidia ordenó un chocolate grande y tres porciones de pastel de diferentes sabores; para probarlos, me dijo. Entonces me di cuenta de que el divorcio venía, no me quedaba la menor duda.

Porque por alguna razón, cuando los hombres perdemos la línea, nos quedamos calvos, y se nos va todo el atractivo físico, la mujer nos sigue soportando. Pero esta norma de conducta rara vez funciona en sentido contrario. Es lo que está pasando entre Jorge y Lidia.

 

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Jaime Jiménez Solera, Panamá, mayo 18
LA GORDA

En un principio el asunto me entretenía y no me molestaba, pero ahora no estoy muy seguro de eso. Me refiero a que varias amistades cercanas –-y aún otras que no lo son-– me buscan cuando tienen algún problema para pedirme un consejo, pretextando que yo soy una persona de experiencia -–lo cual me parece un eufemismo para no llamarme viejo-– por lo tanto consideran que yo los puedo ayudar.

Hace más de seis años, cuando decidí venirme a radicar en Panamá, conocí a una pareja de jóvenes recién casados, que poco a poco fueron reforzando los lazos de amistad conmigo.

Jorge y Lidia, que así se llaman, trabajaban en una tienda de artículos para oficina, pero Lidia tuvo que renunciar, porque la Compañía no permite que una pareja casada trabaje en la misma empresa.