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LOS LIBROS

Por Jaime Jiménez Solera, Panamá

Uno de estos días, vi un programa didáctico en la televisión española, en el que un profesor le preguntaba a los alumnos: ¿Qué es un libro?, y uno de ellos le contestó: un objeto. En realidad entre las varias acepciones que dan los diccionarios para la palabra libro, está: “es un objeto que enseña”. Aunque no estoy del todo de acuerdo con esta definición, eso no es una razón por la que no debo de aceptar que un libro es “un objeto” igual que zapato

Solamente que el zapato tiene una sola función definida: la de cubrir y proteger el pie y el libro no. Es cierto que un libro colocado en un anaquel es un objeto inanimado. Pero tan pronto una persona lo abre y lo empieza a leer, el libro cobra vida, porque nos está comunicando algo, casi como si nos estuviera hablando.

Y seguirá vivo mientras continuemos leyéndolo. Pero hay algo más, algunos libros, aún después de terminar de leerlos siguen vivos. Y algunos hasta adquieren vida propia y son inmortales, como El Quijote, que aún quienes no lo hayan leído, algo saben de él, o cuando menos tienen una idea de su contenido.

Ni que decir tengo, de aquellos libros que llegan a ejercer una influencia determinante sobre algunos de sus lectores. Cuando mi querido primo Carlos Eloy y yo estábamos jóvenes, alguien nos dijo que la lectura del Werther de Goethe había llevado a muchos jóvenes de aquella época que atravesaban por un estado emocional depresivo, hasta el suicidio.

El tener un tiraje voluminoso y un sinnúmero de ediciones, no siempre significa que sea un buen libro y viceversa. Cierto que hay libros que enseñan y su única función es enseñar. Me acuerdo de la importancia que tuvo para mí cuando empezaba mis estudios universitarios, el “Higher Algebra” de Hall & Knight. Ejercía una atracción casi mágica con el planteamiento de los problemas de “Permutaciones y combinaciones”. Hoy día, ese libro, que creo que regalé hace mucho tiempo a alguien que lo necesitaba, no representa nada para mí. Absolutamente nada. Sencillamente, porque no me sirve para nada, a no ser que lo utilice para calzar algún mueble que esté desnivelado. Esos libros solamente tienen una función: la de enseñar. Y cuando ya lo aprendimos, ya no los necesitamos. Es como guardar en la biblioteca el “Silabario de don Porfirio Brenes”.

Pero hay libros que son un tesoro, y se conservan como algo especial, y se leen y se releen a lo largo de toda la vida. No voy a decir cuáles, porque cada uno tiene los suyos.

Pero los que más recuerdo son aquellos que por considerarlos interesantes y valiosos, quise compartir con algunos amigos y jamás me los devolvieron. Y lo peor es que ya no se consiguen.

Por eso, cuando viajo, ando hurgando en cuanta tienda de libros usados descubro, con la vaga esperanza de encontrar allí aquel libro tan querido, que una amigo, también muy querido a quien se lo presté, quiso incorporar a su biblioteca.