



asuntos patrios; nadie, sin responsabilidad. Como nos recomendara el Mensajero de la Paz (1), todos debemos ser, “protagonistas de nuestra historia”.
Obviamente, el mayor grado de responsabilidad en la toma de decisiones
recae sobre los rostros visibles, jerárquicos, de todo el espectro
político nacional: interno y externo. (Aunque no pocas veces, en la
historia de la humanidad, la muchedumbre -–al margen de los liderazgos—
ha cambiado radicalmente el curso y destino de las naciones, a un
precio muy sangriento, evitable).
Pero hay decisiones específicas que sólo descansan en quienes gobiernan el país a los más altos niveles; otras, atañen a prominentes organizaciones de la disidencia interna y del exilio cubano. E incluso, existen aspectos donde la política, que hacia Cuba tracen los gobiernos democráticos del mundo, cuenta sobremanera. Y en estos momentos todos ‘se la juegan’. A ellos se les pasan las mayores facturas hoy... y se les pasarán mañana.
De ahí que, en cualquier toma de decisión, vale más el predominio de la inteligencia, el coraje, la indulgencia y el amor, que las reacciones pasionales, desatinadas, calculadoras o rencorosas. Porque es Cuba lo que más se arriesga en todo el conflicto y por encima de todo.
Existen infinitas variantes, al margen de cada expectativa, premeditación, voluntad o deseo. Así, en este artículo, intento imaginar -–con la mayor imparcialidad que me asiste— algunas de las soluciones posibles, favorables o nefastas, aunque, en realidad, nadie sabe cuál será el desenlance, ni siquiera lo conoce la KGB, el MI-6, la CIA o el G-2. En Cuba, ahora, todo puede suceder, todo entra en el inmenso campo de las probabilidades del bien y del mal, de salvar o ‘hundir la Isla’ (2) y no, precisamente, en el mar azul, sino en un charco rojo (color que se relaciona, cual macabra señal de convergencia, con la sangre y el comunismo).
La Situación
Raúl Castro y sus acompañantes ‘de siempre’ tienen ante sí otro mapa,
donde La Situación es nueva. Ahora no se trata de aquella cartografía
militar -–cuando Raúl sólo era el Ministro de las Fuerzas Armadas—,
donde concebían el Plan de Defensa ante un hipotético ataque de El
Enemigo. Ya no es el juego a esa guerra que nunca existió (3)...y a
Dios gracias que nunca se produjo la anunciada contienda.
De todas formas, mientras el Big Brother esté vivo, Raúl Castro no irá
mucho más lejos de lo que hasta ahora ha ido. No tiene aún la vía y
las manos libres. Pero cuando su hermano ya no esté, podría decidir si
seguirá en las mismas o si cambia radicalmente: tendrá que elegir
entre la continuidad dinástico-totalitaria o el establecimiento de la
democracia. Ésa es la disyuntiva. Y su gran oportunidad; suya, y de‘los de siempre’.
¿Qué más podría hacer, en ese ‘entonces’, que el simple levantamiento de prohibiciones? Pues trazar su propio plan sin miedo a que sobreél –ellos— caiga el implacable castigo del temerario y temido Comandante en Jefe. No podrá ser fusilado, como Ochoa o Laguardia, ni encarcelado por casi toda la vida, como Mario Chanes de Armas, porque ya nadie estará por encima de él: habrá ‘heredado’ realmente el Poder Político de la Nación.
A la vez y paradójicamente, ya no tendrá de escudo, ya no lo arropará, ante los cubanos y el mundo -–como hasta ahora—, la férrea y legendaria presencia de Fidel Castro (aunque ya no se ve). Cuando ese momento llegue, las verdaderas intenciones de Raúl Castro, junto a las ideas ocultas de cada uno de ’los de siempre’, emergerán.
Podría, como un primer y decisivo gesto, conceder la amnistía a todos
los presos de conciencia, solicitud a la que Fidel Castro siempre ha
respondido con su tajante, cruel, obsesivo: “mientras yo viva, estarán
en prisión” (4). Además, Raúl Castro podrá ordenar el cese de los
encarcelamientos y el acoso a los disidentes, permitir la legalización
de las organizaciones opositoras y anular las violentas Brigadas de
Respuesta Rápida, esa especie de pogromo creado por Fidel Castro para
arremeter contra todo ciudadano que discrepe. Estas medidas
preliminares facilitarían el inicio del diálogo o negociaciones, al
menos, con la disidencia interna y, quizás, con una buena parte -–si no
toda— del exilio cubano.
La amnistía, el reconocimiento de las organizaciones opositoras, el cese de toda acción represiva contra la disidencia, son gestos imprescindibles, ya que ‘los cambios’ o ‘el levantamiento de prohibiciones’ realizados hasta el presente, aunque coinciden con los reclamos hechos desde siempre por la disidencia (pese a que así no lo reconozca de forma explícita el Gobierno), aún no son suficientes para que la oposición y el exilio vayan expeditos a una mesa de negociaciones, en tanto que lo esencial queda aún pendiente.
Con los primeros gestos imprescindibles, se sentarían las bases para la celebración inmediata de elecciones libres, democráticas (con la participación de todos los cubanos que se hallan dentro y fuera de la Isla, y los observadores internacionales), cuyos resultados - –cualquiera que éstos sean— acatarían todos los ciudadanos. Así, Cuba podrá rehacer su vida.
Todo indica que también la disidencia, la oposición y el Exilio tienen ante sí una situación muy diferente a la enfrentada durante décadas. Un reto. ¿Quién quita la posibilidad de que el levantamiento de prohibiciones vaya más allá de los límites actuales, hasta propiciar el cambio, con el consecuente ascenso de la simpatía popular y diplomática? ¿Qué sucedería?
¿Qué ganarían Raúl y ‘los de siempre’ en caso de asumir el cambio? Pues que se convertirían, ante los cubanos y el mundo, ante la historia, en quienes fueron capaces de dar los primeros pasos del tránsito hacia la democracia en Cuba, en quienes situaron la nación por encima de las bondades del poder que disfrutaron durante medio siglo, en quienes decidieron, firmemente, sacar a la Cuba de hoy del atolladero político, de las calamidades, de las penurias y el atasco generalizados, una vez desaparecido el mayor de todos los obstáculos.
Pero, sobre todo, por encima de Raúl y ‘los de siempre’, del Exilio y de la disidencia, ganaría Cuba, esa isla que “abierta a mareas y ciclones, hinca en el mar raíz de pecho roto” (5).
La decisión
Ahora, ¿qué sucedería si la disidencia y el exilio no accedieran al
diálogo y a las negociaciones, una vez dados los primeros pasos
imprescindibles, decisivos, por parte de Raúl Castro?
En primer lugar, no creo en la posibilidad de tanta torpeza política por parte de la disidencia y del Exilio, porque sería excluirse a sí mismos y abandonar la Isla en manos de ‘los de siempre’, quién sabe por cuánto tiempo más. Y ya conocemos lo que esa prolongación absoluta del poder significa.
Es tiempo de cambio, de renovación, de renacimiento; también desde la disidencia y el Exilio, porque todo lo que se estanca, apesta, obstaculiza. Y, sobre todo, porque cualquier tipo de inmovilismo daña a Cuba, que ya sufre de un atascamiento terminal.
Por demás, se anotarían un rol histórico negativo porque perderían la magnífica oportunidad de proyectarse en una dimensión política de mayor influencia interna y mundial. No hay que olvidar, tampoco, que aún en los peores conflictos “sin salida” -–una vez dadas ciertas condiciones— siempre se recurre a la negociación, a pesar de las acciones hostiles y opuestas de los fundamentalistas: sólo hay que volver la mirada hacia el eterno atolladero palestino-israelí o hacia la antigua Europa socialista.
Y ¿qué sucedería si Raúl Castro no se decide por un auténtico cambio y se niegue al diálogo, a la negociación? No quiero pensar en las consecuencias de tan catastrófica decisión.
Una variante ha sido anunciada por Raúl Castro: la adopción de un “modelo chino” para la Isla. El hecho me recuerda la siguiente anécdota: “Un iluso Presidente de la etapa republicana afirmó que convertiría a Cuba en la Suiza del Caribe. De inmediato, alguien lo cuestionó: ¿Y dónde están los suizos, señor?”.
Y yo pregunto: ¿dónde están los chinos? Y recuerdo: también, se impuso el “modelo soviético”, pero tampoco dio resultado. Porque el sistema socialista no funciona y porque los cubanos no somos como los chinos, ni los rusos, ni los suizos. Nuestra idiosincrasia es otra y nuestro problema también es otro. Y no queremos más firmas de papeles en tratados de Derechos Humanos internacionales por parte del Gobierno de la Isla. Papeles, papeles son. Necesitamos, con suma urgencia, que en la práctica, en realidad, se respeten y se apliquen esos derechos en todo el territorio nacional y en esa extensión de Cuba que somos los cubanos dispersos por el mundo.
A pesar de tantos pesares, de no acometerse el cambio profundo, todo podría continuar igual, como hasta ahora, pero con la posibilidad de un estallido popular.Y esto es lo peor que puede sucedernos a los cubanos, sin distinciones.
Visto de un modo práctico y realista, frío, Raúl y ‘los de siempre’ no evitarían, con la adopción de ningún “tipo de modelo”, enfrentarse a la disyuntiva de emplear la violencia contra el pueblo cubano, ante posibles disturbios, porque -–bien lo saben— Cuba no aguanta más, pide a gritos el cambio. Es una necesidad apremiante.
‘Sacar los tanques’ a la calle, contra la gente, no es pura
imaginación: es una posibilidad real, utilizada históricamente por los
países comunistas, totalitarios, por todas las dictaduras de izquierda
o derecha.
Además del tremendo peligro que corra toda la población, el uso
extremo de la fuerza pondría también, en sumo riesgo, el pellejo de
Raúl Castro, de ‘los de siempre’ y de sus familiares, aunque estén en ‘las alturas’. Y resulta imprevisible hasta qué punto.
La ira popular podría desembocar en un alzamiento incontrolable. La delincuencia, que debido a la crisis interna ha experimentado un alarmante ascenso, campearía a su antojo. La disidencia, la oposición, los presos políticos, correrían el riesgo del exterminio inmediato. Ante el peligro de una masacre, estallaría otro éxodo masivo hacia los EEUU. Y así las cosas, Cuba no se libraría de una intervención norteamericana con todas las consecuencias que se derivan de cualquier contienda bélica.
Si éso sucede, el fantasma de Fidel Castro habrá vencido: los augurios fallidos que durante medio siglo hiciera respecto a El Enemigo imperialista, se cumplirán en su ausencia. El argumento sobre “el papel insustituible de la personalidad en la historia” volverá a serútil a los marxistas, porque El Comandante logró controlar el país, aún en las peores condiciones económicas, sociales y políticas. Y, detrás de él, sobrevino la debacle.
Pero no sólo continuará ‘vivo’ perturbando a los cubanos. Lo convertirán en un mito similar al del otro comandante, Ernesto Guevara. Tal como sucede con la imagen del Che -–de boina y pelo largo—, la famosa foto del Comandante en Jefe (de perfil y cuerpo entero, uniformado como siempre, con su mochila y su fusil a la espalda, en la cima de la Sierra Maestra) recorrerá Latinoamérica, el mundo, mostrando como “invicto, glorioso, invencible, victorioso” al Comandante en Jefe, antimperialista, socialista, comunista...
Mientras, los cubanos estaremos sufriendo la peor de todas las derrotas posibles de nuestra historia.
Epílogo de una batalla
Pero los cubanos, ¿queremos tal desastre para Cuba? No, no es posible.
En primer lugar, me niego a que ya no seamos como nos describen a los criollos esas hermosísimas estrofas: “Llevo en mi alma cubana, la alegría de vivir, soy cascabel, soy campana, yo no sé lo que es sufrir...” (6). (Aunque sí sabemos lo que es sufrir, mucho, ansío que el resto de la estrofa, siga intacto en nosotros, y del sufrimiento, que hayamos aprendido la lección dada para ser mejores humanamente).
En segundo lugar, nada ocurrirá de manera unilateral por lo entralazado de la situación en que nos encontramos. Una reacción en cadena para cualquiera de las variantes es posible.
Y si Raúl Castro fue capaz de lanzar la rama de olivo a los EEUU, estigmatizado como “el Enemigo Imperialista que nos odia y nos desprecia”, ¿por qué no podría lanzar la rama de olivo a los cubanos?
Y si la disidencia ha sido capaz de enfrentar tan grandes sacrificios
como persecusiones, encarcelamientos, agresiones físicas y verbales,
contra ellos, contra sus familias, ¿por qué no tender las manos a la
rama de olivo?
Y si el exilio ha derramado tantas lágrimas por sus víctimas, por la
ausencia de su tierra natal, por el despojo de sus derechos como
ciudadanos cubanos, ¿por qué no un sacrificio mayor en favor de Cuba?
Abandonar el monólogo y la sordera, asumir el cambio y el diálogo, no significa la rendición o la derrota de ningún modo y para ninguna de las partes o tendencias que integran el espectro político cubano. Todo lo contrario, constituye la victoria de quien único debe ganar: Cuba.
Ahora, ¿cuál camino elegirás tú, cubano, frente a la encrucijada?
Notas de la autora:
(1) S.S. Juan Pablo II, durante su visita a Cuba, en 1998.
(2) Crónica de la guerra que nunca existió, El Paraíso Castrado, I.G.
Rodiles.
(3) La zudera en la mirilla mundial, I. G. Rodiles, Cubanet, Mayo 3
del 2004.
(4) Isla, Dulce María Loynaz.
(5) “Preferimos hundir la Isla en el mar...” Palabras textuales
de Fidel
Castro en la década de los 90.
(6) Estrofas de la zarzuela de Gonzalo Roig, basada en la novela
original
de Cirilo Villaverde ‘Cecilia Valdés’.

No lo dude nadie. Los cubanos nos hallamos en el centro de una encrucijada sin par, nunca antes vista. Del camino que se elija, dependerá el desenlace -–feliz o trágico— para todos, estemos dentro de la Isla o dispersos por el mundo. Porque Cuba nos concierne por igual, nos duele o alegra, nos hiere o restaña, nos obliga y desafía. Sin exclusiones.
(Por supuesto, no me refiero a los bribones, canallas, usufructuarios de la situación cubana, que quieren seguir siéndolo a costa de la desgracia de la gente y del país).
Podría decir que estamos ‘frente a una bifurcación’, pero limitaría las soluciones a tan sólo dos rumbos. Y la rigidez, las barricadas, los empecinamientos han sido, durante casi medio siglo, y son, algunos de los peores enemigos de nosotros, los cubanos. Sin excepciones.
Nadie se considere libre de participar en el destino y los