



protagonismo descomunal en nuestras vidas. Primero, fue aquel intachable idealista, aún desconocido, con aspiraciones políticas, de quien algún familiar nuestro hablaba maravillas. El cuartelazo de Batista frustró su debut como representante a la Cámara por el Partido Ortodoxo, y propició las condiciones para legitimar la subversión armada.
A partir de un pequeño núcleo de fieles, agrupó a menos de un centenar y los condujo al asalto del Cuartel Moncada, en la ciudad de Santiago de Cuba. Como el Gobierno radicaba en La Habana, no hubiera sido posible derrocarlo con ese solo golpe. Casi dos años atrás, en agosto de 1951, a propósito de las honras fúnebres del senador Eduardo R. Chibás, ya él joven doctor le había propuesto al comentarista político José Pardo LLada, entonces de mayor jerarquía que él, marchar masivamente con el gran muerto hacia el Palacio Presidencial, para deponer al entonces presidente Carlos Prío. El popular Pardo Llada desestimó entonces la idea, dando por hecha la victoria de los Ortodoxos en las venideras elecciones de 1952.
El episodio del Moncada se resolvió en fracaso, pero lo proyectó a nivel nacional como el indiscutible líder de la lucha revolucionaria. El
correspondiente juicio le sirvió de escenario para pronunciar un discurso programático, que sirvió de arma política en manos de sus fervientes
seguidores, hombres y mujeres honestos, fanáticos de Eddy Chibás, que veían en Fidel Castro al discípulo elegido. Puesto que su maestro había
dejado muy en claro su anticomunismo, a nadie se le ocurrió que tras su nacionalismo democrático, se incubaba un dictador totalitario. Ni siquiera
los políticos de Moscú en Cuba pudieron imaginarlo, y hablaron entonces de “putchismo pequeño burgués”. Mucho menos lo sospecharon en el
5to piso del Departamento de Estado, en Washington, ni la revista Life en español.
Así, la Historia siguió su curso, como todos sufrimos. El soleado 8 de enero de 1959 lo vimos desfilar victorioso a lo largo de la calle 23, desde
el Malecón hasta el campamento militar de Columbia, cumpliendo así el magno sueño de Tony Guiteras, de Emilio Tró y del profesor García
Bárcenas. Lo cierto es que aquella noche no mintió en lo absoluto al decir que “a partir de ahora, todo será más difícil.” Yo tenía 12 años y lo
escuché por Televisión fascinado, como toda mi familia.
Comenzó entonces, para todos, un largo, desgarrador y doloroso camino. Para el propio Líder, también. Fue un proceso que lo llevó a
transformarse a sí mismo, de joven idealista a un ser casi sobrehumano, esclavo de su propio poder y de su descomunal imagen pública.
Se llevará consigo el recóndito secreto de sus dudas, de sus equivocaciones y, tal vez, de sus arrepentimientos. Personalmente, no puedo alegrarme de este desenlace biológico, porque no va a servirnos de nada al resto de los cubanos, perdidos como estamos en este caos, del que acaso él pudo habernos sacado, como conjeturó una vez el amigo Elizardo Sánchez, si superándose a sí mismo, hubiese sido capaz de deponerse. Por supuesto que deliramos, que exigimos demasiado de él, como hijos rebeldes suyos que irremediablemente somos. Comprendo perfectamente que los cubanos que han sido víctimas de sus despojos, de sus fusilamientos y demás atropellos, encontrarán mi criterio demasiado benévolo. No pretendo hablar en nombre de ellos, sino en el mío propio, como aquel niño que jugó a los rebeldes de la Sierra Maestra en el patio; como el adolescente que alguna vez lo aplaudió; como el hombre que desilusionado del inmenso poderío derrochado, disiente de él con amargura pero sin odio. La verdad es que todos vamos a extrañarlo. rhur46@yahoo.com
Rogelio Fabio Hurtado, Marianao, La Habana, enero 20, Primavera Digital -- Acaso estemos viviendo en las vísperas de un suceso sin precedentes: la desaparición física del Supremo. Las inusualmente dramáticas primeras planas del diario Granma de los días 29 y 30 del pasado mes de diciembre, me hacen pensar que esta vez el río suena sonando porque piedras trae.
El poeta Evgueni Evstuchenko, en su “Autobiografía Precoz”, afirma que el día siguiente de la muerte de Stalin fue una jornada muy difícil para los soviéticos, porque ya no tenían quién pensase por ellos. Estoy seguro que a los cubanos nos ocurrirá algo muy parecido.
A lo largo de más de 50 años, el Supremo ha desempeñado un