

Mi querida Ofelia, nuestra amiga Claire, nos invitó a pasar un fin de semana en su castillo, el RiveSarthe, en unión de un grupo de amigos.
Fue algo extraordinario, no sólo por la belleza del castillo y de su gran parque poblado de magníficos cedros, manzanos y perales, a orillas del río La Sarthe, sino también por la calurosa acogida de Claire y Ken.
El castillo señorial fue construido en el 1906 para un Barón y su familia, utilizando materiales nobles: mármol, granito, maderas preciosas, bronce, etc. Sus salones, puertas, escaleras, pasillos, chimeneas, cocinas y amplias habitaciones, muestran el buen gusto del señor Barón. Como durante la II Guerra Mundial, el aristócrata colaboró con los nazis, al ser liberado el país, sus propiedades le fueron confiscadas y pasaron a formar parte del patrimonio del Estado. Desde hace medio siglo, el castillo y Le


Petit Village (El Pueblecito), formado por varias casas aledañas del otro lado del bosquecillo de cedros, sirvieron como centro de descanso y de vacaciones para familias de funcionarios de los ferrocarriles galos.
La condesa Claire d'Orgeix, es una mujer refinada, cultísima, catedrática de inglés, que posee una belleza intemporal. Hace unos años, se fue de vacaciones a los U.S.A., exactamente a la ciudad de Atlanta y allí, su corazón fue desgarrado por un flechazo de Cupido. Pero no sólo el de ella, sino también el de Ken, un gigante rubio americano. Sus miradas se cruzaron y la Vieja Europa, se unió fructuosamente al Nuevo Mundo de nuevo.
Claire renunció a su cátedra de inglés, a su elegante apartamento parisino, dejó todo atrás y se lanzó a conquistar a Ken y a América con su elegancia clásica y su indiscutible savoir faire français.
El año pasado Ken y Claire decidieron comprar algo bello en Francia, que les permitiera mantenerse activos. Encontraron que el Castillo de RiveSarthe estaba en venta y vinieron a visitarlo. Ambos quedaron enamorados inmediatamente del mismo. Se instalaron en él y una verdadera armada de obreros especializados, limpió, reparó, restauró y modernizó (respetando el estilo de inicios del siglo pasado), no sólo el castillo, sino también Le Petit Village. Ken se compró un tractor y con un sombrero de cow-boy en la cabeza, corta el césped del parque que separa el castillo del río.
Mi esposa y yo fuimos en coche con una vizcondesa y su esposo, viejos amigos de Claire. Resultó que la finca de ellos en el centro de Francia, está muy cerca de la casa de mi hijo.
En el grupo de invitados se encontraba una señora llamada Catherine Kieffer, de un refinanamiento exquisito, pero que al mismo tiempo hacía gala de un gran sentido del humor.
Otra pareja estaba compuesta por un astrónomo y su esposa. Habíamos terminado de cenar y después del cognac y los habanos en el gran salón de la chimenea espectacular y los tapices gobelinos, la señora le dijo: “mi querido Charles, recuerda que debes montar el telescopio para mostrar las estrellas a nuestros queridos amigos”. Eran más de las doce de la noche y yo estaba pensando que ya era hora de ir a la cama. Pero dispuesto a sacrificarme por las estrellas, salí al parque y “desgraciadamente” el cielo se nubló.
Todos nos despedimos de las señoras acercando los labios a sus manos -pero sin besarlas- y dándole la mano a los señores, como exigen las reglas galas de savoir vivre .
Para llegar a nuestra habitación, recorrimos los largos pasillos después de subir por la impresionante escalera de mármol decorada con esculturas. Imaginé al barón con sus amigos nazis recorriendo aquellos lugares. Unos minutos más tarde escuché una voz que pedía ayuda, pensé que a lo mejor sería uno de esos fantasmas clásicos de los castillos, pero mi decepción fue grande, se trataba del esposo de la vizcondesa que se había quedado trabado en el w.c. y no lograba salir.
Claire y Ken decidieron alquilar las habitaciones del castillo a los turistas de paso (bed & breakfast) y las casas de Le Petit Village a familias. En cada casa pueden ser hospedadas hasta 12 personas cómodamente para los períodos de vacaciones. También han tenido a grupos de estudiantes que reciben de Claire clases de inglés en una casa preparada al efecto. De esa forma hay siempre animación.
El domingo almorzamos bajo uno de los bellos cedros del Líbano, entre la piscina y el río. De pronto me percaté de que en la fachada del castillo había un medallón, al centro del cual una escultura en alto relieve representaba el busto de Henri IV. Tenía la impresión de que el rey me miraba preguntándose qué hacía allí aquella pareja de cubanos entre tantos nobles europeos. ¡Vivir para ver!
Un poco más tarde llegaron tres parejas de americanos que se hospedaban en el castillo y desde allí cada día salían a recorrer esa región, donde hay tantos lugares interesantes: conventos, iglesias, pueblos medievales, etc. Nosotros nos fuimos a ver el mercado de cerámicas regionales, en el vecino pueblo de Malicorne.
Regresamos a París con la Vizcondesa y su esposo, después de haber pasado un excelente fin de semana y haber conocido otro pedacito de Francia. Dos horas y medias después estábamos en casa.
Se me quedó en la mente la divisa que adoptaron Claire y Ken para su castillo : «A house is not a home without the warmth of smiles and laughter. »
¡Cómo te hubiera gustado ese lugar! Te envío algunas fotos junto a la presente.
Un gran abrazo desde esta encantadora Vieja Europa,
* Félix José Hernández, exiliado cubano reside en Francia. Es profesor de Civilización de América Latina en la Université de Marne-la-Vallée y redactor de Les Cahiers d'Histoire Sociale.
