

París, 25 de septiembre -- Mi querida Ofelia, el día 14 de septiembre recibí el sobre con las tres fotos. ¡Qué bello regalo me has hecho! Las conocía muy bien. En la que aparecen mis padres, fue tomada al día siguiente de su boda en Camajuaní el 27 de diciembre de 1940. Esa foto estuvo siempre en la sala de mi modesta casa. Mi padre tenía 23 años y mi madre 22. Las otras dos fotos de mi padre, le fueron dedicadas por él a la que sería la mujer de su vida, unos meses antes de contraer nupcias. Ambas estaban en portarretratos en el cuarto de ellos, sobre la cómoda, en unión de varias más. Cuantos recuerdos han venido a mi mente gracias a esas fotos.


Dos años después, mi padre en persona trasladó sus restos hasta el Cementerio de Camajuaní, allá en las inquietas Villas. También “lo viví” casi en directo gracias al teléfono.
No sé como pueden hacer los ateos, pues a mí sólo la Fé y la oración ante la Virgen y Cristo, me trajo serenidad.
A la entrada de las murallas la bella ciudad croata de Dubrovnik, en el Mar Adriático, vi esculpida en la piedra su divisa: “Non bene pro toto libertas venditur auro”(La Libertad no se vende ni por todo el oro del mundo). Creo que es una gran verdad, pero a veces me parece que los que hemos escogido la Libertad, nunca terminaremos de pagar el precio por ella.
Mi padre fue llamado por Dios el 27 de julio de 2004. Su nueva esposa no le avisó a nadie. Sólo tres personas asistieron a su entierro. Mi hermano, que vive con su familia en Italia, se enteró por casualidad y me lo hizo saber. Fue sepultado en una de esas tumbas anónimas colectivas color ratón por la “compañera” esposa, ex militar de las heroicas Fuerzas Armadas Revolucionarias. En la sepultura colectiva número 8 de la fila ll.
Mi dolor fue tremendo. Un hombre que hizo tanto bien en su vida. Ni siquiera sus sobrinos de Santa Clara o Miami lo supieron, ni mi hermana de crianza que vive en Cuba. ¡Nadie!
Durante estos dos años he vivido con la preocupación que cuando exhumaran sus restos en el Cementerio de Colón, esa «compañera» decidiera no reclamarlos y que los tiraran a la fosa común, allí donde los brujeros van a servirse como si fuera un supermercado gratuito, para hacer sus brujerías y preparar sus maleficios con los huesos de los difuntos.
Por suerte, gracias a mis primos Alberto y Néstor, se pudieron recuperar y llevar en forma rocambolesca hasta Camajuaní, primero en coche, después en autocar y hasta el cementerio en bicicleta. Lo enterraron mis dos primas, María y Aurelita. Esta última lo quería como si fuera su padre. Eso ocurrió el 14 de septiembre, el mismo día que llegó el sobre con tus tres fotos.

Aurelita pidió al sepulturero que pusiera las cajas con los restos de mis padres bien juntas una a otra, antes de cubrirlas con la tierra.
Lo que me recordó el final de la canción de aquella gran trovadora que fue María Teresa Vera (1895-1965) y que a mi padre gustaba tanto: “Boda Negra”.
A continuación te reproduzco algo que escribió el genial argentino Jorge Luis Borges. Me lo envió mi amiga Marta desde New York:
“Sólo con el tiempo"
"Después de un tiempo uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar el alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y que una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender...
Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes... y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.
Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado... hasta el sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar que alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno es realmente fuerte, que uno realmente igual vale, y uno aprende y aprende... y con cada día uno aprende.
Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.
Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos y sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas.
Con el tiempo te das cuenta de que si estás al lado de esa persona sólo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.
Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos, tarde o temprano se verá rodeado de amistades falsas.
Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste durante toda la vida.
Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes.
Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy probablemente la amistad jamás volverá a ser igual.
Con el tiempo te darás cuenta que aunque seas feliz con tus amigos, algún día llorarás por aquellos que dejaste ir.
Con el tiempo te darás cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible.
Con el tiempo te darás cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones y desprecios multiplicados al cuadrado.
Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el terreno del mañana es demasiado incierto para hacer planes.
Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sean como esperabas.
Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.
Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado.
Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo,... ante una tumba, ya no tiene ningún sentido.
Pero desafortunadamente, sólo con el tiempo...”
Y yo, mi querida Ofelia, después de haber salido de Cuba, le dije a mi madre todo lo que la amaba, le supliqué que perdonara mis majaderías y torpezas. Incluso en un casette de una hora de duración, en un largo monólogo le confesé como la extrañaba y todas mis nostalgias.
Sin embargo no le dije nunca a mi padre que le quise, nunca le pedí perdón por mis faltas, ni le hice saber como lo necesitaba. Desgraciadamente, como escribió el gran Borges, si un día puedo ir a inclinarme ante la modesta tumba de ese cementerio perdido en un valle de la exPerla de las Antillas, ya no tendrá sentido pedirle perdón.
Mi Cuba me duele, cada día más. Ayer por la mañana vi un excelente reportaje sobre Los Zafiros en el sitio internet puertorriqueño www.contactocuba.com. Volví a ver mi calle Soledad y el Parque Trillo por donde tantas veces pasé con mi padre y adonde él llevaba a mi hijo a jugar.
Por la tarde la TV gala pasó un reportaje sobre las Damas de Blanco. Las vi desfilar dignamente con gladiolos en las manos desde la esquina de la calle Neptuno y Hospital hasta Infanta y bajar hasta el Malecón. Un hombre en bicicleta las insultaba, otro gritaba eslóganes a la gloria de Castro y de su régimen, un viejo las amenazaba. Pero un señor se acercó a una de ellas, tomó un gladiolo y le dijo: ¡Qué Dios te bendiga!
No quiero continuar a contarte mis añoranzas, en esta tarde de llovizna otoñal parisina, pero deseo terminar reproduciéndote dos estrofas escritas por el gran José María Heredia, el que escribió el Himno del Desterrado (1825). Nació en Santiago de Cuba y murió en la pobreza y el desamparo del exilio con sólo 35 años, el 7 de mayo de 1839.
“Cuba, Cuba, que vida me diste,
dulce tierra de luz y hermosura,
¡cuanto sueño de gloria y ventura
tengo unido a tu suelo feliz!
(...)
¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran,
en su grado más alto y profundo,
la belleza del físico mundo,
los horrores del mundo moral.”
Como habrás constatado, la actualidad de ese bello poema es asombrosa.
Te quiere siempre,
* Félix José Hernández, exiliado cubano reside en Francia. Es profesor de Civilización de América Latina en la Université de Marne-la-Vallée y redactor de Les Cahiers d'Histoire Sociale.

Mi madre falleció en San Cristóbal de La Habana el 22 de abril de 1988, después de varios días en estado de gravedad. Pero estuvo rodeada de seres queridos hasta el último suspiro. Yo desde este lado del océano, tuve que imaginar cómo fue el entierro, cómo fue el recorrido desde la Funeraria Bernardo García de Zanja y Belascoaín hasta el Cementerio de Colón. Mi padre y mi hermano me lo explicaron por teléfono y después en largas cartas. Muchos amigos y familiares asistieron a sus exequias.