



“Dictionnaire amoureux de l'Amérique Latine” de
MARIO VARGAS LLOSA
Por Félix J. Hernández, París, 28 de enero
Conocí a Mario Vargas Llosa el 10 de octubre de 1991, en La Sala Colbert del Palacio Borbón, sede de la Asamblea Nacional Francesa (equivalente a la Cámara de Representantes), donde se desarrollaba una conferencia sobre la realidad cubana en aquella fecha patria cubana. El célebre escritor peruano defendió brillantemente al pueblo cubano y a sus derechos frente a la dictadura castrista.
Siempre he sido un admirador de Vargas Llosa y su fiel lector. Tengo que confesar que entre sus obras, las que más me han agradado son “La ciudad y los perros” y “La fiesta del Chivo”. Esta última me condujo a visitar La Toma -–la finca de Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana--, y muchos lugares más que el escritor menciona en su libro, incluso su sepultura en el parisino cementerio de Pére Lachaise.
“Sin el periodismo, no hubiera escrito por lo menos la mitad de mis novelas”, declaró el escritor peruano recientemente en París.

A continuación transcribo la entrevista que concedió Vargas Llosa a la AFP recientemente aquí en la Ciudad Luz:
-¿Por qué publicar ahora, junto a los actuales, textos de hace casi 50 años, algunos de los cuales no reflejan sus opiniones de hoy?
Se trata de una visión de América Latina no fija, sino en movimiento. Una América Latina que ha ido evolucionando a lo largo de 50 años, como yo también he evolucionado. Con este libro he querido mostrarme en perspectiva.
No he corregido opiniones que ya no tengo. He dejado que aparezcan en el libro todas esas contradicciones, porque creo que es así un testimonio mucho más auténtico, que si hubiera procurado homologar todos mis puntos de vista con los que son ahora. Por eso he puesto las fechas de los textos y entonces el lector puede seguir, al mismo tiempo que la evolución de América Latina, mi propia evolución.
El libro incluye, por ejemplo, un artículo sobre el viaje que hice a Paraguay en los años 60 con Augusto Roa Bastos, quien regresaba a su país después de muchos años de exilio. Es un Paraguay que hoy ha desaparecido. Pero entonces, para mí, fue muy emocionante ver ese encuentro de Roa con su tierra, con su gente, con su paisaje, con su lengua.
-En el libro se muestra la evolución de Vargas Llosa, quien ha cambiado de pensamiento político. ¿Cómo se refleja esa evolución respecto de la literatura?
En literatura, mi pensamiento ha cambiado en algunas cosas. Antes yo tenía una posición mucho más optimista respecto del compromiso literario, es decir, a la función social de la literatura. En los años 60, e incluso antes, a fines de los 50, muchos creíamos, siguiendo un poco el pensamiento de (Jean Paul) Sartre, que la literatura, además de cumplir una función artística, estética, podía cumplir una función cívica, social, moral. Y luego ese entusiasmo fue decayendo considerablemente, y la idea de la literatura que tengo hoy no es exactamente la misma, no porque crea que la literatura es gratuita. Creo que la literatura tiene una gran influencia sobre la vida, pero no creo que sea una influencia que uno pueda planificar, como se llegó a creer en los años 50 y 60.
Creo que la literatura opera de una manera más permanente que sobre el campo puramente político, que las influencias que deja son más indirectas, más a largo plazo, y que influye siempre de manera individual, a través de lectores individuales. Creo que la literatura no puede ser utilizada como un elemento político de efecto inmediato. En esto, tengo ahora una opinión distinta y mucho más abierta que en los años 50, cuando nos parecía que hacer una literatura puramente de imaginación, de fantasía era algo inmoral. Hoy día no creo ese disparate, ni muchísimo menos.
-¿Y sus cambios de pensamiento político han influido en sus propias novelas?
Es un tipo de análisis que puede hacer mejor el lector o el crítico que yo mismo. Uno está demasiado envuelto en lo que hace para tener esa distancia de análisis. Pero yo creo que hay algo que es permanente en mi obra, aunque yo he cambiado mucho en mi manera de pensar: creo que mi actitud ha sido siempre muy crítica respecto de la realidad presente, en mi país, en América Latinna, en el mundo en que vivimos. Creo que mi literatura es un testimonio crítico de la realidad y creo que en eso hay una continuidad en mis novelas.
-Usted dijo alguna vez que en una novela un escritor desnuda siempre algo de sí mismo. ¿Sigue pensando que su vida se refleja en sus novelas?
Sí. La gran mayoría, y acaso la totalidad de los escritores, utilizan siempre experiencias vívidas como materia prima para lo que escriben. Creo que la imaginación trabaja con ciertas imágenes que están preservadas en la memoria, no creo que la imaginación trabaje en el vacío y que sea puramente invención. En una novela, al principio hay esas experiencias desnudas que la memoria ha conservado y que luego se van vistiendo con la imaginación, enriqueciendo con añadidos de la fantasía. Pero en el fondo de toda novela hay siempre, desnuda, una experiencia personal.
-En “El hablador” usted mostraba un personaje que, al querer transmitir la tradición de los indios, termina hablando de la suya propia, de Kafka o de la Biblia. ¿El escritor es necesariamente un vehículo de su propia tradición cultural?
Hay una doble función. Por un lado es imposible que un escritor se libere de su tradición, de su medio, de su circunstancia histórica. Y por otro hay la influencia estrictamente personal de lo que aporta el propio escritor, de su imaginación, de su fantasía, de su talento en el manejo de la lengua o en la creación de formas. Pero ambas cosas van unidas. Un escritor no es solamente un vocero de una tradición, el factor personal es esencial; pero al mismo tiempo, en torno al escritor, a todo un mundo, una tradición, de la que no puede separarse.
-¿Cuál será su próxima novela?