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colecciones reales. Siguiendo un itinerario que dis­curre por la formación y progresivo enriquecimiento de la colección real española, el visitante se acerca al gusto y circunstancias históricas de cada monarca.
El pequeño bronce surgió en Italia durante los primeros años del Renacimiento, como objeto precioso de colección de las cámaras de las maravillas y gabinetes de príncipes y aristócratas. Se trata de esculturas vaciadas por el método de la "cera perdida" y modeladas con una perfección técnica que llegó a superar a la de los antiguos. Sus inicios coincidieron con el afán coleccionista de antigüedades o antiguallas, como aparecen denominados en los inventarios.

La facilidad de reproducción, frente a la dificultad que entrañaba conseguir piezas antiguas, contribuyó de forma decisiva al éxito de este coleccionismo.

Artistas procedentes de todas las cortes europeas acudían a Roma con objeto de aprender de las antigüedades clásicas que se encontraban por toda la ciudad. Las dibujaban o modelaban pequeños bocetos en cera o arcilla, y se hicieron series de grabados que difundieron los modelos con rapidez.

A finales del siglo XV, Pier Jacopo Alari Bonacolsi (Antico) fue enviado por los Gonzaga a la Ciudad Eterna para hacer copias reducidas de las estatuas más famosas. Antico desarrolló toda su carrera en Mantua y revolucionó el mundo de la pequeña escultura al idear una técnica que permitiera vaciar más de una estatuilla de un mismo modelo. Casi al mismo tiempo, en Padua, Andrea Brioscio (Riccio), con un método y estilo diferentes, creó modelos originales muy apreciados en su momento e imitados a lo largo del tiempo por la gran demanda que existía entre los coleccionistas. Por su parte, Severo Calzetta, en Ravena, se especializó en un tipo de seres fantásticos que supo desarrollar con gran personalidad.

Venecia, centro de gran tradición en la producción de bronces, contribuyó al desarrollo de esta faceta artística con broncistas tan fascinantes como Vittore Gambello (Camelio), que supo transmitir la belleza del arte clásico, y con Jacopo Tatti Sansovino y sus ayudantes, que junto a figuras religiosas y profanas, crearon objetos de uso cotidiano de excelente factura y calidad como escribanías, tinteros, cajas de arena, cofres, aldabas o morrillos.

Junto a todos estos artistas se destacó de manera excepcional Giambologna, primer escultor de los duques de Toscana. Durante su estancia en Roma había conocido bien las esculturas clásicas, que le habían impactado fuertemente, y había tenido acceso a la obra de Miguel Ángel, por el que profesó gran admiración. Partiendo de estas dos grandes influencias creó su propio estilo y desarrolló una extensa e intensa actividad que abarca temas de la mitología clásica, alegorías, retratos, escenas religiosas del Antiguo y Nuevo Testamento y figuras de animales.

La gran actividad de su taller y su permanencia en el tiempo (se mantuvo activo desde mediados del siglo XVI hasta principios del XVIII), permitió la formación de importantes escultores como Pietro Tacca (su sucesor),
Antonio Susini (su primer ayudante), Pietro Francavilla, Hubert Gerhard y Adriaen de Vries, que difundieron su estilo fuera de Italia. Durante el siglo XVII, Giovanni Francesco Susini, Ferdinando Tacca, Massimiliano Soldani y Giovan Battista Foggini desarrollaron obras que, partiendo de modelos de Giambologna, dieron paso al Barroco fiorentino.

Los primeros bronces que se presentan en esta bella exposición llegaron a España durante los reinados de Carlos V y Felipe II, como obsequio diplomático de los Medici, quienes, al convertir a Giambologna en escultor de corte, supieron dar el impulso definitivo a esta manifestación artística.

Durante el reinado de Felipe III llegaron otras valiosas esculturas, no sólo procedentes de Italia, sino también de Flandes, hasta donde se había extendido esta corriente gracias al obligado viaje que hacían los artistas a Italia. Cuando Velázquez fue a Roma, enviado por Felipe IV con el encargo de adquirir obras para decorar las nuevas salas del Alcázar de Madrid, la ciudad concentraba toda la actividad artística del momento. Sin embargo, a fines del siglo XVII la hegemonía pasó a Francia, por lo que, a partir del reinado de Felipe V, comenzaron a llegar pequeños bronces procedentes de la corte francesa, algunos con el legado del Gran Delfín, y otros adquiridos por el monarca y su esposa Isabel de Farnesio.

Carlos III no trasladó a España piezas procedentes de las excavaciones de Herculano y Pompeya, aunque sí quedó reflejada en la colección de su estancia en tierras italianas. Pero el conjunto más numeroso, alrededor de 90 piezas, se debe a la adquisición de Carlos IV en 1803 de la colección formada por el conde de Paroy en París.

La colección es muy rica y variada y permite seguir la evolución del pequeño bronce. Junto a retratos ecuestres de la dinastía borbónica, incluye bronces franceses de la gran estatuaria realizada en torne a Luis
XIV y a los jardines de Versalles y Marly; copias de los antiguos; una valiosa representación de los trabajos de Giambologna y sus sucesores Antonio Susini, Pietro Tacca, y obras de escultores de la escuela florentina del Barroco tardío. La exposición pretende y logra mostrar el ambiente erudito y lúdico en el que se produjeron estas pequeñas obras maestras y que el visitante comparta el placer que proporcionaban a sus propietarios. Sé que te hubiera gustado tanto recorrer el Palacio Real de Madrid y las salas dedicadas a los pesebres quiteños y la colección de bronces. Cuando los cubanos puedan viajar libremente podrán ver lo que ellos deseen y no sólo lo que la “cultura” oficial les impone.Te recuerdo siempre con inmenso cariño, Félix José

Félix J. Hernández, París, enero 27

Recordada Ofelia, después de recorrer el Palacio Real de Madrid, visitamos las dos exposiciones temporales, primero la de los pesebres de Quito (Belenes Quiteños) y después la de las colecciones reales de esculturas de bronce, (Brillos en Bronce. Colecciones de reyes). Ambas están a la altura del prestigio de ese gran sitio de la realeza española.

«Ha hecho también Giambologna otros trabajos pequeños en bronce para el Rey de España y otros grandes señores, todos maravillosos, y goza este hombre ahora de un prestigio que no se puede estimar mayor, coma he dicho. Añade que no son posibles las estatuas pequeñas de mármol, pues corren peligro de romperse, aunque no sea más que al llevarlas o transportarlas de un sitio a otro, o ante cualquier mínimo desastre o accidente, y no puede el hombre garantizar hacer caprichos fuera de lo ordinario, como aél le gustaría para que fueran sus casas diferentes de las de los demás, y también porque necesitan muchísimo tempo". (Carta de Simone Fortuna al duque de Urbino. Florencia, 27 de octubre de 1581).
La exposición "Brillos en bronce. Colecciones de reyes" reúne una
selección de piezas significativas que formaron parte de las

Brillos en Bronce. Colecciones de reyes