PORTADA
CONDICIONES DE USO
CONTACTOS

coincidió con el nacimiento y desarrollo del impresionismo, pero se negó a exponer en la primera muestra del grupo y no llegó nunca a participar en este movimiento como miembro activo, aún compartiendo con ellos muchas de sus aspiraciones estéticas.

Quizás por todo ello, la obra de Fantin-Latour ha sido menos estudiada y celebrada que la de sus colegas impresionistas y apenas se le han dedicado grandes exposiciones en las últimas décadas.

Esta retrospectiva, la primera que se exhibe en la Península Ibérica, busca reivindicar y difundir la figura y la obra de este autor francés, cuya producción artística ha podido quedar injustamente eclipsada y no ha logrado pasar a la historia del arte como uno de los grandes pioneros de la modernidad. Su ilustre contemporáneo, el escritor Émile Zola, dijo que sus
lienzos “no provocan una atracción inmediata; es necesario observarlos detenidamente, introducirse en ellos para que su conciencia y la sencillez de su verdad nos atraigan completamente y nos atrapen”.

Éste es el objetivo de la exposición, tratar de hacerle justicia y descubrir al público no sólo a un pintor exquisito, sobrio y elegante, sino también a un artista de gran calidad, lleno de matices y de una profunda sensibilidad. A ello responde igualmente la ambiciosa selección de obras realizada por Vincent Pomarède, conservador del Museo del Louvre y comisario de la exposición, que se presentan con un doble criterio cronológico y temático a lo largo de diez capítulos:

Retrato de Fantin (1867). Manchester, City Art Gallery.

Los autorretratos ocupan, sobre todo, los primeros años de la actividad de Fantin-Latour, constituyendo una práctica constante entre 1854 y 1861. Este ejercicio introspectivo, que recuerda a otros artistas como Rembrandt o Durero, dio lugar a unas 50 obras, entre pinturas, dibujos y grabados, que muestran la profunda investigación sobre la expresión de emociones que realizó el artista a partir de su propia imagen.

Se trata de una actividad casi diaria que ya dejaba entrever la futurareducción de los temas pictóricos que elegiría tratar, así como su deseo de soledad y la búsqueda de tiempo dedicado a la reflexión y el estudio. “¡Ah, qué hermosa es la naturaleza! Regreso del Louvre, ceno y, desde las 5 hasta las 8 de la tarde, me pongo delante de miespejo y, a solas con la naturaleza, nos decimos cosas mil veces más valiosas que lo que pueda decir la más encantadora de las mujeres.¡Oh, el arte!”, le escribía a su amigo Whistler en 1859.



Pero esta pasión casi obsesiva por representarse a sí mismo podría explicarse también con motivaciones más pragmáticas, como las ventajas que le ofrecía el género:“un modelo siempre dispuesto”, “que es exacto, sumiso y se le conoce antes de pintarlo”, como afirmaba el propio Fantin. Todavía más disponible y flexible que un modelo profesional, su propia fisonomía le parecía más adaptada a la libertad que buscaba en su trabajo.

La actividad de Fantin-Latour como copista estuvo motivada no sólo por una necesidad económica durante muchos años, sino que, como le ocurrió a otros pintores de su generación como Manet o Degas, también se reveló como un motivo preferencial de estudio, de interpretación y de creación que continuó más allá de su formación y los inicios de su carrera.

La presencia del artista llegó a ser casi cotidiana en el Louvre durante más de 20 años, donde ejecutó encargos de copias de grandes maestros, entre los que destacan Tiziano, Veronés, Rubens y Delacroix, su “maestro espiritual”. La influencia de estos artistas se ve reflejada en su concepción del arte del retrato, con el que hace referencia constantemente a numerosos modelos holandeses y franceses, así como en sus naturalezas muertas, en las que ha sintetizado todos los ejemplos conocidos de pinturas de flores de los siglos XVI y XVII.

Dentro de su círculo íntimo, sus hermanas Nathalie y Marie fueron dos de sus modelos más frecuentes. Estos modelos familiares tan cercanos y tranquilos, eran los temas perfectos para Fantin. No pedían ni exigían nada, eran la naturaleza que el artista deseaba plasmar lo más fielmente posible, y el resultado puede llevar a pensar que lo único que pretendía era profundizar en el ejercicio de introspección realizado en sus autorretratos.

Después fue ampliando el círculo y en 1867 firmó el magnífico retrato de su amigo Manet, al que retrató con la sobriedad que le es característica cuando no está sujeto a los imperativos impuestos por las obras de encargo. Sus hermanas, amigos y las personas a las que admiraba recibían toda su atención y era capaz de consagrarse a ellos sin reservas pero, cuando se alejaba del círculo másíntimo, cuando tenía que enfrentarse por encargo a desconocidos, perdía todo el interés y su ejercicio de análisis, formal y psicológico, desaparecía. Esta fisura tan marcada entre su trabajo en la esfera privada y en la pública es prácticamente única en la historia del arte y mucho más sorprendente tratándose de un artista cuya reputación se basa, en gran medida, en su genio como retratista.

La representación de flores es un motivo que acompaña toda la obra de Fantin-Latour y podría decirse que es el género que mejor dominó. Especialmente aplaudido en Inglaterra, se caracteriza por la elaboración de composiciones equilibradas, elegantes y disciplinadas, construidas a través de una meticulosa asociación de formas y de colores. Las primeras naturalezas muertas las realiza en 1861 para Francis Seymour Haden durante una estancia en Inglaterra. La buena publicidad que este grabador hizo de ellas entre la sociedad inglesa es en buena parte responsable del éxito de Fantin-Latour en el país vecino. En Francia, sin embargo, estos lienzos son ignorados e incluso despreciados simplemente por su temática y porque todo éxito comercial era sinónimo de mediocridad para los autores y críticos franceses de la época. Para ellos no quedan más que las grandes composiciones de los homenajes, los retratos de grupos, las figuras aisladas y las composiciones musicales, pero nada o casi nada de las flores.

 

 

 

Los principales temas propuestos por Fantin-Latour en estos cuadros, que son la lectura y el estudio, son unos asuntos que favorecen en gran medida la descripción pictórica de la concentración, del pensamiento y del silencio. Son retratos íntimos, que transmiten misterio y complicidad y que se convierten en verdaderas escenas de género herederas de la austera tradición holandesa del Seiscientos.

Son obras formalmente realistas, casi fotográficas, pero detrás de su aparente orden, esconden un inesperado desorden representado en la actitud de sus protagonistas, absortos y ensimismados, que parecen ocultar un misterio. En palabras del escritor Anatole France, estas escenas “emanaban una dulce seriedad, bañados por una luz serena” y continuaba diciendo que las “figuras viven en ellos una vida al mismo tiempo familiar y sublime”.

.

 

La lectura, 1870. Museu Calouste
Gulbenkian, Lisboa.



.

Fantin-Latour fue autor de algunos de los más notables retratos colectivos de la historia de la pintura, retomando, a finales del siglo XIX, la línea iniciada por Rembrandt o Frans Hals. Buena muestra de ello es el gran lienzo Un rincón de mesa, cedido por el Musée d’Orsay de París y una de las cuatro grandes composiciones realizadas por el pintor como celebración de la pintura, la literatura y la música, y que son verdaderos manifiestos artísticos. Después de haber alabado en dos ocasiones el arte pictórico, Fantin-Latour sintió que también debía homenajear a la literatura. Estaba tan entusiasmado con el proyecto que llegó a declarar: “Pinto para mí mismo”. El personaje central iba a ser Baudelaire, pero una disputa en el mundo literario parisino le hizo cambiar completamente el concepto, que derivó en un homenaje a los poetas de la nouvelle vague, con Verlaine y Rimbaud como figuras
Un rincón de mesa, 1872. París, Musée d’Orsay


 

centrales. Cada uno de estos retratos colectivos parece haber sido concebido para valorar unacorriente de pensamiento y describir las relaciones existentes en un grupo de creadores que la comparten. Con el tiempo, Un rincón de mesa acabó convirtiéndose en un icono incuestionable de la historia de la literatura francesa del siglo XIX.

Henri Fantin-Latour amaba la música casi tanto como la pintura. Lejos de suponer una competencia castradora, esta pasión enriqueció constantemente sus fuentes de inspiración pictórica, estableciendo una íntima relación entre ambas artes, imbuida aún de sentimientos románticos pero que ya anunciaba sus convicciones simbólicas. Estas “adaptaciones” musicales en pintura constituían el único tema pictórico susceptible de hacerle abandonar temporalmente los temas realistas para dedicarse a la creación de universos imaginarios, poéticos y totalmente originales. Schumann, Brahms, Berlioz y, sobre todo, Richard Wagner alimentaron esa inspiración.

En 1864 presentó en el Salón de París Escena de Tannhäuser (Venusberg), su primera variación pictórica basada en una fuente musical. El pintor demostraba haber encontrado el tema y el universo poético que le permitían alcanzar el objetivo que se había fijado: concebir la “pintura del futuro”. Para ello se inspiró intencionadamente en Wagner, que había querido engendrar “la música del futuro”.

 

Si durante las dos primeras décadas de su carrera Fantin-Latour estudió su propia imagen y la de sus más allegados, los retratos de las décadas siguientes muestran una nueva perspectiva más distante y de mayor maestría. En esta nueva etapa se encuentran los lienzos que reflejan a personajes de su círculo de amigos, entre los que se hallan los más conseguidos, aquéllos en los que mejor sobresale su incomparable calidad de figuración realista. El Retrato de Mr. y Mrs. Edwards (1875), gran difusor de su obra en Inglaterra, fue el primero en recibir públicos elogios durante su presentación en el Salón de París de 1875 y, junto a otros retratos de la década de 1880, como el de su cuñada Charlotte Dubourg y su amigo Léon Maître, se cuenta entre sus obras maestras. El secreto está, como ya se ha dicho antes, en que no se trata de encargos y no tiene que responder ante ninguna voluntad ajena, lo que le permite exprimir el estrecho vínculo que le une a sus modelos. Por la especial atención que les dedica a sus modelos, por su gusto por la verdad, por la modestia de las ropas con las que les viste y la exquisita discreción de su paleta, Fantin ha conferido al arte del retrato francés un aspecto único. Sus lienzos austeros, pero sin resultar sombríos, sutiles y contenidos, muestran una realidad de finales del siglo XIX que pocos artistas han sabido reflejar.
Retrato de Mme. Madeleine Lerolle, 1882. The Cleveland Museum Art.

 

Inmortalidad,1889. Cardiff, National Museum of Wales.

 

La obra de Fantin-Latour, inicialmente deudora del romanticismo, más tarde asociada al realismo y a los “pintores de la vida moderna”, conoce, a partir de 1880, una aproximación a los primeros defensores del simbolismo. Al regresar a los “temas de imaginación” al final de su carrera, el pintor retomó su objetivo de contribuir a la “pintura del futuro”, reivindicando la primacía del sueño en el arte a través de temas religiosos, mitológicos y alegorías. Además, las obras de estos últimos años se caracterizan por una vitalidad y una alegría evidentes, patentes por el uso de gamas cromáticas refinadas, alegres y de una intensa luminosidad y, especialmente, por un erotismo vibrante y sensual.

Las últimas representaciones de flores de Fantin-Latour son las producidas a partir de 1876 y durante más de 30 años en la casa de su mujer Victoria, en Buré, un pueblo de la Baja Normandía francesa. Se caracterizan por un distanciamiento de los modelos más elaborados de su juventud, influenciados por la pintura holandesa del siglo XVII y representan en su mayoría variedades tradicionales de rosas. En estos ramos Fantin ya no pretende mostrar la exactitud de bien concentrar su arte en un solo objeto, en las variaciones de un solo matiz,en la profundidad más que en la apariencia.

Como escribe su amigo Whistler en su obra Ten O'clock: “Él observa su flor (...) con la claridad de quien ve en la realidad elegida tonos brillantes y delicados matices, sugerencias para futuras armonías. No se limita a copiar ociosamente y sin más cada brizna de hierba, como piensan los irreflexivos; en la larga curva de una estrecha hoja, corregida por el esbelto brote de su tallo,él aprende cómo la gracia se une a la dignidad, cómo la fuerza realza la dulzura, ofreciendo como resultado la elegancia”.

Las flores se convierten en su único tema y cada vez es más inusual que mezcle flores y frutas, o frutas y hortalizas en una misma composición. Como si de un retrato se tratase, prefiere centrar su estudio en un solo tipo de flor en vez de en un ramo más variado. Son flores que recoge en el jardín y que coloca cuidadosamente en jarrones transparentes enviados por Ruth Edwards desde Londres. Al final del verano, al regresar a París, le toca reunir los trabajos realizados en Buré para, después de compararlos uno a uno con los que tiene en su estudio, meterlos en una caja sin bastidor y enviarlos a Londres, donde Mrs. Edwards se encarga de enmarcarlos y exhibirlos ante los interesados.

HENRI FANTIN-LATOUR (1836 – 1904)
Hijo de Theodore Fantin, pintor y profesor de dibujo, Henri Fantin-Latour nació en Grenoble el 14 de enero de 1836. En 1841 su familia se trasladó a París, donde se formó como pintor, primero en el taller de Lecoq de Boisbaudran y después en la Escuela de Bellas Artes. También trabajó durante un mes en la “Escuela del Realismo” de Courbet pero, al parecer, sus enseñanzas las extrajo sobre todo del Louvre, a donde acudía casi a diario para copiar a los grandes maestros de la pintura. Como no poseía fortuna personal alguna y no mantenía ninguna relación estrecha con alguien que pudiera convertirse en su mecenas, Fantin-Latour se vio obligado a pintar para vivir durante toda su vida, primero realizando copias por encargo y, posteriormente, naturalezas muertas. Su trabajo como copista le proporcionó rápidamente una gran notoriedad, centrándose en la escuela veneciana, sobre todo en Tiziano y Veronés, aunque también copió a otros artistas como Delacroix, Géricault, Rubens, Murillo o Rembrandt. Era admirado, pero también había quien se preocupaba por que esta práctica acabase convirtiéndose en su profesión.

El Louvre, sin embargo, fue para Fantin no sólo un lugar de trabajo durante más de 20 años, sino también, y sobre todo, un espacio para el estudio, la interpretación y la creación, que le permitió adentrarse más adelante en los géneros que caracterizan su obra.

En 1859 fue por primera vez a Inglaterra en compañía de Whistler y volvió en 1861 y 1864. En el país vecino encontró la mejor clientela para sus lienzos de flores y naturalezas muertas, muy del gusto inglés de la época. Cultivó también el género del retrato, teniendo como modelos a miembros de su familia o amigos, y el retrato colectivo. En 1863 participó en el Salón de los Rechazados en París y en 1864 expuso el Homenaje a Delacroix, el primero de sus retratos de grupo con escritores, pintores y músicos. Pese a sus relaciones de amistad con los impresionistas, en 1874 se negó a exponer con ellos en la primera muestra del grupo, ya que había muchos más puntos de divergencia que de unión entre ellos. Sus composiciones sobre temas musicales y las llamadas fantasías que realizó en el último tramo de su carrera le relacionaron con las corrientes simbolistas. Retirado desde 1876 en la casa de campo de su mujer en Buré (Orne, Francia), murió el 25 de agosto de 1904. Esta exposición cuenta con préstamos excepcionales del Musée d’Orsay.


Fantin-Latour (1836-1904)
Después de ser presentada en Lisboa del 26 de junio al 6 de septiembre de 2009, ahora se presenta en Madrid, desde el 29 de septiembre de 2009 hasta el 10 de enero de 2010.

Museo Thyssen-Bornemisza.
Paseo del Prado 8,
28014 Madrid.

Ha sido organizada por el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid y la Fundaçao Calouste Gulbenkian de Lisboa. El comisario es Monsieur Vincent Pomarède, conservador general de patrimonio y responsable del Departamento de Pinturas del Museo del Louvre La comisaria técnica es Doña Leticia de Cos, del Área de Investigación y Extensión Educativa del Museo Thyssen- Bornemisza,Un gran abrazo desde la Vieja Europa, Félix José

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Félix J. Hernández, París, enero 24

 

Recordada Ofelia, fue un gran placer poder recorrer en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid la primera gran exposición monográfica que se dedica en España al gran pintor francés Fantin-Latour. La muestra ofrece una amplia selección de su obra formada por 70 piezas, entre pinturas, dibujos y grabados, procedentes de museos e instituciones de todo el mundo. Siguiendo la cronología de su producción a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, la exposición muestra algunas de sus obras más destacadas, que van desde retratos colectivos, de familiares o amigos, a interiores con figuras y naturalezas muertas de vocación realista, pasando por alegorías y fantasías musicales.

Discípulo de Courbet durante una breve temporada, compañero de Whistler y amigo de Monet y Degas, Henri Fantin-Latour (Grenoble, 1836–Buré 1904) ocupa un lugar difícil de encajar en la historia de la pintura francesa de la segunda mitad del siglo XIX. Sus retratos de grupo, concebidos casi como manifiestos, harían pensar en un ferviente defensor de la renovación pictórica; sus bodegones, en un realista; y sus escenas mitológicas y alegóricas, en un hombre cercano al simbolismo academicista. Su producción pictórica

 

FANTIN-LATOUR (1836-1904)
La mesa aderezada, 1866. Lisboa., Museu Calouste Gulbenkia