



La conocimos hace un cuarto de siglo, recién llegada de la Isla del Dr. Castro.
Me dio la noticia de que su tío, mi viejo y querido amigo Carlos Manuel Galindo había fallecido en Cuba. Inmediatamente me vinieron a la mente una gran cantidad de recuerdos de mi juventud.
En marzo de 1968, la compañera Asela de los Santos (no sé si sería muy santa), esposa de turno del "Gallego" Fernández, me envió con otros ocho jóvenes a la EMCC de Santa Clara, para hacer mis prácticas pedagógicas.
Nos montaron en el Tren Lechero, muy similar a los que se ven en los
filmes americanos sobre la Conquista del Oeste, sólo faltaba que los
indios lo atacaran. Para recorrer los 200 y pico de kilómetros que
separan a San Cristóbal de La Habana de la Ciudad de Marta Abreu, el tren
demoró 22 horas. Fue algo impresionante, había campesinos que subían a él
con gallinas o guanajos amarrados con sogas por las patas, otros llevaban
conejos o gallos en rústicas jaulas. Una señora subió con un cerdito de
color rosa. Los niños gritaban y saltaban sobre los bultos y cajas de
cartón que ocupaban el pasillo. Como el baño estaba tupido, a una señora
se le ocurrió poner a su niño a orinar por la ventanilla durante una de
las numerosas paradas que hizo El Lechero, pero en ese momento arrancó y
el orine se desplazó como lluvia benéfica sobre los que estaban sentados
detrás, en los duros asientos de varillas de madera.
De la vetusta estación de trenes villaclareña, nos llevaron en un camión
militar soviético al Comité Militar, que estaba situado en una casa que
tenía pinta de haber pertenecido a una familia siquitrillada (así se
denominaban en aquella época a las familias expoliadas por el régimen).Fue allí donde después de un papeleo, nos montaron en otro camión rumbo a
Cubanacán. Ese día conocí a Carlos Manuel Galindo. El nos acompañó al día
siguiente al campamento de Siberia Arriba, en las lomas del Escambray,
donde se encontraba la escuela en la etapa de trabajos voluntariamente
obligatorios llamado La Escuela al Campo.
Por suerte que faltaba sólo una semana de “heroico” trabajo.
Al llegar, nos presentaron al jefe de la Unidad Militar, director de la
escuela, el cual era un “compañero” grande, grueso y de rostro achinado,
al que le pusimos como nombrete Ichi, pues se parecía mucho a ese
personaje de las películas de samuráis japonesas que estaban de moda en
aquellos años. Al capitán sólo le faltaba el sable en la cintura para ser
casi idéntico al actor nipón.
Aquella semana vio surgir efímeras historias de amor entre los jóvenes
recién llegados de la capital (todos teníamos 17 ó 18 años) y las alumnas
de un Instituto de Trinidad que estaban allí también en la Escuela al
Campo.
Al regresar “heroicamente” a Cubanacán (en aquella época el adjetivo heroico era como el arroz blanco, pegaba con todo), tuvimos un pase de tres días. Yo tenía la suerte de tener familia en Santa Clara, Camajuaní y Caibarién, por lo que pude visitarlos, desplazándome de un pueblo a otro “pidiendo botella”. Además caí bien, pues el subdirector era el teniente Martínez, amigo de Conchita, una tía política mía. El me trataba bien y me permitió muchas veces partir después de las clases entre semana en la “maricona” para quedarme en casa de mi tía Tana en Santa Clara y, regresar en la misma “maricona” al amanecer con los profesores civiles que venían de esa ciudad, en donde casi todos vivían.
Los profesores que vivían en otros pueblos como Placetas, Fomento,
Remedios o Sancti-Spiritus, tenían un albergue en Cubanacán e iban a sus
casas, al igual que los alumnos, sólo durante los fines de semanas. El
transporte consistía en unos cómodos autobuses japoneses, marca Hino. Un
gran lujo en aquellos momentos.
La “maricona” era un camión militar cerrado, con dos bancos de madera
laterales, dos ventanillas y una puertecita por el fondo a la cual se
subía por una rudimentaria escalera hecha con cabillas. Como se cogía por
detrás, la imaginación criolla la bautizó como “la maricona”.
Tengo que reconocer que el claustro de profesores estaba compuesto por personas de gran maestría pedagógica, habían sido formados en la Cuba pre-castrista en la Universidad de Santa Clara y en la Escuela Normal de Maestros de esa misma ciudad. Eran personas educadas y cultas.
Entre ellos estaban como profesor de español Alomá (era de Trinidad) y Carlos Manuel, de historia Margarita (cuyos ojos verdes eran espléndidos), de geografía Rosita y Edelsa Galindo, etc.
Edelsa y Carlos Manuel Galindo formaban una pareja símbolo de carácter elegante y distinción, a pesar del uniforme de milicianos que debían gastar todos los profesores civiles. Eran personas cultísimas y educadísimas, verdaderos burgueses criollos.
Como yo fui ubicado en geografía, trabé una gran amistad con Edelsa, la que se convirtió prácticamente en mi madrina pedagógica. Sin embargo su esposo insistió muchas veces para que yo pasara a trabajar con él en español. Me parece que era debido a nuestras conversaciones sobre literatura y a que yo me ponía a leer por las noches, los grandes clásicos de la literatura europea, sentado en la terraza que daba a la cancha de tenis, mientras mis colegas jóvenes veían la pelota por la tele o la escuchaban por la radio.
Se creó una gran corriente de simpatía entre el matrimonio Galindo y yo durante aquel período de mi juventud.
Nalmy, era una profesora de geografía, secretaria del núcleo del Partido
Comunista, por lo cual a pesar de su fragilidad física, su carita de
perrita pequinesa y su cuerpo diminuto, era la gran eminencia gris de la
escuela.
A Ichi le gustaba pararse a la entrada del comedor a observar como
entraban los alumnos. Debo reconocer que tenía un gran instinto paterno.
Su secretario era un simpático recluta de apellido Milton, al que hacía
escribir en el menú de los viernes (ese era el día en que nos daban una
maltina por cabeza en el almuerzo), Tivolí Vitaminada, en lugar de malta. No
sé por qué. Cuando visité el Parque de Tívoli en Copenhague me acordé de
Ichi y de Milton.
A los pocos meses, Ichi se retiró y fue sustituido por un teniente llamado Hernán Palacios, ese “compañero” era gambao, por lo cual parecía que se había acabado de bajar del caballo, además como no tenía nalgas, era planchao, se pasaba la vida subiéndose los pantalones que se le caían bajo el peso del grueso cinturón con la pistola y los cargadores de balas.
Caminaba con la mano izquierda metida dentro de la portañuela , que se introducía por arriba del cinturón. Me parecía que se estuviera rascando en permanencia sus órganos genitales. Pues bien, este “compañero” resultó muy autoritario y daba órdenes y más órdenes, prohibía y publicaba tantas prohibiciones inútiles, que después mandaba a poner en los numerosos murales.
Recordando a nuestra anterior Unidad Militar 2868, le pusimos al asta de la bandera el 'hijoputómetro', el cual marcaba la intensidad de las hijueputadas de las órdenes y prohibiciones del “compañero” Hernán Palacios. Pero Milton tuvo una idea genial: a cada prohibición escrita por él a máquina, ponía al pie de la hoja a la derecha, sólo las iniciales H.P., lo que en buen cubano significa hijo de puta, pero Hernán Palacios ingenuamente firmaba sin percatarse del choteo.
En Cubanacán surgieron historias de amor entre los jóvenes llegados de la
capital y muchachas que estaban allí en períodos de prácticas docentes,
procedentes del Instituto Pedagógico de Santa Clara. Esas historias de
amor llegaron a convertirse en bodas en algunos casos como la de
Albertico y Luisa o la de Valderrama y Margarita. Hubo tres bodas. En
noviembre de 1969, regresamos sólo seis a San Cristóbal de La Habana. Los
tres recién casados pasaron a trabajar con sus esposas, también
profesoras, a la nueva escuela de Camilitos, situada frente a la
Universidad Central, en la carretera entre Santa Clara y Camajuaní.
En aquella escuela militar conocí a dos muchachas: María Agustina Lorenzo
y María Teresa Brito, ambas eran bellas y estaban llenas de encanto
femenino. Como estábamos en 1968, aún los jóvenes no eran “el hombre
nuevo”. Esas dos muchachas habían sido educadas por sus padres con los
valores de la sociedad pre-revolucionaria. Por las noches nos íbamos a una
salita de descanso que tenía grandes ventanales, desde donde se dominaba
un bello paisaje sobre el Domo de Cubanacán, para escuchar al programa
Nocturno, con aquellas lindas canciones que hogaño forman parte de
nuestro patrimonio sentimental. Ellas dos y la pareja de los Galindo son
mis mejores recuerdos de Cubanacán. ¿Dónde estarán ahora María Agustina y
María Teresa? ¡Cómo me gustaría ponerme en contacto con ellas!
Algunas tardes, cuando el teniente Martínez me daba pase para ir a la ciudad, iba una de ellas conmigo, íbamos al cine Glorys, paseábamos por el parque y tomábamos helados en el Coppelia. Regresábamos a Cubanacán a las diez de la noche en la “maricona”.
El 21 de febrero de 1969, fui solo a Santa Clara y como se me fue “la
maricona” que partía a las diez en punto de la noche del Parque Vidal,
tuve que correr a la Terminal de Ómnibus. Logré tomar un autobús que iba
para Placetas. Al bajar en la puerta de Cubanacán, caí a la cuneta y la
rueda delantera del ómnibus me cogió el pie izquierdo de refilón, raspando
la bota y arrancándome el tacón. Ese día mi Ángel de la Guarda estaba
muy cerca de mí. Sólo tuve un gran hematoma, pero pude haber perdido el
pie. Me llevaron en un camión de vuelta a Santa Clara al hospital y al
amanecer de nuevo a Cubanacán. ¡Ese día cumplía 20 años!
Galindo tuvo la idea de organizar un curso de cultura general para los
oficiales de la escuela, entre ellos el “compañero” H.P. Yo fui nombrado
para darles clases de geografía. Recuerdo perfectamente cuando expliqué la
forma de la tierra, la fuerza de gravedad, etc., o sea, lo mínimo
indispensable para comenzar. El “compañero” H.P. me dijo que no me creía,
que la tierra era plana, que eso de que era redonda era una invención de
los imperialistas yankees. Mi asombro fue enorme, pues ese H.P. era nada
menos que el director de la escuela.
Cuando me tocaba ser jefe de la guardia durante un fin de semana, por la tarde me iba a bañar a la pequeña represa del riachuelo que abastecía al campamento. Tenía que pasar entre las antiguas plataformas abandonadas de lanzamiento de cohetes. Cubanacán antes de ser la EMCC, había pasado a ser de Club Campestre a base militar soviética.
Los alumnos provenían de Santa Clara y de los pueblos de los alrededores, eran unos 700, entre ellos había hijos de mártires de la revolución, de miembros del Partido Comunista o de simples gentes que veían esa escuela como una forma de que sus hijos subieran en la nueva escala social establecida por el régimen. Algunos chicos los lunes me daban mangos, guayabas, incluso sinsontes y azulejos, que me habían traído desde sus pueblitos de regalo.
Se impartían clases desde el séptimo hasta el duodécimo grado. De allí los chicos continuaban hacia las escuelas de cadetes como el ITM situado en la ex antigua y reputada Colegio de Belén de San Cristóbal de La Habana.
El 17 de noviembre de 1969 partí de Cubanacán en un camión hacia el Comité
Militar, ubicado en la misma casa del año anterior. Allí me dieron la
desmovilización de las «gloriosas y heroicas» Fuerzas Armadas
Revolucionarias. Nos propusieron que nos presentáramos en el MINFAR de
la Plaza de la Revolución (la que fue Cívica antes de ser revolucionaria,
cuando Cuba era Libre), a ver de nuevo a la “compañera” Asela de los
Santos. Así lo hicimos tres de nosotros. La “compañera” nos propuso un
puesto en los Camilitos de Baracoa (playa al oeste de San Cristóbal de La
Habana). Aceptamos la proposición y... allí trabajé durante tres años.Pero ésa es otra historia, que quizás te cuente algún día.
Nunca más vi ni tuve noticias de Carlos Manuel, Edelsa, María Agustina, María Teresa, Alomá, Rosita, Milton, Martínez y Margarita, de los cuales conservo agradables recuerdos en mi mente. Tampoco supe nada más de Ichi, H.P. y Nalmy, pero a ellos no los he logrado borrar de mi mente.
Te pido por favor, que si te es posible, pongas hoy unas flores en mi
nombre sobre la sepultura de mi padre. Basta que recortes algunas flores
de las que tienes en tu patio y se las lleves.
Te quiere siempre,
Félix José

Mi querida Ofelia,
hoy es el Día del Padre en Francia. Como tuve un padre que mejor no pudo
ser, éste siempre fue un feliz día en casa. Posteriormente, con mi hijo
traté de ser lo más justo posible, logré educarlo junto a mi esposa, con
los valores morales que heredé de mi familia, inculcarle la apertura de
espíritu, la honestidad, la tolerancia y el amor a la Libertad. Creo que
lo logramos. Ahora le toca a él educar a su hijo en unión de su
encantadora esposa. Nosotros ahora interpretamos el bellísimo papel de
abuelos.
Pero bueno, esta carta es para contarte que hace una semana me encontré en
La Casa de la América Latina del Barrio Latino a Tania Galindo. Hacía
mucho que no la veía. Participábamos a una velada cultural animada por la
gran Zoé Valdés (Zoé de Cuba). A pesar de los años transcurridos y de ser
una feliz madre de cuatro niños,Tania sigue siendo una belleza tropical,
poseedora de una mirada y una sonrisa espléndidas dignas de las cinco
estrellas Michelín.
Esa escuela militar era conocida como Los Camilitos de Cubanacán. Estaba situada sobre una colina, en la carretera central, más exactamente en el tramo que va de Santa Clara a Placetas, ocupando lo que fue el Club Campestre Cubanacán en la época pre-castrista.