



ARAMBURU 409
Por Félix José Hernández, París, septiembre 6
Mi querida Ofelia,
Había nacido en un pueblo de casas de maderas con techos cubiertos por tejas,
con grandes patios donde se criaban gallinas y conejos. En el traspatio cada
año se criaba un cerdo, para matarlo por la Navidad, se conservaba un pedazo de
carne para la familia y con el producto de la venta se compraba la cena de
Nochebuena y los regalos del Día de Reyes.
Los de la clase media vivían en casas de mampostería, alrededor del gran parque de dos manzanas, en cuyo centro tronaba La Glorieta. Era un pueblo situado en un verdísimo y fértil valle, rodeado por el Río Sagua, las Lomas de Santa Fe y tupidos cañaverales. Por los días el cielo era de un azul intenso y por las noches el cielo negrísimo se llenaba de estrellas. A sólo unos kms. se encontraba la costa norte de la isla y un puerto pesquero. Frente a éste se extiende un rosario de islas, a las cuales íbamos a menudo los domingos en una vieja lancha, llena de muchachas del barrio de La Loma. Cuando llegó el Coma-Andante y mandó a parar, nos mudamos hacia la capital. Fue como arrancar las uñas de los dedos, un verdadero desgarramiento.
Después de un paréntesis de tres semanas en la casa de mis primos Delsa y Fifo en La Lisa, ( ellos estaban trabajando en la zafra en un central azucarero en El Perico), nos mudamos a un minúsculo apartamento interior, de un inmueble de cuatro pisos en la calle Aramburu 409. Fue gracias a mi tío Renato, el cual era el encargado del edificio. Yo descubría la gran capital y cada día me alejaba más del hogar, recorriendo las calles llenas de coches y tiendas, admirando el bullicio de la ciudad, etc
Pero para mi madre fue un drama gigantesco. El día de la mudada, después de
haber limpiado el apartamento de: sala-comedor de 9 metros cuadrados, una cocina
que era una especie de micropasillo, un solo cuarto de 12 metros cuadrados y un
minúsculo cuarto de baños, mi madre se apoyó llorando contra la puerta del
cuarto, al observar el vacío gigantesco del piso donde sólo había dos cajas
de cartón, en una la ropa y en otra los platos, calderos y cubiertos.
Mi madre añoraba los atardeceres tibios con el olor de las flores de los
canteros, la brisa de la mañana, las tendederas de alambre del patio donde el viento hacia flotar sus sábanas de un blanco inmaculado, mientras conversaba
con sus vecinas Digna y Elena. Extrañaba el despalillo en donde había trabajado
desde los seis años de edad, las reuniones nocturnas en el portal de mi abuela
Aurelia, donde cada noche venían sus hermanas Luga y Biba con sus esposos e
hijas, a pasar un rato agradable en familia. Los domingos recordaba los paseos alrededor de La Glorieta. Los 19 de marzo nos
hablaba de las procesiones de San José, también de las verbenas y las
parrandas.Nos contaba sobre los bailes de La Colonia Española y los del 31 de
diciembre de Patio Club. Quería mantener en el recuerdo su pasado en el pequeño
pueblo del centro de la isla caribeña.
Desde las ventanas del caluroso apartamento del primer piso, sólo se veían los
muros grises de las “cajas de aire”. Parecía como si estuviéramos en una cárcel. La fortuna personal de mis padres era entonces de 90 pesos y el alquiler era de
45 pesos, por tal motivo y ante la catástrofe económica, aunque mi madre se
escondía en el baño para llorar, yo me daba cuenta al regresar de la escuela,
pues tenía siempre los ojos rojos. Cuando le preguntaba, me decía que era una
alergia.
Podíamos comer gracias a mis tíos Graciela y Renato, que vivían en el
apartamento del segundo piso que daba a la calle.También nos visitaban mis tíos
Marcelo y Raimundo, con sus respectivas esposas Etelvina y Zoraida, siempre nos
traían algo de comer.
Mi madre comenzó a hacer flores de papel que yo salía a vender por las calles
al regresar de la escuela por las tardes. Mi padre logró conseguir un trabajo
en la Imprenta Barros Gómez, situada en Ayestarán y 19 de Mayo, gracias a Pepe,
un viejo amigo español.
El apartamento comenzó a amueblarse gracias a la solidaridad familiar y de los
nuevos amigos. Mi hermano de 4 años y yo compartíamos el sofá-cama regalo de la
dueña del edificio.
Todo comenzó a complicarse, cuando un mes después se mudó para la planta baja
una pareja de “compañeros” compuesta por Fefa y Raúl. Se enteraron de que mi
padre había sido policía durante 21 años y en voz alta pedían fusilamiento para
todos los esbirros ( así nos llamaban). Cuando ocurrió el Desembarco de Bahía
de Cochinos en abril del 1961 y La Crisis de los Cohetes en octubre de 1962,
ambos nos insultaban y amenazaban. Cada discurso del tirano cubano era puesto
por ellos a todo volumen y cantaban La Internacional en el pequeño patio “para
que los esbirros del primer piso lo oigan bien”. Los domingos Raúl se
emborrachaba, llegaba al final de la tarde y sistemáticamente le entraba a
golpes a Fefa. Ella lanzaba unos aullidos: ¡Rauuuuullll! Pero nada, él le
gritaba que la había sacado del prostíbulo El Sahara del Parque Trillo. El
espectáculo era dominical.
En la planta baja, junto al apartamento de los dos “ compañeros” había una
quincalla, cuya dueña tuvo la buena idea de venderla antes de ser confiscada. En ella se instalaron dos viejitos campesinos con un nieto llamado Tony. Este
muchacho gracias a su inteligencia logró progresar y ser un hombre de bien en
aquel complicado barrio de Cayo Hueso, lleno de solares, bares y mala vida,
donde reinaba la más absoluta promiscuidad.
En el inmueble residían tres taxistas, uno llamado Fidel, vivía con su esposa
Marta, una afrodescendiente de gran belleza y su hijo Fidelito, frente a
nosotros. Siempre fueron amabilísimos. Nos invitaban a velar a San Lázaro los 17
de diciembre. Fidelito, con el pasar de los años, se convirtió en un
gigantesco atleta de ébano.
En el segundo piso, sobre nosotros, se encontraba la señora Guillermina, con su
hija Delia. Esta última sólo hablaba del nuevo edificio que construiría la
Gloriosa Revolución en Galiano y Reina, donde había estado la Plaza del Vapor. Sería el más grande no sólo de Cuba, sino de toda la América Latina, un
edificio como los de Nuevayó. Ella ya había llenado las planillas. Delia se
vestía con falda negra y blusa roja para ir a las manifestaciones. Contaba y
requetecontaba como había ayudado a los alzados, como había transportado
medicinas hacia la Sierra Maestra con Pastorita Núñez, por éso estaba segura de
que viviría en el edificio que se construiría. Quería el “penjaaaus”( no sé por
qué alargaba la “a”), para poner una gran bandera del M-26-7 en su balcón, que
se viera desde Nuevayó.
Frente a Delia y Guillermina vivían mis tíos Renato y Graciela con su bebé, al
que habían bautizado como Nestor Renato, pero que nosotros llamábamos Renatico.
Ellos tenían un balcón, desde el cual a mí me gustaba ver la ciudad. Enfrente
había un gran solar de una sola planta, por lo cual la vista iba hasta la Calle
Infanta. En la puerta del solar cada tarde se sentaba un niño manco en
pantalones y camiseta, con unos motazos de talco que resaltaban sobre su piel
achocolatada. Al lado del solar estaba la casa de dos plantas de Eloísa, en
cuyos altos funcionaba su Casa de Citas. Se contaba que ella tenía un álbum de
fotos con chicas bellísimas. Yo, desde la altura de mis nueve años, me ponía a
observar cuando llegaban los taxis de los cuales bajaban chicas muy bellas y al
poco rato, llegaba a pie algún señor vestido de traje y corbata o con
guayabera.
Todo duró hasta que un día en un arranque de puritanismo revolucionario, la
exprostituta Fefa, reciclada en compañera, trajo a la policía, pues la vieja
Eloísa daba malos ejemplos a los chicos del barrio.Eloísa terminó su vida en un
campo de reeducación de Camagüey y su casa fue otorgada a una sobrina de Fefa,
como premio a su devoción revolucionaria.
A la izquierda del solar había un inmueble de dos plantas, en cuyos altos vivía
un hombre muy delgado, taciturno, quizás hipocondriaco, que pasaba los días
sentado en el balcón, gastando pantalón de pijama, pantuflas y camiseta. Nunca
lo vi salir de su casa. Cuentan que tenía penas de amores lejanos. Fumaba un
cigarrillo tras otro.
Me encontraba en el balcón de mis tíos cuando ese señor apoyó cuidadosamente la
colilla del cigarrillo en el borde de su balco. Acto seguido se sentó sobre la
baranda, dándole la espalda a la calle, abrió los brazos y se dejó caer. La
cabeza dio contra el contén. Gladys su vecina, trajo una sábana y cubrió el
cuerpo sin vida. A mí me impresionó mucho, era la primera vez que veía un
suicidio. En aquella época aún había sábanas en la ex-Perla de las Antillas. Su
otra vecina era la viejita viuda Lucía, la que para vivir hacía dulce de fruta
bomba. Cada domingo mi madre le encargaba un pomo de dulce. Era nuestro lujo
dominical: arroz con pollo, plátanos maduros fritos y dulce de fruta bomba “made
in” Lucía. Lucía soñaba con el regreso de su hijo. Ponía velas a Santa Rita y a San Judas
Tadeo para que se realizara el milagro. El chico había salido eufórico la mañana
del 1° de enero de 1959. Había regresado a contarle lo del saqueo del periódico
El Tiempo, que se encontraba a sólo dos cuadras de su hogar, en Soledad y San
José. Después le había dicho que iba a ver lo que pasaba en las calles. Pero
nunca más volvió y Lucía como una Penélope cubana , tejió sueños de esperanzas
hasta el último suspiro. Estoy seguro de que la buena Lucía en estos momentos
debe de estar junto a su único hijo en algún lugar del cielo.
En el tercer piso vivía Xiomarita- una chica de la cual yo me enamoré-, con sus
padres Xiomara y Armando. Cuando Carmita Medina, me invitó su fiesta de quince
años, en su casa de Ayestarán, en la esquina del Cine Maxim, llevé como
compañera a Xiomarita. Fue mi primera fiesta de quince y la primera vez que
invitaba a una muchacha a ir a una fiesta conmigo. Es cierto que uno se acuerda
siempre de la primera vez que le ocurre algo. Frente a la familia de Xiomarita residían Caridad y Jorge. Ellos velaban a La
Caridad los 8 de septiembre y formaban un formidable rumbón, al que nosotros
asistíamos. Todos eran personas nobles, bien educadas. Armando y Jorge eran
taxistas.El problema que tenían era que en su piso había una escalera que
llevaba a la azotea y allí numerosas veces subían parejas de homosexuales a
buscar refugio, para concretizar sus ardientes pasiones en las calurosas tardes
o noches tropicales.
A veces la madre de Xiomarita escuchaba los gemidos provenientes de la escalera y salía con una escoba a defender el honor del inmueble, ahuyentado así a los pecadores, que regresaban por lo general un poco más tarde o al día siguiente. Al lado de nuestro edificio vivía una señora llamada Patria. Era una mulata india de una belleza intemporal, cargada de joyas como un árbol de Navidad tropical: el semanario de oro, los sortijones, los pendiente de coral, la cadenona con Santa Bárbara y rubí en la copa, etc. Patria fue la primera “gusana” del barrio. Se paraba en la puerta de su casa e insultaba a los milicianos. No tenía pelos en la lengua. Una tarde, al saber que con la ley de Reforma Urbana había perdido sus apartamentos, le dio un infarto. La llevaron al Hospital de Emergencias ( en el barrio lo considerábamos como El
Matadero Municipal) y allí le expoliaron de todas sus joyas. Cuando su hija Selvia llegó, había fallecido y ya le habían robado todo.
La casa de Patria estaba llena de objetos de valor: orcelanas, cristales, orfebrerías, tapices, etc. Mi madre decía que parecía una de las casas que se
veían en La Violetera o El Ultimo Cuplé, de aquella Sarita Montiel, de la época
en que no hacía papelazos. Todos los objetos de valor de Patria fueron desapareciendo poco a poco, vendidos o cambiados por pitusas y pulovitos a “compañeros diplomáticos de los países hermanos” en los años sesenta, por un nieto de Patria. Buen negocio el que hicieron los compañeros diplomáticos.
En la casa de Patria vivía un nieto mudo y las tres criadas bayamesas. Cuando al
mudito se le subía la líbido, corría detrás de las chicas por toda la casa. Ellas gritaban pidiendo auxilio y se refugiaban en los altos, en la casa de Selvia ( madre del mudito e hija de la difunta Patria). Pero al mismo tiempo, los seis perritos comenzaban a ladrar. Era un escándalo que se daba muy a menudo. Pues después venían los regaños de Selvia y de su esposo al vástago excitado.
El esposo de Selvia, era un panadero, dirigente del Partido Comunista, amigo de
Lázaro Peña y de Blas Roca, que había estado preso varias veces , pero liberado
gracias a las relaciones de Patria con altos militares cercanos a Fulgencio Batista.
Las discusiones políticas entre Patria y su nuero fueron terribles, se escuchaban desde mi apartamento. Sin embargo, el panadero era alguien noble, desencantado se volvió “gusano” y así terminó su vida, en el olvido de sus excamaradas de luchas sindicales. El mayor golpe que recibió fue cuando su otro hijo, Guido, se refugió en la Embajada de El Perú, en el 1980 y logró salir hacia Canadá.
A Guido le encantaban The Beatles, tenía muchas placas con sus canciones, pero
su preferida era Twist and Shout, la cual ponía varias veces al día a todo volumen, “cantando” por medio de gritos al unísono. Esto producía que los perritos de su abuela comenzaran a ladrar y que a cada vez Guillermina se persignara, pidiendo paz a Dios para los vecinos.
En el 1965 permutamos de Aramburu 409 para Soledad 507, pero esa es otra
historia que quizás un día te cuente.
Un gran abrazo desde esta lejanísima Ciudad Luz.