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TRES AÑOS DE GOBERNO LULA: DECEPCIÓN CON LA IZQUERDA

Por Jorge Hernández Fonseca, Brasil

Luiz Inácio Lula da Silva, un icono de la izquierda latinoamericana, cumple tres años de haber asumido la presidencia de Brasil mediante elecciones democráticas, ganadas con un volumen récord de votos y un porcentual cercano al 60% de los votantes.

Después de tres años, el gobierno de Lula da Silva da muestras evidentes de agotamiento y es tiempo suficiente para hacer un balance, que si bien no puede considerarse completo por faltarle un largo año (electoral) de mandato presidencial, sí puede considerarse como estadísticamente representativo del programa izquierdista aplicado en Brasil.

El triunfo de Lula da Silva concentró la atención del mundo post socialismo soviético --auto-derrotado-- con vistas a ver como un país en pleno desarrollo aplicaba un programa socialista alternativo a la masacre estalinista cubano-soviética, por parte de un operario fabril real.

El sentimiento generalizado del pueblo brasileño, tres años después del histórico triunfo izquierdista, es de decepción total con Lula da Silva y su gobierno. Muchas razones subyacen tras esta valoración, que pretendemos analizar pensando en el futuro de

Latinoamérica. Comenzaremos diciendo que el equipo gobernante de Lula da Silva y su partido, el Partido de los Trabajadores, PT, tenían un “proyecto de poder” más que un proyecto social, o de gobierno. Este nefasto enfoque lógicamente, no puede aislarse de la contaminación procedente de la teoría leninista del poder político, siempre en boga entre los partidos de izquierda, amantes del radicalismo, el poder total y el desprecio por el resto de los partidos políticos “burgueses”.

En el caso brasileño, este enfoque de asalto al poder político estuvo concentrado en las manos del segundo hombre al frente del gobierno Lula, José Dirceu, presidente del PT durante su mejor época de crecimiento y artífice de la estrategia para victoria electoral de Lula da Silva en 2002. No por casualidad Dirceu fue formado en la escuela estalinista cubana, para cuyo sistema de inteligencia se dice que trabajó durante muchos años y de la cual evidentemente extrajo las lecciones que lo llevaron a ser acusado (y condenado) por ser jefe de un esquema de corrupción de diputador y senadores, con vistas a mantener la hegemonía política sobre los (despreciables) partidos aliados, tratando de garantizar 20 años de poder en sus manos.

En tres años de gobierno, el gobierno Lula ha pasado por varias fases: la fase inicial, pifia e ineficiente, se caracterizó por tentativas frustradas de implantar un populista plan nacional contra el hambre, que tras sucesivos fracasos echó mano --después de un año de tentativas-- de un proyecto del ex gobernador del Distrito Federal de Brasilia, Cristovam Buarque, (ahora disidente del PT) mediante el cual se asignaba una cantidad mensual de dinero a las familias necesitadas, a cambio de la garantía de enviar sus hijos a la escuela. Era el plan “Bolsa Escuela”, que Lula da Silva adoptó cambiándole el nombre al de “Bolsa Familia”.

Este primer año fue de estabilización, pero sin crecimiento para la economía. Sin embargo fue de fuerte embate ideológico en el seno del PT, donde la facción más a la izquierda dentro del partido acusó a Lula y su grupo de estar implantando en Brasil un proyecto “neoliberal”, del mismo corte del gobierno anterior, “traicionando” así los ideales del PT original. Los disidentes fueron expulsados del PT y formaron un nuevo partido, todavía más a la izquierda que el PT.

En el segundo año de gobierno las cosas mejoraron, pero comenzó en el seno del gobierno una polarización en torno a dos figuras prominentes del gabinete, uno de ellos, Antonio Palocci, Ministro de Economía, discreto y eficiente y el otro José Dirceu, con el cuño fidelista en la frente. Esta lucha por la influencia dentro del gobierno tenía como objetivo inmediato la nominación del sustituto de Lula da Silva después de su supuesto segundo mandato como Presidente.

La polarización dentro del gobierno rápidamente se extrapoló al PT, el cual tomó partido por su líder histórico, José Dirceu, que había dejado la dirección del partido en manos fieles, garantizando así un control doble y absoluto, dentro del partido y dentro del gobierno.

Pero el ministro Palocci contaba con la bendición de amplios sectores de la economía carioca: el poderoso empresariado industrial brasileño y el importante e influyente sector financiero de la economía, estabilizada en poco tiempo bajo la orientación de un ministro modesto y eficiente, lo que desató un crecimiento económico no esperado en el segundo año de gobierno.

Lula da Silva por su parte, en estos dos años iniciales de su gobierno, dio muestras abundantes de incapacidad administrativa, poco tacto al tratar los asuntos públicamente y basar en demasía los logros de su Administración en funcionarios de su primer escalón.

Así las cosas, comienza el tercer año decisivo del gobierno Lula, que hasta ese momento había seguido una política responsable en el marco económico y social interno y que había cosechado logros internacionales sin ser caracterizado como de extrema izquierda.

Pero el enemigo estaba en casa. La pugna Palocci-Dirceu estalló como un escándalo de gran magnitud. La oposición a Lula da Silva (hablando de los partidos políticos) no participaron directamente de las denuncias del esquema de corrupción dentro del PT, ni de las acusaciones contra José Dirceu como jefe de dicho esquema de soborno. Fueron partidos aliados a Lula los encargados de llevar adelante las acusaciones y suministrar las pruebas de la existencia de semejante esquema, que abochornó a todo Brasil e hizo rodar por tierra la cabeza del Presidente, el secretario general y el tesorero del PT, es decir, de todo su ejecutivo, además de costarle el cargo de ministro a Dirceu, que sufrió además un proceso por “falta de decoro parlamentar”, en el cual también fue condenado, poniendo fin a sus aspiraciones hegemónicas.

Antonio Palocci, distante del escándalo de corrupción, fue finalmente involucrado, en parte por los partidos de oposición temerosos de su prestigio y en parte por los aliados de Dirceu dentro del PT, que lo incriminaron solamente para patentizar una revancha sin provecho para nadie, lo que contradictoriamente ha alejado las posibilidades de reelección de Lula en 2006.

Encuestas de opinión de finales de este año 2005, ofrecen datos asustadores respecto al prestigio de Lula da Silva y el PT en el seno de la población brasileña. El PT, que tradicionalmente contaba con el 25% del electorado brasileño, ha disminuido su aceptación en una tercera parte, cayendo a un 17% de aprobación del electorado, el cual, según las mismas encuestas, darían ganador por amplio margen de votos en las próximas elecciones del 2006 a José Sierra, candidato social demócrata anteriormente derrotado por Lula da Silva en 2002.

Un análisis trascendente de lo ocurrido en Brasil, y del fracaso del gobierno de izquierda, vendría dado por una conjunción de factores entre los cuales citaremos los siguientes:

En primer lugar, ha quedado plenamente demostrado que los partidos de izquierda, por el único hecho de ser de izquierda, no monopolizan la ética en la política ni la sensibilidad social con los desposeídos. El mayor partido de izquierda en Latinoamérica, el PT, ha protagonizado el mayor escándalo de corrupción política de que se tenga noticias en la historia del Continente y los pobres brasileños continúan siendo tan pobres y casi con tan pocas oportunidades como antes.

Asociado a esta primera conclusión, existe una generalización válida: el PT brasileño no es el único partido de izquierda inoculado por el germen de la corrupción. Los pronunciamientos del dictador cubano demuestran como la corrupción se ha generalizado en todas las capas de la población y el gobierno de la isla. La condena de un ministro chino, entre otros altos funcionarios del gobierno comunista, es un hito que marca esta conclusión. Partido de izquierda es un partido más entre toda la gama posible de partidos potencialmente corruptos.

En segundo lugar, ha quedado claro como, aún tratándose una llamada “nueva izquierda”, que no es beligerante y adopta las elecciones democráticas como medio de llegar al poder, contiene el germen del leninismo aprendido de la época soviética, introducido hasta en las mentalidades aparentemente más democráticas de los partidos de izquierda: la anteposición de proyectos de poder, al necesario proyecto social, económico o incluso político-moral.

Asociado a este punto está la “inmutabilidad” pretendida del socialismo cubano (proyecto de poder más que proyecto social), la extensión indefinida del mandato de Hugo Chávez al frente del gobierno de Venezuela y el probablemente venidero proyecto hegemónico (e indefinido en el tiempo) de Evo Morales, cuando consiga afianzarse en el gobierno de Bolivia.

En tercer lugar, vale la pena destacar la nefasta influencia de la dictadura cubana ejerce, aún en los procesos de socialismo democrático que tienen lugar en Latinoamérica. En Brasil, el hombre de Castro, José Dirceu, siempre jugó un papel de destaque al centralizar los procesos de decisión política en dos direcciones: una de ellas, tratando de monopolizar los principales puestos administrativos del estado, estableciendo un programa de incorporar 20,000 nuevos cargos burocráticos administrativos fijos en la maquinaria estatal, dejándolos en manos de militantes probados, y por otro lado, comprometiendo la política brasileña con la defensa de la dictadura de Fidel Castro por un lado y del régimen semi dictatorial de Hugo Chávez por otro. (sigue)