



y, en general, los empresarios de todas partes (norteamericanos incluidos), los cuales, aunque no tengan actualmente inversiones en Cuba, añoran con toda su alma el poder tenerlas. Por supuesto, para ayudar al pobre pueblo cubano al que tanto quieren.
Nos quieren los sesudos estudiosos del Cuba Study Group, los del Diálogo Interamericano, los de la FLACSO, los de prestigiosas fundaciones como la Carter o la Rokefeller. En verdad, casi todo think tank que se precie lleva con orgullo, en lugar destacado, un cintillo multicolor que proclama su amor por Cuba y por su pueblo.
¿Qué decir de la mayoría de los académicos, intelectuales y periodistas cubanos? Bueno, esos no es que nos quieran, nos adoran. No hay dudas, Cuba y los cubanos somos objeto preferente del amor universal.
Desgraciadamente sólo no nos quieren algunos cavernícolas de la "mafia" intransigente de Miami. Pero esos no tienen importancia. Esos sólo saben hablar de los fusilados, de los presos, de los ahogados en el mar huyendo de Castro, de la falta de libertades y derechos en Cuba, de la represión, de la ruina económica. Esos sólo saben hablar de boberías.
Los que nos quieren de verdad sí hablan de cosas serias. En primer lugar, de que los Estados Unidos tienen ahora, con Obama, la ocasión dorada de tornarse buenos y suprimir el embargo al régimen castrista. He escrito embargo, aunque los "cariñosos" prefieren llamarle "bloqueo".
Los "cariñosos" nos dicen que sin "bloqueo", con el establecimiento de relaciones "normales" con el castrismo, con el incremento de remesas, turistas y créditos y besuqueos, entonces, y sólo entonces, se producirá un "gradual" tránsito hacia un régimen más presentable en Cuba.
Lo de "gradual" tiene mucha enjundia. Y es que como nos quieren tanto no desean para Cuba violencia alguna, ni desórdenes, ni protestas generalizadas. Nada de eso, todo ha de ser calmo, gradualmente perfecto. ¿Qué tal otros cincuenta años de gradualidad?
Pero no se trata, nos aseguran, sólo de deseos. Los "cariñosos", después de multidisciplinarios y abarcadores estudios, han llegado a la conclusión/profecía inapelable de que no existe otro escenario posible para la solución del "Caso cubano". Es decir, que inspirados en el amor que nos tienen han conseguido unir en un todo sus buenos deseos con la precisión científica.
Así que, nos dicen, "tranquilos". Nada de exigencias ni presiones al régimen. Muchas sonrisas, visitas y ayudas al ex y al presidente Castro. Bueno, puede que para contentar a algunos majaderos nos hablen de diálogo crítico, bla, bla, bla.
Pero en el fondo lo que quieren, de tanto querernos, es mucha paz y concordia. Nada de rebelarse ni de estar pidiendo cosas extemporáneas como libertad, elecciones libres, democracia pluripartidistas y otras zarandajas por el estilo. Nada de eso. Que Obama se reúna con Castro (¿cuál?) a comer langosta --dicen que la cubana es excelente--. Y aquí paz y en el cielo gloria. Y los muertos, enterrados. Y los presos y los disidentes, a portarse bien. Y los viejitos intransigentes de Miami, ¡a callar!
El "caso cubano" muestra una fertilidad especulativa pocas veces vista en la historia. Académicos, "cubanólogos" (¡esa plaga!), periodistas, tertulianos, discutidores de esquina o de bar exhiben las flores de su intelecto y sus portentosos e inéditos dones adivinatorios.
Hoy por hoy, pocos escapan a la tentación de opinar /o vaticinar sobre la realidad político-social y económica de Cuba, así como acerca de su futuro. Eso sí, todos desde un "cariño" especial, desbordado por el "querido" pueblo cubano. El cariño es tanto que nos asfixia. Podríamos parafrasear el dicho cubano de "no me defiendas tanto, compadre", por "no me quieras tanto compadre".
Nos quieren mucho Zapatero, la Unión Europea y los presidentes democráticos de América Latina (algunos de ellos señaladamente "demócratas"). Nos quieren mucho los empresarios hoteleros españoles, los canadienses del níquel