



Corría el mes de febrero de 1957, en La Habana, cuando conocí al Marqués de Portago, como muchos le llamaban. La ciudad estaba envuelta en una atmósfera de euforia por la celebración del primer Gran Premio automovilístico de Cuba.
Yo era muy joven, no tenía experiencia y, como si fuera poco, era mi primera entrevista, y con un noble, Alfonso Cabeza de Vaca y Leighton. Estaba sentado entre varios periodistas extranjeros cuando Alfonso llegó a la mesa acompañado por la actriz norteamericana Linda Christian (su verdadero nombre es Blanca Rosa Walter).
Alfonso era un hombre joven, varonil, muy elegante, educado, hablaba cuatro idiomas, con una personalidad muy definida a la altura de un gran noble, e irresistible a las mujeres. Parecía más bien un personaje sacado del Renacimiento y no un piloto de autos de carrera.
Mientras Alfonso y Linda recibían una lluvia de preguntas personales, sobre todo sus relaciones con la actriz y su esposa Carroll McDaniel, yo había preparado algunas
interrogantes en mi mente, pero estaba tan nervioso que se me olvidaron. De repente, sin previo aviso y con una mirada y una sonrisa muy agradable dirigida hacia mí comentó: ''Dejen al joven hacer alguna pregunta''. Debo admitir que por primera vez me quedé sin aliento. No se de dónde saqué fuerzas, creo que Dios estaba conmigo en ese instante.
Don Alfonso, ¿de todos los deportes que usted ha practicado cuál de ellos es su pasión? ''Todos han tenido, de una forma u otra, algún atractivo en mi vida, pero las carreras de autos es mi verdadera pasión'', me respondió Portago.
Un poco recuperado le hice otras preguntas relacionadas con su futuro con la Ferrari y especialmente la Fórmula Uno, evadiendo totalmente sus relaciones amorosas con la supermodelo Dorian Leigh, la actriz Linda Christian, su esposa Carol MacDaniel y sus dos pequeños hijos Andrea y Antonio, discreción que con una mirada bondadosa y otra sonrisa, agradeció.
Al final, le pregunté que si su nombre completo era Alfonso Antonio Vicente Blas Angel Francisco Borja Cabeza de Vaca y Leighton, Carvajal y Are, XVII Marqués de Portago, Marqués de Moratalla, XIII Conde de la Mejorada, Conde de Pernía y Duque de Alagón, a lo cual, con una amplia sonrisa agregó: ''Y Grande de España''. Esas fueron las últimas palabras que recuerdo de Don Alfonso.
Su vida, ligada siempre al peligro, no es de extrañar. Le llega de la herencia de sus antepasados que habían tomado parte en la reconquista de la España Arabe y los descubrimientos del Nuevo Mundo, uno de ellos Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien naufragó después de salir de Cuba, cerca de Tampa, en la costa oeste de la Florida, en abril de 1528.
Después de ocho años de tribulaciones con huracanes y hostilidad de los indios, terminó conviviendo con ellos. Siguió hasta México donde estaban establecidos los españoles y más tarde, en 1541, descubrió las famosas cataratas de Iguazú en Brasil.
Su padre, el XVI marqués de Portago, además de un gran deportista y actor de cine, luchó junto a las fuerzas de Franco. En una ocasión, armado con una mina de fabricación casera, nadó hasta un submarino de la República al que hundió. Y, desde luego, la nobleza le llega de su padrino Alfonso XIII, Rey de España.
Su osadía y valor lo llevaron, para ganar una apuesta, a volar un pequeño avión por debajo de un puente. Se convirtió en el mejor jinete 'amateur' de Francia y más tarde compró un 'bobsledder' (trineo pequeño para deportes olímpicos invernales) y sin ninguna experiencia obtuvo un brillante cuarto lugar para España en las Olimpiadas de Invierno de 1956 celebradas en Cortina d'Ampezzo, Italia.
Después de su gran actuación en el I Gran Premio de Cuba, donde una rotura mecánica lo privó de ganar la carrera, se trasladó a la Florida para competir en las ''12 Horas de Sebring''. De las 12 horas, Alfonso estuvo al volante de su Ferrari durante nueve, debido a que su compañero de equipo, el italiano Luigi Musso, se encontraba indispuesto y muy deprimido por la muerte de su amigo Eugenio Castellotti, ocurrida apenas una semana antes en el autódromo de Modena, Italia.
Finalmente se trasladó a Italia para competir en la XXIV edición de la Mille Miglia, el 12 de mayo de 1957. Alfonso partió hacia la muerte a las 5:31 de la mañana cuando el conde Aymo Maggi dió la señal de salida.
A mitad de la carrera y como si fuera una película de Hollywood, en el punto de chequeo de Roma, Linda Christian lo estaba esperando. La actriz se acercó a la Ferrari de Alfonso y se besaron. Ese gesto de Linda originó la famosa frase de ``el beso de la muerte''.
El bólido rojo avanzaba a toda velocidad, devorando la distancia entre Mantua y Brescia y faltando solamente 30 kilómetros para llegar al final de la prueba, el Ferrari número 531 de Alfonso y su amigo Edmund Gurner Nelson hizo un inexplicable giro hacia la izquierda de la ruta (por un reventón del neumático delantero izquierdo o la rotura de un componente de la suspensión, nunca se sabrá con exactitud), pegándole al marcador del kilómetro 21.
El Ferrari dió un enorme salto chocando de frente contra un poste de telégrafo al cual guillotinó.
Describió una vuelta en el aire y cortó los hilos telegráficos. En ese momento Alfonso y Nelson salieron despedidos por el aire.
Después de una serie de vuelcos el auto le pegó a otro marcador y dió un giro en sentido contrario a la carretera, dónde finalmente cayó en una cuneta cerca de un pequeño puente.
Nueve espectadores murieron, incluyendo cinco menores. Nelson fue encontrado en una pieza y Alfonso en dos, el capó de su Ferrari y los cables telegráficos lo seccionaron en dos mitades.
En su bolsillo se encontró un pasaporte diplomático español y una nota que decía: ``Soy católico. En caso de incidente avisen a un sacerdote''.
Alfonso Cabeza de Vaca y Leighton nació en Londres el 11 de octubre de 1928. Murió el 12 de mayo de 1957 a las 16:04 (4:04 p.m.) en la comunidad de Cavriana, cerca de Guidizzolo, provincia de Mantua.
