



Su único hijo nació a pocos meses de su encierro. No conoció lo que era acariciarlo. Darle amor y protección como solamente los padres saben hacerlo. No lo vio crecer, ni jamás pudo llevarle un juguete. Es más, jamás pudo estar a su lado en los momentos que más lo necesitaba. Mucho más doloroso: no pudo darle un beso de despedida cuando, con apenas 22 años, moría en un salón de operaciones en La Habana por una simple operación de la garganta.
Todo esto puede decirse en un pequeño párrafo. Pero es una vida entera la que transcurre entre rejas, entre el dolor y la esperanza. Y el tiempo siempre vence.
Allí pude ver a decenas, cientos de presos y presas políticas que desfilaron ante su féretro para darle un último adiós al amigo. Al hermano. A muchos ya le pesan los años, pero mantienen la misma convicción del primer día. Cuando determinaron que Cuba no merecía una tiranía y se enfrentaron con las armas.
Pero llegaron los fusilamientos. No importa que fueran con juicios. En los regímenes comunistas la ley es la palabra del Tirano y nada más. Llegaron los encarcelamientos masivos. Las masacres y la barbarie que nadie escuchó. El silencio absoluto de los países libres del mundo. La indiferencia.
Si hubiera contado la cantidad de años en prisión de cada uno de los que estaban allí, hubieran sido miles. Inconcebiblemente, para un país tan pequeño.
Estaban también los familiares de muchos presos. Quienes habían perdido hermanos en los paredones de fusilamiento, en las cárceles, en cualquier lugar. La muerte siempre es la misma. Estaban allí porque la solidaridad es más fuerte que el tiempo y los padecimientos.
Algunos, mutilados por las bayonetas y los disparos de los guardias castristas, también hicieron acto de presencia. Nada podía evitar que estuvieran allí, donde un hermano de encierro los esperaba para despedirse. Imagino que en la mente de cada uno de ellos estaban los recuerdos de esos años tras las rejas. Reviviendo cada detalle, de cuando juntos compartían los horrores de un sistema que se ensañó hasta la saciedad.
Y la dictadura continúa. Peor aún, continúa el apoyo de países democráticos que chillan porque una prisión para terroristas se encuentra en la Base Naval de Guantánamo, mientras que a pocas millas de allí hay otras tantas que pertenecen al régimen. Donde encarcelan, torturan y vejan a presos políticos cubanos. Pero, por supuesto, eso no es importante.
Mientras, se muere lo mejor de Cuba. Generaciones que envejecen y enferman esperando ser libres. Anhelando el regreso que no llega. Y la indolencia de un mundo enfermo de izquierdismo crónico sigue aplaudiendo a un vejete que ha llenado a la isla de excrementos en todos los sentidos de la palabra.
No puedo sentir nada más que pena por esos indiferentes que, contagiados de odio por la humanidad, se han convertido en los cómplices de la peor de las tiranías.

Es imposible, a veces, poder escribir todo lo que se piensa. Son muchas las ideas que se agolpan y, como montañas, pesan sobre uno. Y, es difícil ordenarlas. No sabes cómo.
Estuve en el funeral de Mario Chanes de Armas. Lo vi, como siempre. Sereno y paciente. Imperturbable. Su rostro suave no pudo calmar el dolor que sentí. También sentí mucha rabia. No pude evitarlo. Su hermana contaba los últimos momentos de su vida en la tierra. Se fue tranquilo. Desde temprano en la mañana supo que sería su último día. Estaba lúcido.
Mario Chanes murió, y con él se fueron sus sufrimientos. Una vida marcada, primeramente, por el dolor. Como cuando se sintió engañado por un Fidel Castro que llegó al poder para implantar una tiranía nefasta y vitalicia. Luego llegó la cárcel. Un delito concebido en la mente de un enfermo de poder que no admitiría críticas ni cuestionamientos.