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TANIA, LA JINETERA

Por Iliana Curra, Miami

Fue ese mismo día en que decidió venderse por algo. Cualquier cosa. No importa el valor que tuviera, pero que fuera en dólares. Era lo único que la ayudaría a vivir decentemente…En fin, no tan decente, pero con el estómago lleno y una ropa que ponerse.

No había nacido para vivir en la indigencia. Estaba convencida de que, en su otra vida, había sido una reina. El asunto es que no soportaba la miseria permanente en que vivía.

Se sentía engañada. Nacida en una revolución socialista que se impuso, supuestamente, para acabar con las desigualdades sociales no la hacía diferente. Lo que había leído en sus libros escolares sobre la lucha de clases, la igualdad y la sociedad sin dinero era una utopía. A fin de cuentas vivió siempre limitada en todos los aspectos de la vida, incluyendo la expresión. La habían bautizado con el nombre de Tania. Decía su madre que era en honor a alguien que se hacía llamar así y habría sido una guerrillera.

Pero a ella le importaba poco porque su guerrilla era en las calles de una Habana desordenada donde abundaban los retoños del Hombre Nuevo, un proyecto político creado por otro llamado guerrillero que siempre hablaba de guerras y odios y que, fruto de ese mismo odio murió en tierras extrañas tratando de imponer su doctrina.

Tania, la joven bonita y risueña, ansiaba vivir diferente al resto de sus vecinos, familiares y amigos. Había decidido imponer su belleza física a una realidad cruda, pero que la ayudaría a superar la miseria material que vivía a diario. La otra, la espiritual, vería después cómo la lograba.

Había estudiado una carrera que de nada le sirvió. Una educación familiar que tampoco le resolvía y una instrucción que no la ayudaba en su lucha diaria por sostenerse en la vida.

Una amiga que se dedicaba al negocio la invitó, parafraseando un lema del momento, “Súmate”, y así fue como se sumó desenfrenadamente a la perversión de un “trabajo” que cada día la llenaba de trapos, pero también de desvergüenza, aunque ésta última apenas se notaba. Ser jinetera era como haber llegado a ser una estrella de cine en Hollywood. Los vecinos se hacían a un lado para dejarla pasar como si se tratara de un personaje importante. Y es que, realmente lo era.

Tania usaba perfumes fuertes y duraderos que nadie tenía. Colaba café sin chícharos y andaba en zapatos de piel. Se bañaba con jabón perfumado y se lavaba su cabeza con champú “del bueno”. Tomaba refresco de latica y cervezas de marca. Usaba un buen reloj en su mano izquierda y en sus pies una cadenita de oro que la diferenciaba ampliamente de la mayoría. A fin de cuentas, era superior.

En sus salidas nocturnas se montaba en un carro del vecino, ese mismo que la había visto crecer hasta verla convertirse en alguien tan importante. Ella pagaba en moneda fuerte y se había convertido en su cliente favorita. No importa que alguien tuviera que ser llevado a un hospital o algún otro usuario necesitara un viaje rápido. Tania, la jinetera, era quien tenía siempre el número uno en la cola, y es por eso que el vecino limpiaba su carro para que ella se sintiera como lo que era: una reina.

Pero las reinas también se cansan. El agotamiento de una vida nocturna a fuerza de luchar el dólar no era nada fácil. Vivir entre bacanales, drogas y el alcohol no era lo que otros pensaban. Muchas veces tenía que acostarse con hombres viejos gordos y mantecosos que le daban nauseas, pero pagaban bien. Otras tantas veces tenía que hacer cosas que no le gustaban, pero la remuneraban mucho mejor que lo aparentemente normal. En fin, era un trabajo difícil, pero bien pagado.

Y siguió incursionando en el viejo oficio de la prostitución que, en Cuba, le habían cambiado el nombre por jineterismo. Como a todo. Al adoctrinamiento le llaman educación, a una libreta de racionamiento le dicen de abastecimiento, a las turbas violentas contra los opositores lo han bautizado como actos de repudio y a una dictadura la dan a conocer como una república libre.

Su vida la vivía entre turistas, tragos y drogas capaces de hacerla sentir en el cielo. Nada que ver con una realidad imponente y difícil, como la que vivía la mayoría de esa gente que la rodeaba. Gentes que carecían de lo suficiente para vivir.

Y en su camino arduo y vertiginoso ni siquiera se percató que todo podía cambiar un día. Y ese día llegó.

Un simple análisis de sangre le hizo conocer la realidad. Así, como un golpe fuerte contra su cabeza fue la noticia de alguien que fríamente le decía: “Estás infectada con el virus del SIDA”. No lo podía creer. Se río. Siempre pensó que se cuidaba lo suficiente para que eso no pasara. Sus piernas temblaron y sus manos se pusieron frías como la muerte.

Y era justamente la muerte quien velaría por ella a partir de ese fatídico instante en que le habían revelado su enfermedad. Maldijo a los turistas enfermos que la utilizaban en sus orgías ignominiosas. A las drogas, que le habían hecho perder la capacidad de cuidarse. A la sociedad, que la llevaba a buscar lo que no encontraba como alguien normal que estudia para vivir decentemente. A la vida, que apenas comprendía sus deseos de ser diferente y no tener que vivir en la miseria perenne, sin futuro.

Y Tania, la jinetera, quien dejaba su rastro perfumado y su belleza sin par cuando caminaba altanera por su barrio, se convirtió en lástima. Nunca supo cómo, pero aprendió que hubiera sido preferible enfrentarse al sistema que la ahogaba a tener que venderse como una prostituta.

Aunque, simplemente, ya era muy tarde.