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LA FIRMA

Por Iliana Curra, Miami

Ese fue el día en que perdí mi dignidad. Todavía trato de justificarme con que me obligaron. Nadie puede obligarte a tener miedo. El miedo es algo que se lleva dentro y, a veces, no lo puedes superar. Es entonces cuando lo pierdes todo. Eso fue lo que me sucedió.

He tratado de superarlo, pero cuando creo lograrlo, me doy cuenta que es imposible. Parece que arrastraré toda mi vida el momento de mi debilidad. Pudiera decir de mi cobardía.

Yo no quería. Yo solo me conformaba con escribir mis novelas, mis cuentos y mis poemas. Me elevaba sabiendo que realizaba mis sueños de siempre. Escribir ha sido parte de mi vida. Desde ese entonces apenas puedo combinar mis frases en una oración. Mis dedos tiemblan en el teclado de mi vieja máquina de escribir. Mis ideas se confunden desde aquel día. ¡No puedo!

 

Mis novelas fueron escritas con la pasión que siempre he puesto en cada letra. En cada frase. En cada sentimiento impreso para la posteridad. Me deleitaba sabiendo que pasaría a la Historia con un nombre, y que mis libros serían leídos por generaciones posteriores. Pero ya no lo siento así. Sé que cuando los lean, no me recordarán como el escritor sano y puramente intelectual, sino como al cobarde que un día le tembló la mano.

Ahora me siento menos que nada. Intento superar mi depresión, pero mi mente se vuelve a aquel momento vergonzoso e imperdonable. Fue el día en que dejé de ser quien era. El día que perdí la decencia, y en mi interioridad, donde nadie puede adivinar lo que pienso, me siento nadie.

Soy un talento perdido en el espanto de un sistema que me ha llevado a la muerte intelectual. Un escritor sin decoro. Evadido por la vergüenza y arrojado al lodo por aquéllos que saben que soy un temeroso.

No me importan los premios, ni siquiera los halagos de quienes comparten las miserias humanas de una sociedad descompuesta y nauseabunda. Donde se respira odio y mucho miedo.

No me importan las medallas, ni los diplomas infectados de muerte. Ni los discursos retóricos de sus dirigentes autoritarios e incondicionales de un régimen agonizante y represivo.

Todavía siento las nauseas que me invadieron después que firmé aquel triste papel. Cuando mi nombre pasó a la historia como lo que soy: un hombre indigno, degradado por la desvergüenza y la cobardía.

Mi manó temblaba. Me sentí desfallecer. Extenuado y temeroso levanté la pluma para plasmar mi horrible miedo, ése que no me permitió decir que no. Que mi dignidad nadie la compraba, ni siquiera con la cárcel.

¡Y firmé! Suscribí la muerte. Accedí con mi rúbrica a que fusilaran a aquellos muchachos que ni siquiera conocía. Apenas sabía qué habían hecho. Cuáles eran los delitos por lo que les pedían pena máxima.

Y ésa, mi firma, contribuyó a que los pararan delante de un maldito poste de un paredón de fusilamiento. Mi firma favoreció el tiro de gracia que les dieron en sus sienes. Todavía imagino sus cabezas destrozadas por las balas asesinas que los privaron de sus vidas jóvenes que sólo aspiraban a vivir libres fuera de aquí.

Sí, soy culpable. También muchos otros que se llaman intelectuales y todavía andan por ahí escribiendo, tienen culpa. Es de todos. De todos los que sostenemos con nuestro miedo que siga pasando.

Ni siquiera escribiendo esto me siento mejor. Solo quería decírmelo una vez más. Que soy un cobarde. Al menos ahora he podido escribir. He podido poner mis dedos en mi vieja máquina para dejar plasmado lo que he hecho.

Porque esa firma no sólo consintió sus muertes. Accedió también a la mía propia. Ese día murieron ellos. También yo.