



ENTRE ILEGALES, DERECHOS Y LIBERTADES
Por Iliana Curra, Miami
El tema migratorio en los Estados Unidos ha pasado a ser, prácticamente, una prioridad de todos. Desde el presidente George W. Bush, hasta el último de los ilegales que ha llegado hace apenas unas horas a esta gran nación, argumentan sobre el mismo.
La inmigración hacia los Estados Unidos se ha convertido en un negocio lucrativo para muchos países. Una industria al servicio de la economía y los bolsillos de mucha gente, pues las remesas son los ingresos más limpios que pueden recibir, sin tener que andar preocupándose por pagos aduanales, de impuestos, etc.
He estado escuchando innumerables comentarios radiales y televisivos en Miami sobre la situación de los que quieren llamar a toda costa: indocumentados. El no querer reconocer como ilegales a quienes viven sin documentos en este país, a mi opinión, es una demagogia típica de aquéllos que tratan de ganar popularidad en un tema que, a la larga, se convertirá en una seria batalla frontal. Sin descartar que será utilizado abiertamente en las elecciones políticas del país.
Las marchas, ahora pacíficas, que incluyen hasta alumnos de escuelas que se van de sus aulas para unirse a la exigencia de permanecer aquí, es caldo de cultivo que propiciará un movimiento antinorteamericano al estilo anti-guerra dirigido por la izquierda extremista que, nadie duda, pudiera estar detrás de todo esto.
También escuché a un periodista de la radio local defender desaforadamente a los ilegales y comenzar una sospechosa campaña en contra de la comunidad cubana que, según él, era indiferente a los sufridos ilegales porque no los apoyaban en las marchas y protestas planificadas para exigir la residencia en los Estados Unidos.
Los ya gastados argumentos de que “vienen solo a trabajar”, “no son criminales”, “pagan impuestos”, y “hacen el trabajo que los gringos no quieren hacer”, me parecen slogans previamente caracterizados para asumir una actitud de víctimas del imperio, que no me convencen.
Estamos hablando de una cifra aproximada de 12 millones de ilegales en un país que históricamente ha dado la bienvenida a millones de inmigrantes de todos los confines del planeta. Aunque también creo, todo tiene un límite.
Otro de los argumentos es que ellos no reciben ayuda y que tampoco la piden. Teniendo en cuenta su ilegalidad no tienen derecho a recibirla, pero sí sus hijos nacidos en este país, que de hecho son ciudadanos norteamericanos. Ellos reciben todas las prebendas que un ciudadano de esta nación se merece, y pudiéramos estar hablando de unos cuantos millones.
Estoy absolutamente convencida de que América Latina, víctima de la corrupción gubernamental y dictaduras militares, incluyendo a Cuba por supuesto, han hecho que su gente, hambreada y reprimida, haya buscado refugio en la nación más grande del mundo. Pero exigirle a los Estados Unidos que tenga que acogerlos, es realmente una imposición nada razonable.
Culpar a los cubanos exiliados de no apoyar a los ilegales, tampoco creo que sea justo. Los cubanos nos hemos sentido realmente solos por casi cinco décadas de dictadura militar en Cuba, mientras que la gran mayoría de estos hermanos latinoamericanos han sido totalmente indiferentes a nuestro dolor. No se puede exigir solidaridad cuando jamás la han tenido con otros. Y no estoy generalizando. Es un análisis más bien, general.
Sobre los slogans creados para confundir, creo que están demás. A este país hay que venir a trabajar, de eso no hay dudas. Esta es una gran nación porque se trabaja de verdad. De otro modo sería imposible vivir con el estándar de vida que se tiene aquí. Que “no son criminales”, nadie lo duda. La mayoría no, pero una minoría es bastante violenta y de hecho han sido devueltos a sus países una gran cantidad de criminales partícipes de pandillas, llámense Maras Salvatruchas o cualquier otro nombre. Otros tantos andan por ahí, sin identidad y violando las leyes diariamente. Cualquiera que se de una vuelta por barrios exclusivamente latinos pudiera ver sin mucha dificultad, desde prostitutas hasta fumadores de marihuana y otras yerbas aromáticas.
Que “hacen el trabajo que los gringos no quieren hacer”, es otra falacia. El hecho de que empleadores abusadores paguen salarios por debajo de lo que deben a gentes que carecen de documentos legales, es lo que ha permitido que éstos ocupen empleos que no pudieran ocupar aquellos que son legales o nacidos en este país, pues estos sí exigen que se les pague un salario decoroso y no están dispuestos a que los atropellen. Reconocer que ellos hacen este tipo de trabajo pagado miserablemente y que por ese motivo debieran quedarse, es aceptar el atropello justificándolo de la peor manera.
Y lo de pagar los impuestos es relativo, ya que se pagan impuestos según tus ingresos, y si cobras por la “izquierda”, ¿quién puede hacerte declarar una cifra verdadera?
Y querer confrontar al exilio cubano contra los ilegales porque supuestamente no los apoyan, es bien dudoso, teniendo en cuenta la campaña cotidiana de algunos apologistas del régimen de La Habana contra los que han mantenido por tantos años los deseos de libertad y democracia para una Cuba sometida por un vejete dictador que ya no convence a nadie. Excepto a los comprometidos de su mafia.
El problema es que, ya los cubanos recogieron tomates, fregaron platos y sirvieron como empleadas domésticas y otros empleos parecidos, pero en vez de protestar, lo que hicieron fue superarse.
Este tema, extremadamente sensible, debería resolverse de la mejor manera. Le corresponde al gobierno norteamericano decidir qué hará con tantos millones de seres humanos que andan ocultos, y no tan ocultos por todo el país, pero no tienen obligación alguna porque este sea o no un país de inmigrantes. Más que todo, es un país de leyes.
Y referente a que los cubanos tenemos un status especial en cuanto a la inmigración, todo el mundo conoce los motivos del por qué. No obstante, a todos aquéllos que nos critican y desean que estemos en el mismo saco, tengo una proposición: nos quedamos los cubanos con una Cuba libre y democrática, donde les aseguro que nadie tendrá que salir en balsa, ni en los trenes de aterrizaje de un avión, ni llegar a Honduras remando, ni tener que cruzar el peligroso Canal de La Mona, ni pasar la frontera mexicana donde los nativos de allí hasta les roban todo lo que llevan encima. Ni llegar a los cayos con los pies secos, ni mojados, ni exprimidos.
Simplemente, les entregamos al vejete de verde olivo y nos quedamos con la libertad. Todo lo demás que se diga, es pura envidia.