



LAS TURBAS DE CASTRO… HASTA UN DIA
Por Iliana Curra, Miami
Las turbas castristas están envalentonadas. Hasta dejan grabados sus rostros para que, en un futuro, nadie pueda cuestionarse que lo que hacían, era con el deseo propio de los típicos porristas de siempre.
Rodear la casa de los opositores al régimen, gritarles ofensas y hasta agredirlos, es parte de un programa bien establecido y dirigido por la Seguridad del Estado, la misma que intenta destruir la oposición a toda costa. Nunca les ha importado la opinión pública internacional. ¡Ni falta que hace! Esa misma opinión pública vira el rostro para no ver más allá de lo que le conviene.
Pero no hay lugar a dudas de que las turbas están engreídas en su poder represivo amparadas por un régimen que no respeta los más elementales derechos, ni le importa matar, si fuera preciso. Muchos están ahí, gritando desaforadamente palabras obscenas y atacando físicamente porque se sienten bien haciéndolo. Es parte del quehacer de un régimen totalitario que les provee las condiciones y el permiso necesario para hacerlo. Aparentar al pueblo revolucionario e indignado, es el juego de la dictadura militar, como si de esa forma se pudiera quitar de encima la responsabilidad de lo que está sucediendo. Pero la realidad es que los opositores no tienen miedo. Lo demuestran a diario, enfrentando con valentía la represión permanente de un sistema que se escuda tras las turbas violentas compuestas por comunistas que nada se diferencian de los fascistas de Benito Mussolini, ni de los Camisas Pardas de Adolfo Hitler, una chusma camorrista cuando termina su función de reprimir y regresa a sus casas, no encuentran ni siquiera qué comer.
Viven en la penumbra permanente de los apagones eléctricos y tienen que cargar agua en cubos desde un camión cisterna para poderse bañar.
Son los bravucones que a nada temen porque están respaldados por el régimen que los escolta con carros patrulleros y policías en las esquinas. Protegidos y dirigidos, se sienten con la suficiente autoridad para golpear cuando sea necesario, porque las calles son de ellos, de los revolucionarios de barricadas que viven en la miseria espiritual que les provee un sistema que solo funciona flagelando a los que no se someten. Pero esos porristas tendrán un fin, al igual que el sistema que los engendra. Que no digan luego que fueron obligados, porque a nadie se obliga a rodear una vivienda humilde para evitar que salgan, ni siquiera a atenderse con un médico.
Los comunistas de Castro creen que la vida termina con ellos. No se dan cuenta que el tiempo sigue pasando y que Cuba se librará de esa plaga de facinerosos que un día tomaron el poder por la fuerza y que, a partir de ese momento, surgirá una nación que partirá desde la base de la justicia, porque sin ella no habrá una verdadera emancipación.
Las hordas salvajes que hoy reprimen a indefensos opositores demostrando su cobardía hasta el máximo tendrán que rendir cuentas por todos esos abusos y arbitrariedades. Nadie comete esas atrocidades obligado por el régimen. Solo siguen las instrucciones al pie de la letra porque son parte de esa maquinaria represiva que construyeron hace casi cinco décadas para imponer una dictadura ansiosa de poder y sangre.
Que nadie se equivoque. Todo esto se recordará como parte de la historia negra y triste que ha padecido el pueblo cubano por tanto tiempo, del mismo modo que tampoco olvidaremos las atrocidades y los crímenes cometidos. No habrá revanchas, ni venganzas personales. Habrá, sencillamente, justicia.