



Por Chantal Delsol, Fuente Valores Actuales, enviado por PEDRO G. DE CESPEDES, Miami http://www.diario7.com.ar/nota_completa.php?id=4172 mayo 11
Por primera vez desde hace varios lustros, y sin duda alguna desde la guerra, un candidato superior, capaz de ganar, propone un discurso francamente de derecha.
Hasta ahora, tuvimos muchos candidatos y dirigentes de derecha, pero retorcidos, acomplejados, vergonzosos de su propia existencia, de derecha sin decirlo.
Jacques Chirac, a lo largo de su reinado inmenso y vacío, expresó sólo una sola convicción fuerte: que detestaba la pena de muerte. Es así como Juan-María Le Pen prosperaba: sobre el asco de los electores de derecha a quienes se forzaba a avanzar disfrazados.
Creíamos desde hace mucho tiempo que si un día un candidato se atreviera a confesar que era de derecha sin que en seguida la vergüenza le subiera al rostro, entonces Pen perdería sus tropas.
Vemos pues formarse una bipolarización franca alrededor de los valores de ambos campos constitutivos del pensamiento político occidental desde la modernidad: la derecha y la izquierda.
Francisco Bayrou, dado que rechaza toda definición sobre si mismo como el dios de la Biblia, sirvió solamente exutorio para los descontentos de los ambos lados: unos que temían las debilidades de su candidata, y su costado tarta, los otros que temían los excesos del suyo y su costado bandido, tipo Atila.
Este bipolarización abre una posibilidad para Francia. No hay nada más sano que debatir entre las visiones del mundo. Y tal vez volvamos a reencontrarle el gusto.
Los "valores" indican una manera de comprender al hombre y de juzgar aquello que lo hace feliz. La derecha ve a un hombre responsable de sí mismo, ganando su destino por su propio mérito, e incorporado a sus comunidades pequeñas y grandes: de allí el discurso de Nicolás Sarkozy sobre el trabajo, el esfuerzo y el mérito, la familia y la identidad nacional.
La izquierda ve al hombre menos interesado en conseguir las cosas por él mismo que en recibir tanto como su vecino, o prefiriendo la igualdad a la libertad: de allí la importancia que da al Estado; privilegia lo universal con relación a las identidades culturales, destinadas a desaparecer con el progreso.
Sin embargo Ségolène Royal no desarrolló verdaderamente un discurso de este género. Porque, ella lo sabe, Francia ha sido tan gobernada a la izquierda, por la derecha como por la izquierda, que los valores de izquierda se han realizado hasta el hartazgo: casi quedan solo Olivier Besancenot o Arlette Laguiller para reclamar que el Estado intervenga todavía más y para igualar todavía más. Un pequeño esfuerzo adicional y llegaríamos al nivel de Cuba.
Por otra parte, Ségolène Royal , como la mayoría de sus amigos, sabe muy bien que Francia tiene mucha necesidad de valorizar el esfuerzo y el trabajo (delante de millones de beneficiarios cansados de no hacer nada), o de valorizar la identidad nacional (con el fin de saber lo que queremos hacer de Francia: la agencia universal de pago de asignaciones, o un país de cultura europea, que conserve sus tradiciones de libertad y que considere a las mujeres como adultas).
En realidad, Ségolène Royal tiene ideas de derecha (lo que aparecía claramente al principio de su campaña), pero sigue, investidura obliga, la doxa impuesta por su partido, la cual doxa es insípida, porque, sin marxismo, la izquierda francesa no sabe pensar más. También se contenta ella, para desmarcarse de su adversario, de intenciones demasiado generales para ser cumplidas. Ella habla de "humanismo ", como si todo el mundo no lo fuera a su manera, y son las manera lo que marca los límites. Ella reclama una «orden justo», como si la derecha pudiera querer un orden injusto.
En síntesis, es burlarse del mundo o más bien más no saber que decir: todo el mundo desea la justicia, la diferencia está en que la derecha la hace pasar primero por el esfuerzo y el mérito, y la izquierda primero por la igualdad. O bien aspira a la libertad contra el orden predicado por su adversario: como si la izquierda nunca había querido el desorden.
Por primera vez desde bien mucho tiempo, nos encontramos delante de un discurso de derecha preciso y comprometido, y un discurso de izquierda general y débil; antes, fue siempre lo contrario.
Cualquiera que sea la importancia de las palabras, el problema será aplicar luego lo que ha sido dicho, y ese es otro asunto. Si una buena mitad de los franceses honran el trabajo y el esfuerzo, muchos de ellos, a veces los mismos, viven de las buenas gracias del Estado y trabajan tan poco que nos preguntamos cómo es que el país todavía se mantiene de pie.
Predicar sobre los valores está al alcance de cualquier cretino recién llegado. Realizarlos en la existencia está a menudo hasta fuera de alcance de los mejores. Allí es donde hará falta coraje: hacer pasar su propia carrera después de la realización del propio discurso. ¿Es esto posible en nuestra democracia "people", donde las apariencias parecen reemplazar demasiado a menudo a la vida? Sería en todo caso un "scoop". Y una sorpresa magnífica, en la que apenas me atrevo a creer.
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(fragmento)
Por Eric Dupin (*) ...... Más allá del enfrentamiento derecha-izquierda y choque de las personalidades, el duelo entre Royal y Sarkozy habrá opuesto dos maneras hechas contrastar de hacer de política. La candidata del PS privilegió la comunicación mientras que el de UMP se jugó a la propaganda.
Ésta es antes que nada una batalla de ideas. «Llevo a cabo un combate ideológico», asume Sarkozy, que se esforzó por reorganizar su campo.
El campeón de la derecha articula su programa y sus valores sin temer de recurrir a numerosos simplismos demagógicos. Opta claramente por la movilización de los más convencidos. Con él, es una derecha ofensiva y preparada que llevó al frente.
La práctica de Royal sitúa casi en el opuesto. Confiada en su intuición, convencida de estar en fase con los humores de la sociedad, la candidata del PS procuró imponerse por la comunicación. Ella prefiere la imagen a la argumentación, el eslogan al raciocinio, la impresión a la demostración. Ella dialoga con la opinión tal como es, se va adaptando a sus contradicciones y sus evoluciones.
Jugando la carta de la encarnación, presentándose animada por una «cólera sana», Siendo realista se esfuerza por capitalizar las preocupaciones populares. Este juego de espejo con la ideología dominante la arrastra hacia orientaciones inquietantes para una izquierda además poco segura en sus convicciones.
La elección de Sarkozy sería también una victoria de la vieja propaganda sobre esta moderna comunicación.
(*) Periodista y profesor en Ciencias Políticas. Fuente Le Figaro Traducido y enviado por Pablo López Herrera Infórmese en www.diario7.com.ar
"No hay nada más sano que debatir entre las visiones del mundo. Y tal vez volvamos a reencontrarle el gusto".