PERROS DE MAR

 

 

 

Por Esteban Casañas Lostal, Montreal, Canadá

El perro es el mejor amigo del hombre, y el perro es el mejor amigo de otro perro, eso ya lo sabemos todos. Pero hay perros distintos, jerarcas, policías, vagabundos, animales que saben distinguir por las charreteras o comodidades de un camarote, no tengo la menor duda de ello.

Rinti era un tripulante más en nuestro buque y había que observarlo cuando se encontraba de guardia en el portalón, no se le podía pasar gato por liebre. Como se las arreglaba no sé, eran cosas de animales, pero el tipo era capaz de distinguir a un tripulante entre las tantas personas que abordaban cuando estábamos atracados.

No era muy sociable tampoco, entre flemático y sanguíneo era su temperamento, puede que sean las razones de su conducta unas veces indiferente y otras agresivas. Cuando le parecía, se acercaba a ti moviendo la cola, pero eso no ocurría con mucha frecuencia y creo que las largas navegaciones lo afectaban tanto como a nosotros. No era sencillo vivir en esa especie de convento flotante donde nuestras vidas se acercaban a la de cualquier monje.

Su dueño era el capitán del buque; Raúl era un treintón en aquella época y muy bien pudo ser influenciado por las aventuras de Rintintín para bautizar a su perro con ese nombre. De haber sido más joven, solo hubiera tenido como opción al perro de los tres tanquistas polacos, y un poco más acá, el nombre del animal hubiera comenzado con "Y" griega igual que la de los amos. Como es de suponer, Rinti vivía en su camarote y pocas veces bajaba a la chusmita. Todo parece indicar que no era de su agrado las relaciones con la gente de ese mundo algo bajo de los marineros; bueno, los camarotes de ellos se encuentran por lo general a la altura de la cubierta principal.

Lo veía con relativa frecuencia por el puente cuando iba a mis guardias de timonel, Rinti al lado de su amo, tirado junto a la butaca exclusiva del capitán. Unas veces en el cuarto de derrota, donde casi siempre esperaba acostado cómodamente en el sofá. Otras ocasiones en el alerón del puente observando a su amo cuando bajaba las estrellas, pero siempre a una distancia de su dueño no superior al metro, lo admiraba por esa fidelidad.

Pertenecía a una generación de pastores alemanes, pero vaya usted a saber cuál, porque nosotros siempre lo vimos como un gran animal hasta un día, después de esa fecha, Rinti era un choteado tan fuera de fonda como nosotros. Sus actividades eran bien limitadas a bordo, subir al puente de vez en cuando, acudir al llamado de la campana del comedor y permanecer aburrido junto a Raúl cada vez que había cualquier asamblea. Pertenecía al grupo que presidía todas las asambleas y reuniones, pero sin derecho a voz ni voto. Era el único afortunado entre toda la tripulación que lo excluía de esa hoy envejecida manera de comer mierda y tratar de arreglar el mundo desde el infinito mismo de un océano.

Cuando alguna intervención era realizada con mucha energía, Rinti levantaba las orejas, otras veces abría uno de los ojos con desgano y después continuaba en ese agobiante letargo que se extendía por más de tres horas. Algunas veces colaboraba con la tripulación y obligaba a concluir esas reuniones cuando se encontraba en el punto de "asuntos generales", ya saben que es el momento crucial y donde se desbordan todas las fosas mentales. Rinti se sonaba un peo silencioso, ustedes saben que esos son los más dañinos y peligrosos. Luego, le encontramos una explicación justa a esa actitud saboteadora y lo perdonábamos. El animal había sufrido como todos nosotros esos cambios propios de la etapa revolucionaria en sus comienzos románticos, donde las culpas de nuestros sufrimientos siempre iban a parar a 90 millas de distancia. Por ser precisamente un animal, aunque con muchos más privilegios que cualquier ser humano en la Isla, esos cambios lo afectaron mucho y le producían esos nocivos gases estomacales, era lógico que así sucediera.

Nuestra dieta empeoraba cada día por las causas que ya conocen y que a nosotros nos informaron a su debido tiempo. Al principio de esa gran batalla librada por nuestro pueblo en contra del Gigante del Norte, se hizo muy común la aparición de muchas partes de los motores de las vacas en nuestro almuerzo. Un día nos tocaba riñones, otro día corazón, otro día panza, hígado, lengua, etc. ¡Claro! Ni con tanta frecuencia tampoco, supongamos que dos veces por semana y que los días restantes correspondían a las tropas blindadas que enviaban los hermanitos del campo socialista. En fin, pudimos aprendernos como expertos veterinarios todo lo concerniente a las vísceras de esos animales. Un poco más tarde iban desapareciendo todos los componentes de las carrocerías de las vacas y algunas de las piezas de sus motores se convirtieron en artículos de lujo. De esa manera, el hígado pasó junto al corazón, riñones y lengua a jugar en las grandes ligas de la cena. Mientras eso sucedía no existía problemas con el estómago de Rinti y aquellas reuniones dedicadas a arreglar al mundo duraban entre cuatro y cinco horas.

Pero el 'bloqueo' se hizo más cruel o las vacas cubanas nacían sin vísceras, como quiera que haya sido, nuestra dieta dio un cambio drástico y aquellas piezas se fueron extinguiendo como los dinosaurios. Fue de esa sencilla manera que las tropas blindadas del campo socialista se encargaron de la dura batalla del almuerzo y aparecieron los temibles ajíes y coles rellenos de Bulgaria, spam, carne rusa, carne china, macarela japonesa y por supuesto, las temibles latas de tronchos de pescado cubanos. Bueno, todo esto hubiera resultado un exquisito manjar durante el período especial, pero pocos imaginan los desastrosos efectos en nuestros abusados estómagos y la cantidad de marinos sufriendo gastritis y úlceras. (cont.)

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