TRAPOS NEGROS NO TAPARAN AL SOL

Por Esteban Casañas Lostal, Montreal, Canadá

Siempre que leo o escucho noticias sobre Cuba y las comento con alguien, es inevitable el escape de una expresión muy familiar entre nosotros; ¡Escapamos!

Algo similar debe ocurrirle a miles de los nuestros. Es casi una obligación regresar hasta aquella hoy maldecida isla por mucho que trate de borrar heridas. Maldecida digo y no es que sea por un sentimiento nuestro o mío en particular. Maldecida digo por la desgracia de sistema que nos tocó vivir un día y que la ha convertido en un deplorable laboratorio.

La salida más sencilla a todos esos sentimientos encontrados sería olvidarla y tratar de vivir lo mejor posible en el punto geográfico que el destino colocó en nuestro paso por la Tierra, esa es la actitud asumida por muchos. Otros, los inconformes como yo, no renunciamos a callarnos mientras allí exista algo que nos ate fuertemente.

Hablemos de amigos, familiares, conocidos, o simplemente quede una columna en pie donde un día nos recostáramos hablando con una novia, o sobreviva un contén donde posamos las nalgas esperando una guagua, o un simple flamboyán donde el sol no quemara nuestras esperanzas.

Así y por esos devaneos de la vida, me encuentro en intermitentes retrocesos de tiempo y lugar. Caigo y me asfixio, salto y vuelvo a respirar, escapo nuevamente, pero mi mente continúa allí, al lado de aquellos desgraciados que no tuvieron mi suerte y quedaron atrapados en una jaula despreciada por unos y añorada por otros.

Hablar de mi país me arrastra por  ese angosto sendero cargado de recuerdos, unas veces agradables y otros tan salobres como nuestras pieles a mediodía. Debo embarcar nuevamente en aquellas naves a las que amé tanto como a una mujer, así éramos los marinos entonces, muy diferente a esa ola de rateros y contrabandistas que pertenecieron al hombre nuevo. Fueron aquellos viajes al exterior los que lograron sacarme de esa inocencia conflictiva que se respira en la Isla. Y claro que sí, aquellos viajes me convirtieron de la noche a la mañana en un adulto precoz. ¡Mierda de futuro nos espera! Fue un pensamiento que me acompañó durante muchos años como cargo de conciencia por un delito que no había cometido. Fue así, porque muy joven, recibí el impacto de esa realidad desconocida hasta hoy por muchos de esos desgraciados que en cada arranque de locuras se ven obligados a marchar. Marchar, gritar, aplaudir, desfilar, enarbolar banderas sin sentido, pero, por encima de ellas sobresale algo que siempre he detestado, aplaudir y reír, aplaudir y aprobar lo que no sientes.

Se requiere un esfuerzo celestial para soportar vivir así toda una vida, para morir sin encontrar al yo que yo fui y poder gritarlo. Se requiere mucho valor o desesperación para partir en una balsa después de tanto marchar, para arribar a una tierra extraña sin saber que nos espera allí, sin saber cuando coño regresar. Cobardes para unos, valientes para otros. Cobardes para unos que se quedan y esperan por la mesada mientras marchan con el rostro oculto. Valientes para muchos que se quedan y marchan igual, y esperan su mesada. Pobres de aquellos que no se quedaron o llegaron, que no pudieron enviar nada, gente olvidada o que muchos se empeñan en olvidar.

En ese paso de la inocencia a la aventura de la adultez, pude viajar y conocer mucho, tuve ese privilegio de no ser ciego, cuestionar sobre el bien y el mal, oportunidad negada a todo un pueblo sometido a una de las más brutales y despiadadas tiranías de todos los tiempos.

Mis primeros contactos con el mundo exterior se realizaron en frecuentes visitas a países capitalistas desarrollados. Luego, mi curiosidad me empujaba un poco más allá de las vitrinas. Mis ansias por conocer el modelo de sociedad utilizado para trazar el futuro de mi país se convirtió en una extraña obsesión.

La China de Mao Tsé Tung no fue concebida dentro de mi imaginación como ese fin perseguido por mi pueblo, la Corea de Kim Il Sung menos aún. Tendría que viajar necesariamente hasta la URSS, nuestra metrópoli y Madre Patria adoptiva para muchos. No fue nada sencillo lograr aquel propósito, los barcos soviéticos viajaban hasta La Habana y en muy pocas oportunidades esos viajes fueron realizados por los nuestros. No fue hasta mediados de los setenta en que se fue abriendo una brecha, la pude aprovechar luego de renunciar a cosas materiales hoy sin importancia, imprescindibles ayer. Ese contacto directo con aquel país y la mayoría de los que giraban en su órbita me condujeron a una sola conclusión, el futuro de Cuba sería una mierda.

Creo que no me equivoqué entonces y a pesar de mi juventud. Ya estamos en condiciones de hablar sobre presente, pasado y futuro. El presente que se vive, corresponde a ese futuro vendido durante nuestro pasado inmediato. Tampoco fueron ligeras aquellas casi inmaduras conclusiones, era el resultado de una ecuación matemática muy simple. Si ellos con tantos años de supuesta revolución se encontraban así, nosotros con esa misma cantidad de años estaremos hechos mierda. El análisis pudo resultar sencillo si se tiene en cuenta que aquellos países sufrieron una guerra devastadora, la nuestra fue diferente, una guerra contra nosotros mismos, tratando de destruir todo lo que resultara "rezagos" del pasado. Tratar de ocultar esa realidad es solo aceptable por ciegos de ojos y alma. Algo existía en común entre todas esas "dictaduras del proletariado", y que logra su máxima expresión en la tiranía castrista. Bueno, puntos de coincidencia fueron muchos, pero esa enfermiza y férrea disposición por mantener los ojos vendados de sus pueblos fue un arma que se mantuvo a la vanguardia. En mi paso por cada uno de aquellos países, comprobé el alto grado de desinformación de su población con relación al mundo exterior. Cuba no podía ser la excepción de la regla y su extremismo era comparable con los métodos aplicados por la China de Mao, la Corea de Kim y la Rumanía de Ceausescu.

PORTADA
CONDICIONES DE USO
CONTACTOS