



ellos y de Luna de Miel con los rusitos. Los de ojitos rasgados acusaban a los 'bolos' de “revisionistas” y ellos le pateaban la bola con igual acusación. Nos pedían mucha prudencia y discreción cuando la visitábamos. No podíamos hablar mal de los bolos, ni darles la razón a los asiáticos. ¡Qué clase de drama para el que gustaba tomarse una cerveza y después de la tercera tratar de arreglar el mundo! Todos vestían igualitos, muy uniformados, gris o azul con una medalla roja y la figura dorada del amado Mao en el pecho. Shangai se encontraba pintado color de churre, muy enmohecido por la ausencia de pintura desde que el vejete llegó al poder y ausencia total de putas que nos dieran la bienvenida. Viajes casi diarios hasta el Seaman Club a jugar ping-pong entre nosotros y beber alguna cerveza Tsingtao.
Ausencia total de pobladores, solo los empleados que seguramente trabajaban para la inteligencia china, como en la isla. Alguno de ellos siempre se encargaba de llevarnos hasta la librería del local y nos decía que podíamos servirnos con cualquier ejemplar de los existentes. Todos eran gratis y de un solo autor, Mao. Para ponernos a tono con la población, nos dejaban agarrar cualquier medallón del viejo. Los había de todos tamaños, colores y temas. Mao con un tren a su espalda, ese no me cuadraba, yo no era ferroviario. Mao con un avión que nadie podía volar, tampoco me cuadraba, yo no era piloto. Mao con un bus, una chiva, una vaca, una universidad. ¡Coño! ¿No hay ninguno del abuelito con una puta? Buscaba, buscaba y luego me conformaba con uno que tenía la proa de un barco. Cargaba varios de ellos para regalarlo a los fiñes de la cuadra y de paso le llevaran uno al chino bodeguero. Podíamos andar “libremente” por la calle, sí, entre comillas. Pocos metros a la salida del Seaman Club, alguno de ellos nos seguían y no podíamos identificarlos. Es tan difícil hacerlo con un chino en China como con un negro en África, todos se parecen. Caminábamos por estirar las piernas porque en la calle no existía nada agradable que mirar y a pocas cuadras nos seguía todo un ejército de curiosos que nos observaban como terraterrestres. Nada de eso me convenía para Cuba, no lo imaginaba.
Corea del Norte fue la peor experiencia hasta ese instante, vestidos como los chinos, del mismo color y una tristeza que se podía sentir a distancia. No podíamos andar fuera de los límites del puerto y para bajar a observar los calados debía hacerlo con el pasaporte. Estaba terminantemente prohibido pescar, tal vez por temor, imagino, que le fueran a medir la profundidad al puerto. Nos colocaban bocinas muy cercanas al buque con una música de espanto, discursos, gritos, consignas, himnos de guerra y cuando por fin ponían alguna música era para despedir un funeral. Nuestra diversión consistía en pedirle al conductor de la vieja locomotora de vapor que sonara el pito, poco nos importaba la hora, luego nos regañaron por hacerlo de madrugada. De todas maneras continué haciéndolo y ya el coreano me conocía y lo hacía sin solicitarlo. Era bellísimo aquel artefacto que conservaban brillante por orden quizás del Partido. En su proa mostraba un dorado y alado “Caballo de Chullima”, no sabía que carajo significaba. Para completar, estaba engalanada con una docena de banderitas que flotaban muy alegres y le daban el aspecto de una carroza de carnaval. Gocé tanto que los días se alargaron demasiado y todo se convirtió en una tortura, tenía deseos de largarme al carajo de aquel otro paraíso que nos vendían en Cuba. Descartada cualquier probabilidad de que esos sitios fueran “socialistas”, mi mente me atrapó en el insano deseo de conocer cual sería nuestro futuro. Algo siempre me preocupó y me preguntaba, ¿por qué los barcos de los países socialistas pueden visitar a la isla y nosotros no podemos llegar hasta el de ellos? ¿Intriga, misterio, cuestión de seguridad nacional, secretos de estado, no quieren que miremos? Con lo comunicativos que somos los cubanos, hummmmm.
Ese día llegó en el año 74', viajaría hasta Varna a bordo del buque Renato Guitart. Hacía muy pocos días que le cambiaron el nombre de “Jade Islands’ por uno un poco más caribeño. Daría ese viaje con una de las tripulaciones más divertidas que conocí en nuestra flota, lo eran tanto, que arribaron con tres cadáveres en su nevera por ingerir alcohol metílico. No puede negarse que eran unos chicos contentos que solo se preocupaban por beber y relacionarse con trabajadoras sociales, algo reprimidas entonces por practicar la profesión más antigua de la humanidad.
Yo era Segundo Oficial y militaba en la UJC por obra y gracia del Espíritu Santo, no podía decir que no en aquellos tiempos. Ya lo he dicho, si lo hubiera hecho no estaría escribiendo estas notas. Sin embargo, esa militancia a bordo del Renato era sumamente musical. No se realizaba ningún tipo de reunión, círculo de estudios, asambleas, nada. Nosotros estábamos diseñados para divertirnos y lo demostramos el día de la fiesta del cambio de nombre y bandera, ya escribí sobre ese acontecimiento y la bronca de dos mujeres dentro de la guagua. Expósito, su Primer Cocinero, era el Secretario del Partido, pero a saber, tuvo que ser de uno muy particular. Él mismo nos daba las orientaciones de llenar todos los informes de las organizaciones con las tareas y planes de trabajo cumplidos, éramos ejemplares ante los ojos de aquellos idiotas que desde La Habana deseaban controlar nuestras vidas.
Durante el viaje de subida hasta Bulgaria, cada uno de los tripulantes se encargó de llenarme la mente de ilusiones. Me hablaron muy bien del trato de los búlgaros y la belleza de sus mujeres, mezcla de varias razas con un amplio dominio del color trigueño. Me pusieron al corriente de los precios, mucha más barata la bebida que en otros países. El cambio de la Leva se encontraba a seis por un dólar y una botella de Havana Club tenía ese precio en el casino ubicado a la entrada del bosque que rodea su costa muy cercana al puerto. Ya estaba ansioso por llegar a un mundo desconocido y que marcaría lo que sería el camino a seguir por mi país.
Cabo Galata, ¿cómo poder olvidarlo? Lo tomaba de referencia para recalar a Varna y puse mucha atención cuando preparé la derrota a las recomendaciones de Tony para evitar una zona minada de la Segunda Guerra Mundial. Ya les mencioné el incidente ocurrido en el puente entre él y el Capitán Ferreiro cuando se metieron el viaje anterior en esa área.
Nuestro período de fondeo se extendió por un mes, tiempo durante el cual no prestaron servicio de lancha porque el buque no estaba despachado y nosotros no podíamos bajar a tierra. No me desilusioné por ello, eso mismo ocurría en La Habana y supuse que los copiábamos muy bien. Durante el día no me cansaba de observar con los binoculares, como tratando de descubrir algo imposible, soñando quizás. Ninguna embarcación privada se acercó a nosotros, seguramente no existen, ¡he aquí otra coincidencia! Vamos bien hacia el socialismo, no tengo la menor duda. Tuvo que ser muy aburrido todo ese tiempo de espera, solo que han pasado 37 años, debo rescatar los detalles entre la espesa bruma que insiste en borrar mis memorias. Sin televisor a bordo, ¡es verdad!, no lo teníamos. ¿Y si lo tuviéramos, cómo sería la programación de ellos? Imagino que tan aburrida como la nuestra, no tanto como la china o coreana, pero aburrida. Así debe ser en el socialismo, lo demás, es pura propaganda capitalista y desviaciones ideológicas. ¡Vamos bien! Solo estoy especulando, no he bajado a tierra. No hay pacotilla, me informaron algunos tripulantes. Bueno, ese debe ser el precio a pagar por mi curiosidad. Otra accidental coincidencia con nosotros, en la isla no hay dónde amarrar la chiva. No me preocupé demasiado, nunca fui pacotillero.
Pasamos los límites del rompeolas y atracamos en un muelle cercano a él y la estación de lanchas rápidas Kometa. Otro punto en común, las teníamos allá también y viajaban de Gerona a Batabanó. Ese día llegué de guardia y no pude bajar a tierra, al menos comimos algo mejor con los víveres recibidos. Los embarqué junto a la brigada de guardia y todito me resultó familiar. Usaban los mismos pomos de nosotros para envasar la cerveza, confituras y otras conservas, eran los del CAME. ¡Sí!, hacía dos años que estábamos dentro de esa organización, ¿cómo pude olvidarlo? Desde el portalón observaba pasar los mismos camiones y montacargas rusos que operaban en nuestros puertos. Hambrientos consumidores de petróleo que despachaban por sus tubos de escapes una densa humareda negra, igualito que en Cuba. Recuerdo que nadie hablaba de la contaminación ambiental y menos del calentamiento de la tierra. Bueno, era verano y las temperaturas eran muy agradables. ¡Coño! Yo creo que nosotros ya llegamos al socialismo, solo necesito ver lo que se esconde detrás del muro que bordea el puerto.
Al día siguiente en la tarde bajé a tierra con Madrigal, era un 'jabao' engrasador muy divertido, ya he dicho que así eran todos en ese buque, hasta los viejos. Afinamos mucho durante todas las guardias, cuando salíamos a las cuatro de la mañana íbamos directo a la cocina. Donde después de espantar a unas 15 o 20, colábamos café y nos preparábamos algo de desayuno. Usaba aquel peinado “afro” de los negros norteamericanos en los setenta que yo mismo encontraba atractivo. Vestíamos a la moda, pantalón campana, zapatos de plataforma y camisas con cuellos de picos bien pronunciados. Esa ropa la comprábamos en puertos baratos como los españoles, donde con 1,000 pesetas era suficiente para vestirnos de pies a cabeza. También lo podíamos adquirir en las placitas de Rótterdam, Hong Kong, Amberes, etc., escapábamos. Vestíamos bien, apestábamos a perfume Galardón o Tulipán Negro que comprábamos por litros y nos encontrábamos en un país donde podíamos hacer algo con la miseria que nos pagaban, cinco dólares semanales. Eso sí, una vez en la calle, comprobé que nosotros vestíamos mejor que los búlgaros y ellos mucho más elegantes que el pueblo cubano. Creo que en eso nos superaba el socialismo de aquel país, en la isla solo vestían bien los dirigentes, marinos, pilotos y segurozos. Bueno, los dirigentes y segurozos amaban mucho las “guayaberas”, eran símbolos de poder que se completaban si tenían en el bolsillo algún tabaco y en el otro algún bolígrafo producido por el “capitalismo cruel”. Eso sí, las guayaberas debían ser confeccionadas en Panamá y estar bordadas.
A la salida del puerto hay un parquecito donde existían dos kioscos que vendían cerveza, refrescos y confituras. Estaban mejor abastecidos que los de nuestra tierra y no tenían formadas aquellas angustiosas colas que conocíamos. Nos detuvimos y consumimos unas cervezas para coger impulso, muy cercana a nosotros se encontraba la estación central de trenes. Desde un banco disfrutábamos el constante ir y venir de gente vestida al estilo europeo, mujeres muy bellas como las descritas por los viejos tripulantes de aquel buque. Cuando nos cansamos de mirar y mojamos bien nuestras gargantas, emprendimos nuestro recorrido ascendente por la calle Tsar Simeon I. No crean que he recordado ese nombre, tengo abierto el Google Maps. Puede ser que en aquellos tiempos se llamara Jorge Dimitrov o Lenin, quién pudiera saberlo. Hicimos otra parada en el café-bar Odessa, era uno de los más elegantes de esa zona y muy concurrido por los nacionales. Se encontraba en la esquina de esa calle con Tsambrod, tal vez me equivoque y haya sido en la esquina continua formada con la calle Sofroniy Vrachanski. Allí pedimos una jarra de cerveza y nos asombramos con el precio, no llegaba a costar una leva. Permanecimos muy quietos, observando el panorama, era cierto, las mujeres búlgaras son encantadoras. Al rato decidimos caminar un poco por esa zona y de paso nos detuvimos en algunas vidrieras de tiendas. No existía margen de equivocación, la isla iba por buen camino. En aquellos tramos recorridos por Tsambrod y callecitas aledañas, las mercancías se repetían de un portal a otro. Los mismos zapatos de mujeres y hombres, iguales camisas, pantalones, vestidos, perfumes, etc., etc.
Todo era igual, estúpidamente monótono, diseñado posiblemente para ahorrarle energías a la gente y que no tuviera necesidad de caminar tanto, como ocurre aquí. Ideal para gente como yo que detesta meterse en una tienda ha “magacinear”, palabrita muy usada por los cubanos yumas.
Madrigal tampoco estaba para eso, no tenía perritos ni gaticos, lo suyo era vacilar. Entonces me propuso ir al Seaman Club de Varna y acepté inmediatamente. ¡Coño, que bueno! No me dejan entrar al de Cuba, pero al menos puedo hacerlo en otro país. Ya había visitado el de Corea y China, ahora sumo uno más. ¡Fíjense, esta es otra coincidencia! Los marinos chinos y coreanos no podían entrar a su Seaman Club, como suponía también el de Varna fuera vetado a los búlgaros. Pero la gente analiza esta situación con mente negativa, ¡no debe ser así! Lo que sucede es que no comprenden al socialismo, no disfrutan de los misterios, intrigas, secretos y todas sus puterías. ¡Eso lo hacían los gobiernos para divertirnos! No tiene ninguna gracia que yo me encontrara con un búlgaro, chino o coreano y cuando le preguntara por su Seaman, viniera el tipo de güevón y me lo describiera con lujos de detalles. ¡Cae mal! Es como si te contaran una película que no has visto y esa era la intención de nuestros gobiernos, divertirnos un poco. Entramos y se encontraba casi vacío, como los de la isla en aquellos tiempos, los griegos preferían salir a cazar griegueras. ¡No todo estaba tan mal! Los precios eran similares a los de la calle y se pagaba en moneda nacional, no en chavitos como en La Habana. Buena música y algo extraordinario, los búlgaros invitaban diariamente a grupo de muchachitas estudiantes para que compartieran con los marinos. ¿Qué les parece, cómo se pudiera interpretar esa acción de aquel gobierno? Bueno, se los dejo de tarea. Esa noche me empaté con Violeta, pero ese es un tema que dejo reservado para otra ocasión.
Varna era bellísimo, una ciudad muy limpia y su gente mucho más educada que la nuestra. Sí, vi a muchos gitanos, pero no me alarmé porque me recordaron a los palestinos que invadieron la capital cubana.¡Wao! Qué feliz fue ese viaje, partimos rumbo a Constanza para rellenar, mataba a dos pájaros de un tiro. Rumanía era otro sitio maravilloso y su gente muy parecida a la nuestra, claro, descuento a los negros. Mujeres sumamente bellas cuya lengua sonaba familiar, tenía sus raíces en el latín. Sin embargo, mientras más anduve por aquella ciudad, mi lástima y compasión adquirían dimensiones superlativas. Para que un cubano pudiera experimentar esos sentimientos, debe suponerse que la situación de ese país superaría en desgracias al nuestro y así fue. El cambio de “socialismo” del búlgaro al rumano fue muy brusco y no me gustó absolutamente nada. Si en Bulgaria se observaba alguna abundancia limitada y algo carente de calidad. Rumanía no se avergonzaba en mostrar sus miserias económicas y sociales. No puedo extenderme mucho porque ustedes se aburrirán y me mandarán al carajo, luego les hablaré un poco más de ese lugar situado en el Mar Negro.
Regresé a Cuba con las manos vacías y yo no tenía que dar muchas explicaciones en mi casa, culminaba un viaje de cero pacotilla. Lo peor de todo es que regresaría y hasta esos momentos me sentía contento, confiado de que estaba muy cerca de encontrar al “socialismo”. Mis queridos amigos, trato de devanarme los sesos y sintetizar al máximo lo que vi y quiero decir. Me rindo ante la impotencia, no puedo y debo continuar con otro capítulo. No se pueden torturar tantas palabras y emociones debido a ese encuentro mío con el “socialismo”. Acudo a esa vieja arma de las telenovelas y episodios, solo me queda una palabra, continuará.
No creo haya existido un marino cubano más deseoso por conocer el “campo socialista” que yo, arrastraba en mi estela más de una veintena de países visitados y solo tres de ellos no podían calificar como capitalistas. Viet Nam estaba hecho talco, hacía solo dos años que habían salido de una guerra. Yo estuve con ellos en el' 70 o 71', la memoria comienza a borrarse y debo apurarme.
China traicionó todas las ideas que me habían vendido sobre ella y desprecié la posibilidad de que Cuba la imitara. Nuestro país andaba peleadito con
