



revolucionarias.
Se confunde al héroe con un asesino por sus cualidades fotogénicas y al tribuno con el demagogo escaso de palabras, pero incendiario en su canto de sirena que logra enardecer almas.
Trece años transcurridos desde la publicación de aquella obra magistral,
donde se describía con ojo de águilas, nuestra peculiar manera de enfocar
los problemas de este podrido continente, no han servido de mucho. Los
idiotas de aquellos tiempos debemos pleitesía a los que vagan por estos
tiempos, debemos quitarnos el sombrero y reconocer que nos superan en
todos los aspectos.
La idiotez de aquellos mexicanos imbuidos en esas enfermizas ideas “revolucionarias” y el papel protagónico en su exportación o contaminación
de esta parte del mundo a cargo de los cubanos de mi generación, son
insignificantes cuando se observa el panorama actual. De poco ha servido
el fracaso y hundimiento de todo un imperio en la década de los ochenta.
No ha funcionado el ejemplo de una isla sumergida en la mierda y que se
derrumba ante los ojos de sus vecinos. El idiota actual prefiere vivir sus
propias experiencias, bucear más profundo en esa fosa de porquería donde
se ahoga Cuba desde hace medio siglo y duele.
Venezuela naufraga llevada de la mano por uno de los gobernantes más
cretinos que ha abortado este continente, lo hace ante el silencio de
todos sus vecinos, ante la misma complicidad sufrida por el pueblo cubano,
ante la indiferencia de organismos internacionales que solo han demostrado
servir de teatro a desagradables payasadas. Pero lo más triste no es eso,
duele ver diariamente a una parte de ese pueblo que clama y reclama la
existencia de un dictador. Indigna ver a hombres y mujeres marchando y
gritando por la soga de su cuello. ¿Hasta dónde llegará la estupidez del
ser humano? Nadie podrá establecer límites y menos en este continente tan
podrido.
Durante el agotador período de mandato de este nuevo gorila
latinoamericano, no han faltado pruebas de su paso depredador por ese
hermoso país. La inmoralidad impuesta actualmente, ha superado con creces
todos los errores de la derecha que sirvieron para colocarle la alfombra
roja a este descarado de magnitudes desconocidas para llegar al poder.
La violencia y el descontrol sobre la utilización inconsulta de las riquezas del país, es del pueblo y la comunidad internacional harto conocidos. Sin embargo, el silencio invade a los medios de prensa internacionales, mientras viajan de norte a sur y de este a oeste, maletines cargados con el producto de las riquezas de ese pueblo y su tierra.
De poco han servido todas las pruebas de su vinculación con
movimientos terroristas y traficantes de drogas, es más, todas ellas han
sido condenadas al silencio y olvido, pero resulta increíble aceptar que
esos detalles se puedan borrar fácilmente de la memoria de todo un pueblo.
Todo parece indicar que es cierto, el pueblo venezolano ha perdido
fatalmente la memoria. No lo condenemos a todos, hablemos de un cincuenta
por ciento de esa población, la misma que sale enardecida y vistiendo
camisas rojas a las marchas convocadas por un pichón de tirano, y grita
consignas que nos resultan aburridas y gastadas.
De nada han servido las manifestaciones de valentía de una parte de ese
pueblo, dignamente representados por sus estudiantes y esa gente valerosa
que lo arriesga todo por el futuro de su país. Venezuela ha elegido
hundirse en el “mar de la felicidad”, el mismo estercolero donde hace
medio siglo los cubanos nadan y escapan en rústicas balsas. ¿Hacia dónde
tirará la corriente a los balseros venezolanos? Aprovechen y estudien algo
de oceanografía ahora que quedan textos disponibles, luego será un poco
tarde y tendrán que lanzarse a esa aventura con total desconocimiento como
les ha ocurrido a los cubanos.
No hay espacio para las lágrimas y lamentaciones, cada pueblo tiene el
gobernante que se merece. Nosotros los cubanos nos ganamos la lotería con
Fidel Castro y sus cantos de sirena. ¡Pero, por Dios! Al tirano cubano se
le podía escuchar en una tribuna, solo a un pueblo idiotizado se le ocurre
escuchar y seguir la voz de un burro como ha ocurrido en Venezuela. ¡Pobre
pueblo venezolano! ¡Lástima de pueblo boliviano! ¡Misericordia tenga Dios
con los nicaragüenses! ¡Piedad deba tener el Señor con los ecuatorianos!
¡Que el perdón no le falte a los argentinos y su idolatría por un asesino universal! ¡Que el Señor proteja a Chile de las estupideces de su mandataria! ¡Misericordia, Señor! Para todos esos imbéciles que viajan hasta La Habana a condecorar al peor asesino parido en nuestra tierra.
¡Dios nos proteja de tanta mierda!
¡VENEZUELA, TE EQUIVOCASTE!
Cuando Plinio Apuleyo Mendoza, Alvaro Vargas Llosa y Carlos Alberto Montaner escribieron aquel famoso ensayo titulado “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, no pudieron imaginar que la estupidez humana adquiriría dimensiones catastróficas.
El mundo asiste silencioso y timorato a uno de los ensayos
más degradantes que ha sufrido la Humanidad, la conversión de un alto
porcentaje de sus habitantes en otros idiotas más perfectos que los
concebidos por aquellos autores.
Los daños producidos por las imbecilidades de viejas generaciones no resultan satisfactorios, es como si la historia de una gran parte de la Humanidad fuera escrita en papel sanitario no reciclable.
Nadie aprende con las experiencias pasadas, los hombres nacen ciegos y su sordera se agudiza con golpes de consignas que dicen