



Por Esteban Casañas Lostal, Montreal, Canadá
Ha pasado el tiempo y se puede hablar sin perjudicar a nadie, no existe aquella Marina de la que un dí me sentí orgulloso de pertenecer, desapareci la Empresa a la que tantos años dedicara de mi vida. La gente ha ido muriendo poco a poco, quizás la angustia por verlo todo perdido acelerara el final de sus vidas. No es sencillo prepararse con el sueñ de gastar la existencia en algo que tú amas y más tarde todo sea lanzado a un barranco profundo de la noche a la mañana. Me han contado que mucha de aquella gente andaba vendiendo pizzas caseras, hoy se lo han prohibido tambié, cada dí resulta más difcil vivir del invento y se hace más extensa la agonía.
Un cuadro no sólo sirve para poner fotos, diplomas o un paisaje cualquiera. Un cuadro puede ser un comemierda al que una vez le dijeron que lo era, no era obligatorio que fuera cuadrado o rectangular, pero muchos lo fueron. Bien cuadrados, tan cuadrados, que su figura humana desaparecía encerrada entre ángulos rectos y adquiría la perfecta geometría del buen hijoputa. No era dificil ser cuadro, no se exigí nivel educacional tampoco, un simple carnecito rojo con tres letras era el mejor pasaporte a ese estadio humano que te distingue de los demás y te crees superior. Si poseías residuos de lo que fuera el alma teñida de negro y la lengua liviana, eras el prototipo casi perfecto del cuadro que se buscaba. Cuadros políticos, cuadros administrativos, cuadros militares, cuadros, cuadros, y el cuadro dirigente, ese era el más destructivo en aquella isla cuadrada.
Ella lo era, lo fue hasta el día que sufrió una caída por leyes propias de la gravedad y entonces dejó de serlo. Luego, el cuadrado casi perfecto se fue descomponiendo y adquiría por benigna metamorfosis una figura humanoide, y los rasgos de su rostro adquirieron detalles femeninos que siempre estuvieron ocultos dentro de esa rara maleza de reuniones, informes, balances, discursos y consignas. Es probable que con el paso de los años y a golpe de tantos sufrimientos se haya convertido en humana nuevamente. Llegó un día de la nada y cayó como caen las cosas en esa tierra extraña, un verdadero asalto sorpresivo, un ataque a la inteligencia, una orden más entre otras tantas que después se convierten en decretos y leyes no escritas.
Dicen que había sido jefa de una prisión femenina, quizás por eso poseía el rostro frío y metálico, muy despiadada para ser una verdadera mujer, siniestra, calculadora, impositiva. Siempre que pasaba cerca, mi vista se desviaba hacia el tiro o talle de sus pantalones en busca de algo anormal que la delatara. Desafortunadamente no encontré esa respuesta y debí conformarme con la idea de que se tratara de una mujer aunque no lo fuera. Pudo estar viviendo en el cuerpo equivocado, eso pensé siempre cuando estudiaba su andar, sus gestos, la manera de tener un cigarrillo entre los dedos, la expulsión de una simple bocanada, la ausencia de un creyón en sus labios que sirviera para cubrir un poco todo lo que le encontrara de macho.
Por azares del destino, ella relevó a otro cuadro de iguales dimensiones, recuerdo que aquel tipo me dijo un día venir del Combinado Lácteo. Y si era lechero, qué coño hacía de dirigente de cuadros en la Marina? No encontraba una justificación a su presencia entre nosotros y cometía un gravsimo error, había olvidado la idoneidad, palabrita muy en boga en aquellos tiempos.
¡Claro! El tipo era lechero y nosotros unos verdaderos sementales que arribábamos con los forros repletos de leche. No cabe la menor duda de que esta revolución es grande, cuadrada, el lechero era idóneo. ¿Y ella? Bueno, quieren algo más parecido a una prisión que un barco, ¿Hacia dónde escapar? Ella era idónea también y quizás más efectiva que el lechero.
Un día me tocó acudir a su oficina por no recuerdo cuál gestóin. La veía pasar continuamente de un buró a otro impartiendo órdenes y la imaginé estarse dirigiendo a sus jefes de galeras. Más de una hora esperando y observando atentamente todos sus movimientos, gestos, cuerpo, y el talle de su pantalón observado con enfermiza insistencia.
-Buenos días. No hubo respuesta y continuó escribiendo ignorando mi presencia, siempre pensé que la hipoacusia había atacado también a la clase dirigente ¿Cuándo fue que se desenroló? Sólo esa vez alzó su vista y pude sentir como calaba cada rincón de mis ojos, no me aparté de su desafiante mirada, por muy agresiva que fuera la fiera no sentí miedo.
¿Nunca le enseñaron a decir buenos días? Al oír aquella expresión su mirada era más prepotente, felina, cargada de un vago desprecio. Daba la impresión de conocerme desde hacía mucho tiempo y no lo dudé sobre su buró descansaba un grueso expediente que supuse mío, toda mi vida resumida en un bulto de papeles. Le mantuve la mirada y observéque no cedía terreno, no tanto, ella era la dueña y señora de mi destino. Calculé haber firmado mi sentencia por =
varios años, nadie se atrevía enfrentar su arrogancia, casi todos temblaban en su presencia.
¿Qué asunto lo trae por aqu? De su garganta brotaron esas palabras con una voz algo masculina, insistía buscando algún detalle delicado en su figura.
-Hace años que presentó todas mis singladuras para pasar el curso de primer oficial.
-Usted no va al curso ahora. (cont.)
"Y si tenéis por Rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero comprobad que el trono que erigiera en vuestro interior ha sido antes destruido.