



¡PERRO HUEVERO ...!
Por Carlos Carralero, Milán
“Perro huevero, aunque le quemen el hocico”. Esta recurrida frase en los casos en que es necesario recordar, o recalcar que ciertos vicios son difíciles de erradicar me vino a la mente, anoche, en el Parque de los Marineros de Milán, Italia, sede de las celebraciones que cada año lleva a cabo el partido Allenza Nazionale, segundo más importante en la alianza al poder, después de Forza Italia, cuando varios miembros de una orquesta cubana, contratada para animar a golpe de salsa con neutrales matices, la fiesta del partido de Gianfranco Fini, actual Ministro de Relaciones Exteriores de Italia ( quien aún, injustamente, lleva el estigma de ser un descendiente del fascismo), comenzaron a alabar al tirano cubano; acto que les costó, irse tocando los euros, no los instrumentos.
Sólo siete minutos concedidos a dos miembros de la Unión por las Libertades en Cuba, entre los que me encontraba yo, y donde en cerrada síntesis expresamos nuestro juicio acerca del castrismo, bastaron para que los italianos -- en sus propias palabras-- disfrutaran del mejor espectáculo de la velada. «Las palabras de los dos cubanos pusieron en dificultad a los músicos». Así destaca hoy la crónica, El Corriere della Sera, periódico italiano más conocido en el mundo.
Realmente nosotros habíamos notado la contrariedad en los músicos y agentes que los rodeaban, o mejor dicho, los controlaban, cuando uno de los organizadores del acto, el abogado Benedetto Tusa, se acercó a uno de ellos para preguntarle de qué ciudad cubana venían. Una escena dramática. El músico, dirigiendo el índice hacia el resto de los “reos”, o quizá hacia el comisario político, o los funcionarios de la sede diplomática cubana en Milán, con evidente angustia arrancaba a su garganta un tímido, y fuera de nota, ¡viva Fidel!
Al subir los componentes de la orquesta al palco donde deberían tocar,-- según los dictámenes de sus verdugos-- salsa roja-; un personaje que se distinguía del resto porque no llevaba uniforme de tropicales matices, el que vestían los demás, expresó que allí se habían dicho cosas desagradables, las cuales ellos no toleraban; de inmediato, uno en el grupo, comenzó a gritar, ìViva Fidel! al que se unió el coro, que añadía gritos de viva Cuba libre. Una respuesta, acorde a los desacordados gritos, nació entonces de nosotros que respondíamos: abajo Castro, y, Cuba libre. Sí, pero de Castro.
De inmediato el jefe de los parlamentarios del partido Alianza Nacional tomó el micrófono, para decir que ellos respetaban las ideas, pero que el hecho de alabar a un tirano en su fiesta era inconcebible, que les pagarían de todos modos, pero que allí no podían tocar.
La enseñanza que este pequeño incidente dejó en los italianos, es de que en Cuba nada se puede mover, fuera de los controles del régimen; un mecanismo diabólico, que está concebido a medida de una trampa sin límites de crueldad y de humillación. Traté anoche, por un momento, de colocarme en el lugar de los músicos que estababan fuera del grupo de los espías; me di cuenta que en aquella plaza en medio de un parque, donde todos respirábamos el favor de un benigno otoño milanés, ellos estaban asfixiados, aplastados por el peso de la odiosa tiranía: por una humillación de la que ellos mismos eran protagonistas. Eran simples objetos trabajadores, profesionales, que en la mayor parte del mundo podrían vivir una vida digna en todos los órdenes. Y, podríamos preguntarnos, cuántos de ellos en aquel momento, en el fondo de sus almas, –- probablemente marchistas porque ya son hombres maduros-- sentían lo que estaban diciendo o gritando. Pero, la arrogancia y los hábitos de "joroconear:, que inculcó a Cuba el hombre que seguramente más la ha odiado en su historia, la exportan a donde quiera que vayan los cubanos, no libres. Y, eso, lo captaron los italianos presentes de entre los que se escuchaba anoche gritos de, Castro verdugo!
No cambiarán esos esbirros ya corruptos, porque el tiempo que llevan sirviendo al estercolero castrista les ha echado a perder sus conciencias; mucho se acostumbraron al vicio: “Il lupo perde il pelo, mai il vizio” (literalmente, el lobo puede perder el pelo, pero nunca sus vicios.) Algo así, como que, el perro huevero, aunque le quemen el hocico, sigue comiéndose los huevos