



MI BUENOS AIRES ODIADO, YA NO TE QUIERO VER
Por Carlos Carralero, Milán, Italia
La mayor calle comercial de toda Italia está en Milán, se llama, Corso Buenos Aires. Como en la generalidad de los casos, esta larga avenida es vista de diferentes maneras. En virtud de la lógica, los que en cualquier parte del mundo, sin condicionamientos ideológicos, ni odio a personas, instituciones o a países, por lo que ellos representan; cuando escuchan hablar del famoso sitio en Milán, colocan en sus retinas, una calle llena de símbolos argentinos --y es justa la asociación. Pero, si bien es cierto que en esencia la avenida de Buenos Aires, no simboliza lo que el sentido común nos indica, tampoco es justa la interpretación que algunos italianos le dan a la animada calle milanesa.
Para ciertos personajes, a los que el odio les asfixia la conciencia, este nombre representa un símbolo de opulencia capitalista, al que hay que golpear y destruir sin clemencia.
Para los que ven la encarnación del mal en el capitalismo, Buenos Aires en Milán, Italia, es motivo de contrariedad, de infinita irritación: un sentimiento de irracionalidad y desprecio les ciega la zona humana de sus conciencias. Un fenómeno similar al del toro ante el trapo rojo.
Hace apenas dos semanas, un grupo de extremistas de la izquierda italiana, en pleno día, sin dosificar odio, arremetió contra los comercios de esta famosa avenida. Con rabia irrefrenable se lanzaron con la pirómana consigna de quemar y destruir lo que para ellos representa el mal. No importó a estas víctimas de obtusa ideología, que entre las cenizas pudiera quedar el esfuerzo de pequeños propietarios o de simples trabajadores: casas o pequeños negocios, que se encuentran en medio a las grandes tiendas. Lo importante, era desahogarse, vertiendo el veneno que sofoca la buena fe y aviva las llamas de la frustración.
Convencidos de que el odio es el mejor carburante en el acto de la destrucción, se lanzaron a incinerar algo que para ellos, es símbolo elocuente del capitalismo.
En la acción de violencia quemaban también la rabia por la deuda, que sus abuelos, quizás sin pretenderlo, les habían inculcado, porque sin las fuerzas anglo-americanas -- dicen muchos-- la resistencia sola no hubiera podido liberar a Italia de Hitler y Mussolini, ¡eso jode!
Un mes atrás, fueron las calles de Roma el objetivo de estos grupos de violentos de la izquierda extrema italiana. Allí recordemos, gritaban: diez, 100, 1,000 Nasiriyas (sitio donde murieron 19 italianos.) Una imitación al famoso mensaje de Ché Guevara: dos, tres muchos Vietnam; como para que no quepa dudas de su violento carácter, lleva esta gente en sus pechos muchas veces, la imagen del Ché.
Me imagino que en aquel furibundo incendio, los violentos veían el cuerpo de Benito Mussolini, colgado con la cabeza hacia abajo, ya muerto, claro está, al inicio de la misma calle que ellos incendiaban. Menos mal que el fuego se inició en el otro extremo de Buenos Aires. De lo contrario, hubiera peligrado, no Mussolini, sino la famosa plaza de Loreto, donde fuera colgado, después de ajusticiado, hace más de seis décadas, el dictador italiano.
Estoy plenamente convencido de que estas personas, en su mayoría jóvenes de los famosos Centros Sociales en Italia, ignoran que entre su psiquis y la de Benito Mussolini, no hay una gran distancia. Conociendo un poco a los italianos, por haber vivido y observado su cultura, veo en estos violentos, un rasgo común con Benito: el odio incubado en un terrible caldo de cultivo, las frustraciones. El dictador italiano se sentía humillado por su condición social, en edad temprana. En lugar de tratar de realizarse en una actividad humana edificante: intelectual o científica, eligió el poder para vengarse de... A los cubanos, me imagino, les hará recordar a alguien.
El fin de Mussolini fue triste, la peor alianza: con Hitler, a quien el italiano consideraba el más fuerte entre los contendientes en guerra, quien no lo pudo proteger en el último momento. Fue la mujer que lo amaba, la que interpuso su cuerpo entre Benito y las balas. Sin esperanza de nada, dejaba el dictador en breve espacio, su vida y una historia de desastres. Aunque les aseguro, que colocándolos en un plano histórico justo, los entuertos del actor italiano, son inferiores a los del cubano. El final del Benito Mussolini como del resto de los dictadores, debería de valerle a Castro de sano paradigma, en lugar de servirse de los trucos para alargar el poder.
Mussolini, hijo de un socialista que nunca vio los frutos de sus sueños políticos, se alejó muy joven del hogar paterno, pues no se reconocía en la humildad y la educación que su madre, una maestra, le quiso inculcar. Llegó muy lejos (hasta lo alto del palo donde fue colgado en Milán), sin un concepto ideológico bien definido. Su ideología era el poder, para poder...
La derecha italiana, debiéndolo hacer antes, trata ahora de demostrar el esfuerzo realizado en cinco duros años: guerras y crisis en las que Italia, directa e indirectamente ha estado comprometida. La izquierda por su parte, ataca con su mejor arma, la propaganda y la demagogia. Ofrece muchos puestos de trabajo y eliminación de las leyes que la derecha elaboró, aprobó y con fatiga trata de aplicar. ¿Se imaginan un gobierno en cinco años, deshaciendo lo que hizo el interior, lo bueno y lo malo? ¿ Cuales son las esperanzas de los italianos? Pues sencillamente ir aceleradamente, cuesta abajo; si no ocurre un milagro por el medio. La primera cosa que tendrá que hacer la parte moderada de esta izquierda, es atajar a las bestias comunistas dentro de su coalición, que como siempre apoyan la línea de la violencia islámica o comunista, estrategia que en largo o mediano plazo apunta a la autodestrucción o auto extinción de Europa.
En una carrera desesperada, la izquierda italiana, apuesta por el descrédito de la derecha. Berlusconi en filmes que aparece como un monstruo, brujo en su vejez, mafioso en su juventud, es parte de una campaña proyectada a aniquilar. Un filme que no he visto aún, de Nanni Moretti, estrenado para estos días, presenta al Presidente del Consejo de Ministros italiano, como un Caimán.
Si triunfa la derecha, tendrá un camino duro, pero con la ventaja de haber gobernado durante cinco años ( récord en 60 años de república), con un terreno ya allanado por ellos mismos: aplicación de sus propias leyes. Si triunfa la izquierda, el mundo e Italia, añadirán un poquito más de violencia política (de eso nos tenemos que cuidar todos) y seremos testigos de interminables luchas dentro de la misma coalición; y de un descenso en lo económico y lo político.
Los inmigrados, tendrán algunas ventajas, producto de una acción populista de la izquierda. Pero también los extranjeros tendrán que lamentar el incremento de los impuestos, una de las promesas de la siniestra.