



ANTIAMERICANISMO:
PATENTE DE CORSO DEL CASTRISMO
Por Carlos Carralero, Milán, Agosto 7
EN el 2003, muchos llegamos a creer que Fidel Castro, luego de heber condendo a más de 70 disidentes pacíficos y ordenado la ejecución de tres jóvenes que intentaban buscar libertad, más allá de los límites de la opresión, había perdido definitivamente su malvado punto de apoyo. Como siempre, con Castro y su entorno diabólico, nos volvimos a equivocar.
Lejos de Cuba, he comprendilo, la razón fundamental de la longevidad de Castro en el poder; he enriquecido mi experiencia acerca de ciertos sucios manejos políticos; punto de apoyo en las oscilantes maniobras políticas del déspota cubano. Aquí disfruta de concesiones, intercambiando favores con políticos, intelectuales y pseudo intelectuales europeos (a pesar de que en sus discursos, diga que no quiere nada de ellos). Pero, ¿cuál es la base de esa vergonzosa simpatía hacia Castro? Veamos:En su libro, “Odiar la America”, los esposos Barry y Judith Rubin, dividen el antiamericanismo en cinco etapas.
La primera, a partir del siglo XVIII, en la que varios intectuales y científicos afirmaban que dadas las condiciones ambientales, aquella tierra era infértil en todos los sentidos. Imposible pensar en crear una civilización.
La segunda (1800-1880). En ésta la crítica antiamericana se centraba en el fracaso de la sociedad de aquel país, arruinada por la democracia y experimentos peligrosos.
La tercera (hasta 1930), etapa en la que ya no se hablaba de fracaso, producto del crecimiento de aquella nación. Nacía entonces, una tesis -- apreciada por círculos fasci-nazi-comunistas -–sobre el Mal Modelo populista de masa que amenazaba con empeorar el resto del mundo.
La cuarta (desde la Segunda Guerra Mundial, hasta la Guerra Fria), en la que se denunciaban los propósitos imperialistas de Estados Unidos.
La quinta, y actual, donde se reafirma, en estos críticos el concepto de la anterior.
En sus inicios, el antiamericanismo tenía esencia racista. El científico Conde de Bufón, sin haber jamás visitado la America en 1749 afirmaba que los animales americanos eran más pequeños, que sus similares europeos, que los indios allí eran inferiores, desprovistos de pasiones por la hembra: una sociedad fría.
El filósofo Kant, en 1775, trataba de desacreditar aquella tierra diciendo que sus habitantes eran frios, holgazanes, incapaces de generar cultura. El siquiatra austriaco, Sigmund Freud, en 1909, llegaba al ridículo de acusar a la cocina americana de haberle destruido su estómago. En cuanto a la sociedad decía: “La America es un error, un gigantesco error".
El escritor francés, Stendhal, en 1830, aseguraba que la democracia americana era insignificante, sujeta a la opinión de una sociedad controlada por masas, no intelectuales, sugería él. El filósofo jesuita, Gullaume Raynal, en 1770 expresaba que la conquista de la America había traído todos los males: enfermedades, miseria y
esclavitud, que debíamos prepararnos para el mal peor. Con desprecio éstos y otros personajes, por los que muchos profesan gran respeto (yo, sinceramente no), se espachaban contra aquella tierra y sus habitantes. La Historia, sin polémizar se ocupó de desmentirlos. Sabemos que el odio y la envidia subyacen en una zona perversa del ser humano. Sus portadores, aun quieriéndolo –-en un instante de lucidez en sus vidas-- no logran arrancarlos porque con ello se les iría el alma entera.
Herman Hesse, tratando de explicarse y hacer entender la razón del odio a los hebreos, decía que el hombre primitivo odiaba todo aquello a lo cual temía. El hombre moderno, en algún estrato de su existencia, conserva un poco de primitivismo. El odio de ciertas razas hacia otras razas o pueblos, afirmaba Hesse, no se basa en la superioridad y la fuerza, sino en la inseguridad y el miedo. Esa es, precisamente, la base del odio, por inseguridad y envidia a
aquel pueblo antiguo y sabio, que es ell hebreo. La esencia sobre la cual se erigió la barbarie de Adolfo Hitler contra los judíos, sentimiento que luego desencadenara el horror del Holocausto, con el pretexto de purificar su “raza”.
En una ocasión, después del 11 de Septiembre, en Italia, la izquierda italiana, lejos de manifestar para apoyar a los americanos en la lucha contra el terrorismo y animarlos, mostrándoles comprensión en un momento difícil, se unió a los extremistas quienes saturados de una frustración que ni ellos mismos entienden ni saben canalizar, quemaban las banderas de Estados Unidos e Israel. Una expresión más del odio ridículo hacia todo aquello que huele a americano (aunque nos guste el teléfono celular, el computer y tener tres máquinas por familia, que los mismos estadounidenses). Pero cuando se trata de israelitas y americanos, la fórmula malvada se multiplica obteniéndose una concentración de perversa solución.
En el caso de Cuba, la abyecta complicidad con el castrismo constituye un ejemplo de ese irracional e innoble odio hacia los Estados Unidos. Fidel Castro, por años, ha sido justificado por la izquierda radical, pero también por la ambigua izquierda.
La agonía de la nación cubana no es culpa del castrismo, según ellos, sino del “Gran Mal”, que son los americanos. La fórmula para esta clase de violentos alineados en organizaciones o partidos, que al parecer distan en principios, y no es así, es simple: contra los yankees, todo es moral, con ellos, nada.
Estoy en plena sintonía con aquéllos que aseguran que el terrorismo es más fuerte, porque tenemos el enemigo en nuestra propia casa ( muchos occidentales). Que Bin Laden y su banda de criminales en el Oriente, no están solos porque tienen otra banda de envidiosos antiamericanistas y antisionistas, su escuadra aquí en Occidente: no global, comunistas, ambigua izquierda “moderada” y derecha traidora (pacifista en Irak, violenta en Africa, y amiga del castrismo por añadidura).
Los antiamericanos ladridos de Fidel Castro, se han convertido en una Patente de Corso, concedila por “soberanos estúpidos” del Occidente que entregan poco a poco sus pertenencias al Islam malvado, a pícaros chinos, a ciertos iraníes, a castristas guevaristas.