

joyas, era preciosa. Lo único que le faltaba para triunfar como reina de belleza en un país como los Estados Unidos, era estatura. Como el perfume caro, Joyita venía en un estuche pequeño. Tal vez demasiado pequeño para este país, donde sin embargo Selma Hayek, ha sido un éxito.
Eran sus padres Filemón y Lironda. Esta última fue la segunda persona de la familia que conocí, pues me abrió la puerta de la calle la primera vez que visité a Joyita en su casa. La señora me produjo un verdadero “shock”, pues decir que era bella no la describe, era una visión de ensueño. Sin pensarlo, dije lo correcto: “Buenas noches, vengo a visitar a Joyita, ¿es usted la hermana? Mis palabras fueron premiadas con una sonrisa de oreja a oreja: “…No señor , soy la mama”.
Como no ignoran los lectores, la primer impresión es muy importate y mis palabras me abrieron la amistad de toda la familia inmediata que se reducía a las tres personas mencionadas. Empecé un idilio con Joyita, que no si tórrido, era al menos bastante efusivo. Pero como yo en esos tiempos tenía de la fidelidad el mismo concepto que puede tener Fidel Castro de los Reyes Magos y Joyita tampoco creía mucho en eso, sabíamos ambos que la cosa no iba a durar. Joyita acostumbraba decir que ella no creía en el amor a distancia, en lo que yo coincidía al pie de la letra.
Filemón quien era un individuo muy bien parecido, tenía sin embargo un hábito extraño: sólo los jueves y exclusivamente los jueves se acordaba de que tenía que cumplir con sus deberes conyugales. De manera que, al comenzar la semana la bella Lironda empezaba a ponerse tensa y su nerviosismo culminaba el jueves. Esa crispación se iba acrecentando, desde el fin de semana y era casi transparente los miércoles. Yo encontraba curiosa esa selección de un día, que para la mayor parte de las parejas no tiene mayor significado, pero la cosa ya había transcendido a familiares y amigos , que evitaban visitarlos los jueves.
Poco a poco, fuí conociendo a esta familia, al tiempo que cometí un error: casi me enamoro de Joyita. Digo casi, porque siempre estuve consciente de la diferencia de edades que había entre los dos: yo más de 30 y Joyita 18. Pero la muchacha me gustaba horrores y llegué a abrigar, locuras que hace uno, ideas matrimoniales.
Mientras tanto, las amistades mutuas, conocedoras de la situación entre Lironda y Filemón, lo habían bautizado con una parodia del nombre con que entonces se conocía al “yeti”, aquel monstruo, mitad gorilla y mitad hombre que se suponía escondido en los picos del Himalaya y al que los nepaleses llamaban “El Abominable Hombre de las Nieves”. El pobre Filemón pasó así a convertirse, en nuestro círculo de amigos, en “el abominable hombre de los jueves”.
Filemón, junto con su familia, abandonó Cuba en la primera mitad de los sesenta y yo lo hice poco después. Mi ultimo contacto con él fue en 1968, cuando le envié un cheque por $100 dólares que le debía. Quiero creer que todavía está vivo, pero lo dudo. En cuanto a la bella Lironda quisiera pensar que sigue en este mundo y que a pesar de los años transcurridos, conserva su belleza. Joyita se casó en cuanto llegó a este país con un antiguo novio, pero el matrimonio no duró. Tengo entendido que es profesora universitaria.

Por Mario J. Byrne, Ft. Lauderdale
Cuando se trata de hechos verídicos, lo mejor es cambiar los nombres, para, como se dice, proteger si no a los inocentes, a personas que, al fin y al cabo, no eran culpables de nada.
En los días, desgraciadamente lejanos de mi juventud conocí a una familia cubana sumamente interesante. Empezaré por la hija, a la que llamaré Joyita, la que como las
"Filemón quien era un individuo muy bien parecido, tenía sin embargo un hábito extraño: sólo los jueves y exclusivamente los jueves se acordaba de que tenía que cumplir con sus deberes conyugales".