


Durante diciembre se conmemoró un aniversario más del archifamoso encuentro de Trenton, al que muchos serios historiadores consideran la acción que empezara a inclinar la balanza en la Guerra Revolucionaria de Norteamérica en favor de los independentistas. Hasta esa sangrienta acción la suerte del conflicto parecía sonreir ampliamente a los británicos, quienes con absoluto dominio de los mares (“Britannia rules the waves”) y el uso adecuado de un ejército profesional, ejemplarmente disciplinado, bien armado y mejor avituallado, hasta esa acción había casi siempre batido duro y sin tregua a las hambreadas, harapientas y aparentemente descorazonadas tropas del General George Washington.
Sin embargo, un precepto imprescindible para el éxito en los conflictos bélicos es nunca despreciar al enemigo. Por hacerlo, incontables caudillos arrogantes de la época contemporánea mordieron
el polvo de la derrota. Los ejemplos abundan: Fernández Silvestre en Annual, Custer en Little Big Horn, Martínez Campos en Coliseo, el general zulu Dambulamanzi en Rorke’s Drift, Napoleón en la campaña rusa, el General Henri Navarre y su subordinado, el General De Castries en Dien Bien Phu, etc.
El líder británico en Norteamérica, Vizconde William Howe, sucumbió también a esa tentación. No es difícil comprender la arrogancia de Howe. Habiendo comandado las tropas de George III en el sangriento Bunker Hill, quizás debió intuir el profundo sentimiento independentista que animaba a los patriotas norteamericanos. Sin embargo, sus fáciles posteriores victorias en Long Island, White Plains, Brandywine, Newport y Charleston lo convencieron de que una victoria aplastante sobre los rebeldes estaba al alcance de su mano.
Se ha dicho que ante un vaso de agua mediado, los optimistas lo consideran medio lleno, mientras que los pesimistas lo ven medio vacío. La realidad es casi siempre mucho más difícil de evaluar. Las huellas de sangre en la nieve dejadas por los pies de los norteamericanos en retirada, evidenciaron para sus perseguidores (correctamente) la ausencia de calzado. Para un observador menos arrogante esas huellas sanguinolentas también habrían sugerido una determinación y un espíritu de batalla formidable, en guerreros que aspiraban a luchar de nuevo.
La arrogancia de Howe era compartida por algunos de sus subordinados, como el bien alimentado General James Grant, quien afirmaba que sólo necesitaría 5,000 hombres para limpiar de rebeldes la totalidad de la Colonia. Sin embargo, había otros generales británicos quienes no compartían ese desprecio por el enemigo, como el General Henry Clinton, quien eventualmente sucedería a Howe como jefe del Ejército Británico en Norteamérica.
Además de sus regulares británicos, galeses, irlandeses y escoceses, Howe contaba con el apoyo de 30,000 “mercenarios” alemanes llamados “Hessians”. Las comillas rodean la palabra mercenarios, porque aunque esos hombres eran pagados a razón de 25 centavos al día, su gobierno los forzaba a servir militarmente al extranjero, obteniendo por sus servicios mucho más que 25 centavos diarios por soldado. Eran llamados “Hessians” por proceder mayoritariamente de la localidad germana de Hess-Kassel. Estas tropas recibían buen entrenamiento, alimentos y equipos, se les imponía estricta disciplina y sabían pelear con denuedo. Eran temibles con la bayoneta.
Después de haber tenido apenas éxito en evacuar sus perseguidas tropas a la ribera oeste del Río Delaware, Washington decidió hacer una incursión sorpresiva en la otra orilla para atacar la población de Trenton. Habiendo utilizado siempre sus subordinados inmediatos en todas las operaciones de la guerra hasta esa oportunidad, Washington estaba decidido a comandar personalmente el grueso de sus fuerzas en ese ataque. Entre sus notas momentos antes de cruzar el Delaware se encontró una en la que sólo se leía ”Victoria o muerte”.
Por su parte el General Howe, siempre despreciando la habilidad castrense del enemigo, había decidido retirarse a New York para pasar cómodamente allí el resto del invierno. Howe dejó la guarnición del río Delaware a cargo del gordo Grant, quien desdeñaba aún más a los rebeldes.
Para el comando de Trenton este último designó al Coronel Johann G. Rall, caudillo Hessian y soldado de carrera, quien había sido protagonista en las victorias británicas de White Plains y Fort Washington. Sin embargo, aunque aguerrido, el germano no hablaba inglés y era limitado para improvisar. Rall no era oponente para Washington. Tampoco lo era para los principales subordinados del líder independentista, como el General Nathaniel Greene o el Brigadier Henry Knox. Para la defensa de Trenton Rall contaba con un destacamento de entre 1,400 y 1,700 Hessians.
Al amparo de una noche nevada y borrascosa el día de Navidad de 1776, el caudillo norteamericano distribuyó sus tropas en embarcaciones normalmente usadas para transportar hierro fundido y apenas pudo desembarcar en la ribera opuesta muy poco antes de las 8:00 de la mañana del día 26 de diciembre. Inmediatamente Washington ordenó el ataque sobre Trenton, situándose a la cabeza de su tropa.
Con poco más de un centenar de edificios rústicos, Trenton podría calificarse como aldea y no mucho mayor que el famoso poblado de Mal Tiempo en Cuba, 129 años más tarde. Con abundantes diferencias imposibles de enumerar, ambos combates resultaron paralelos en muchos aspectos.
La nevada continuaba incesante cuando las tropas rebeldes irrumpieron en Trenton. El viento impulsaba la nieve al noreste, beneficiando la visión norteamericana y haciendo borrosa la del enemigo. Los cañones rebeldes destrozaron a los primeros defensores e inmediatamente empezó la sangrienta lucha cuerpo a cuerpo y casa por casa. Una vez enterado del ataque, el Coronel Rall montando su caballo, ordenó una carga que inmediatamente fue detenida en seco por la certera fusilería norteamericana. Rall trató desesperadamente de organizar una retirada hacia un huerto, pero sus hombres fueron diezmados en el intento. Entre ellos también cayó Rall, quien herido de muerte fue hecho prisionero. Sin otra alternativa, los apabullados germanos depusieron las armas.
Todo había tomado menos de una hora. Las pérdidas norteamericanas fueron sólo dos hombres, quienes se congelaran durante el gélido cruce del Delaware. Los humillados alemanes sufrieron 21 muertos y 90 heridos. Más de 900 fueron hechos prisioneros y se considera que aproximadamente unos 500 lograron escapar. Al igual que Máximo Gómez y Maceo en Mal Tiempo y más tarde Calixto García en Victoria de las Tunas, Washington no tenía el menor interés en permanecer en Trenton. En consecuencia, se retiró de nuevo al otro lado del Delaware, con su botín de guerra, sus prisioneros y su espectacular victoria.
Atrás yacía el mito de la invencibilidad militar británica, hecho añicos entre las ruinas humeantes de Trenton.