



Utilizando el mismo derecho, pero a través de un proceso mental razonable, yo afirmo aquí que Hanks además de ser un individuo talentoso es un pigmeo moral. Pero a diferencia de las declaraciones de Hanks, esta afirmación mía no se basa en una opinión interesada, sino en apreciación objetiva de sus declaraciones. Hanks implicó que la total aniquilación de las tropas japonesas en las sangrientas acciones del Pacífico (como Aleutinas, Guadalcanal, Betio, Iwo-Jima, Okinawa, etc.) no respondían a la imperiosa necesidad de someter a un enemigo que siguiendo estrictamente su tradicional código de honor militar (incomprensible a nuestra cultura), rehusaba rendirse.
Tratando de seguir el descabellado y tortuoso proceso mental(¿?) de Hanks, los estrategas, generales, almirantes, infantes de marina, soldados, marineros y aviadores norteamericanos deseaban el exterminio total de los nipones caprichosamente, por inhumana sed de sangre o quizás por odio racial. Dudo que los amables lectores puedan descubrir razonablemente otra explicación a las absurdas declaraciones del laureado actor-director. Yo no he podido.
La realidad histórica es que el Imperio Japonés atacó por sorpresa la base naval y las instalaciones militares norteamericanas circundando a Pearl Harbor en las Islas Hawaii en la mañana de diciembre 7 de 1941, causando la muerte de 3,000 oficiales, marinos y soldados y la casi completa destrucción de la flota de Estados Unidos en el Pacífico. Ese mismo récord histórico indica que ese furtivo ataque precedió cronológicamente a la tardía declaración de guerra.
Al mismo tiempo las acciones inhumanas de las triunfantes fuerzas japonesas hacia los prisioneros de guerra después de la rendición del bastión de Corregidor en Filipinas, pusieron de manifiesto el perverso fanatismo del llamado “código de honor” militar nipón. Ese código reducía al soldado prisionero a un ente despreciable, quien voluntariamente había renunciado a la más elemental dignidad humana. Esa barbaridad redundó en violaciones flagrantes de la Convención de Ginebra. Ergo, la “Marcha de la Muerte” de Bataan, las ejecuciones ilegales de prisioneros de guerra y el resto de otras incontables atrocidades cuya realidad histórica no puede soslayarse.
Ese mismo código Samurai (“Bushido”), que forzaba al soldado imperial al martirio antes que encarar la “deshonra” en la derrota, dio lugar a las horribles pérdidas humanas en las heroicas, pero estúpidas e inútiles batallas defensivas de las fuerzas japonesas en las islas del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Responsabilizar a las fuerzas norteamericanas y otros aliados por esas masacres es singularmente deshonesto.
Las declaraciones de Hanks caen definitivamente en esa deshonrosa categoría. Es prácticamente imposible para el actor-director-productor aducir ignorancia de lo anteriormente expuesto. Ha participado en demasiadas películas sobre el dramático e histórico tema de la Segunda Guerra Mundial como para desconocer esas dolorosas realidades.
Hanks es un redomado hipócrita. Tanto como su socio, el también talentoso y laureado director cinematográfico Steven Spielberg, quien correctamente condena el Holocausto de los judíos a manos de los nazis, mientras se confiesa rendido admirador del Tirano Castro. ¿Furtivo, miserable racismo? Muy probablemente.
¿Estuvo la campaña aliada en el Pacífico exenta de connotaciones racistas incluso oficialmente? Ciertamente no. El confinamiento forzoso de familias de etnia nipona por los miles en la costa Occidental fue un crimen horrendo y una mancha indeleble y permanente en la historia de Estados Unidos. Esa injusticia se perpetró mayormente contra leales ciudadanos de este país, quienes perdieron arbitrariamente su libertad, parte de sus vidas y toda su hacienda. Muchos justos vieron sus vidas destrozadas permanentemente mientras sus hijos defendían heroicamente a esta nación como parte del Octavo Ejército Aliado en Italia. Fue una monstruosidad indudablemente racista, pues ningún alemán, italiano o descendiente de esas etnias fue internado simplemente por serlo.
Sugestivamente fueron los llamados “liberales” y “progresistas”, como el entonces Presidente Franklin Delano Roosevelt y el entonces Gobernador de California y futuro Magistrado Jefe de la Corte Suprema Earl Warren, los principales proponentes de esa infamia. Mientras tanto el Director del Buró Federal de Inteligencia John Edgar Hoover, eterno blanco de la furia de los “liberales”, no vaciló en denunciarla.
Empero, esa aberración de la justicia nada tuvo que ver con la conducta de la guerra en el teatro Pacífico. Esta tuvo como único objetivo la derrota de las fuerzas japonesas, nunca su aniquilación. Afirmar lo contrario equivale a soslayar mendaz y arbitrariamente la evidencia histórica y acusar injustamente a una generación de norteamericanos que, a diferencia de los Hanks y los Spielbergs de este mundo, tuvo la voluntad necesaria para arriesgar la vida defendiendo la libertad.
"Los movimientos de masas pueden brotar y desarrollarse sin creer en Dios, pero nunca sin creer en el Diablo”.
Eric Hoffer (“The True Believer”)
El actor, productor y director cinematográfico Tom Hanks, recurrente ganador de premios de la Academia de Hollywood hace declaraciones infames comentando su nueva serie “Pacífico” sobre el teatro de operaciones en ese Océano durante la Segunda Guerra Mundial. Hanks trata innoblemente de reescribir la historia de ese conflicto en una nueva edición verbal. Esta nueva edición es, incuestionablemente ficticia, caricaturizada y “políticamente correcta”. Podíamos agregar también que mendaz y antiamericana.
Nadie dude que Hanks es un hombre de considerable talento. Sin embargo, tengamos en cuenta que la profesión de actor, director y productor, tanto como otra cualquiera (no importa cuán destacada y exitosa sea), no confiere por sí sola capacidad intelectual o integridad moral para enjuiciar nada. Por supuesto, esa realidad no merma el derecho inalienable de toda persona a opinar públicamente lo que quiera y hacerlo de la manera absurda, arbitraria o irreverente que desee.