



El cambiar de casaca es una maniobra bastante común en la política norteamericana contemporánea y es un expediente muy socorrido para extenderse en el poder. Tenemos de cerca el caso del senador por Pennsylvania Arlen Specter, quien convencido de que su senaduría estaba en inminente peligro de perderse en la primaria Republicana del año próximo, renunció a su partido, convirtiéndose en Demócrata. No estoy completamente seguro de que ello le garantice la permanencia en el Senado. Más de uno entre sus nuevos correligionarios ha anunciado que lo desafiará en la primaria Demócrata. Sin embargo, por lo menos tiene alguna posibilidad de prevalecer. La política es la ciencia de lo posible.
En la judicatura por el contrario, no es común contemplar que una filosofía legal ejercitada durante años pueda cambiar de la noche a la mañana. En el caso de Sotomayor todavía no existen suficientes elementos de juicio como para darle grados a su “liberalismo”. Sin embargo, a mi entender su tendencia a matizar con sentimientos sus decisiones judiciales es evidente. Aunque parece imparcial en el tema del aborto, Sotomayor demuestra una agenda personal al votar a favor de mantener la decisión de una localidad de que a varios bomberos blancos les fuera negada una promoción. Esa promoción les correspondía en virtud de un examen que pasaron y el cual fallaran sus colegas negros. Otro juez de la misma corte de Sotomayor criticó la inusitada actitud de la jueza al ni siquiera explicar su voto en términos jurídicos.
En reciente conversación pública Sotomayor afirmó que su pasado como “mujer latina” la hacía “más capaz para decidir cuestiones legales que un hombre blanco, quien no ha compartido las mismas experiencias”. ¿Puede inferirse por esta declaración que Sotomayor sea racista y sexista? No estoy absolutamente seguro. Sin embargo, encuentro en esa exposición desnuda (y sin duda honesta) un elemento aún mucho más siniestro que racismo o sexismo. Al expresarse así Sotomayor se identifica con un concepto clasista y elitista del contrato social, en abierta contradicción al individualismo que promovieran los arquitectos de la ley fundamental de Estados Unidos. ¿Cómo podemos interpretar con justicia la ley constitucional, cuando en realidad nos oponemos al espíritu de la misma?
En la declaración de independencia, las diez primeras Enmiendas de la Constitución y todos los documentos que constituyen la piedra angular jurídica de esta república, el individuo es inescapablemente soberano. Es natural que así sea. No hay dos personas en el universo que piensen exactamente igual y aún menos que compartan idénticas experiencias. Estas varían con cada individuo. La habilidad de interpretar las leyes tiene, sin duda, una gran relación a la experiencia legal de un magistrado, pero absolutamente ninguna con su sexo, origen nacional o etnia. Lo que es aún peor: afirmar semejante majadería es en sí misma un vigoroso indicio de limitaciones intelectuales más o menos severas.
A pesar de todo eso Sotomayor será confirmada por el Senado por las mismas razones políticas de manipulación e ignorancia que llevaron a su promotor al cargo más poderoso del planeta. Manipulación e ignorancia que de acuerdo a Maquiavelo siempre esgrimen con merecido éxito los “príncipes victoriosos”. La demagogia siempre se vale de razones diabólicas.
Obama ha sido lo suficientemente hábil como para salir de un bien obscuro anonimato, vía la maquinaria Demócrata de Chicago, a ocupar un escaño del Senado por Illinois. Y lo suficientemente hábil para después de dos años de servir mediocremente como Senador, tiempo durante el cual no presentara ni un solo proyecto de ley, obtener la nominación presidencial del Partido Demócrata, derrotando en el proceso a la maquinaria más poderosa quizás en la historia de ese partido.
Se afirma con cinismo que oponerse a la investidura a magistrado de la Corte Suprema de una jueza hispana con casi dos décadas de experiencia judicial entraña un gran peligro político para los senadores del partido oposicionista en las elecciones parlamentarias del 2010. No dudo por un instante que esa advertencia sea fundamentada. Obama es, a pesar de la ruina de su agenda, un político sumamente hábil. Quizás el más hábil en la historia norteamericana. El actual Presidente obtuvo más del 68% del voto hispano en noviembre del 2008. No existen posibilidades prácticas para un candidato oposicionista en el 2012 sin una mayor proporción de ese creciente voto hispano. Navegando en la cresta de esa realidad política Sotomayor será confirmada.
Mientras tanto la era corrupta del gobierno por decreto continúa sin abatirse. Tres rufianes miembros del llamado “Nuevo Partido de las Panteras Negras”, quienes disfrazados de milicia (botas militares, boinas negras e insignias) y uno de ellos blandiendo amenazadoramente una cachiporra, se pararan frente a un colegio electoral de Pennsylvania durante la elección del 2008, fueron exonerados de cargo por órdenes de Eric Holder, el cobarde testaferro de Obama en el Departamento de“Justicia.
¿Qué lógica tiene respetar a quien no nos respeta?
Oriana Fallaci (“La Rabia y el Orgullo”)
Sonia Sotomayor, jueza “liberal” de una Corte de Apelaciones ha sido nominada por el Presidente Barack Obama para ocupar la posición que dejará vacante el Juez David Hackett Souter, de la Suprema Corte de Justicia, quien anunció su retiro hace un par de semanas. Soute era también un juez activista de la izquierda mesiánica (la antítesis de lo que debe ser un juez), pero las primeras manifestaciones de ese activismo las exteriorizó sólo después de tomar juramento como magistrado de ese máximo tribunal. Souter fue lo que se conoce en el vocabulario de las conspiraciones como un “sleeper”.
Sotomayor no es “sleeper”. No necesita serlo. Ha sido nominada por un Presidente quien a pesar de haber jurado la Constitución el día de su investidura, se ríe a diario de la misma con el pretexto de que se trata de un documento “vivo” y superflexible que puede interpretarse a capricho, o ignorarse por completo si así lo desea 'su excelsa majestad'. Obama toma en cuenta la Constitución solamente cuando hacerlo redunda en exclusivo beneficio político de su agenda personal.