



exacta proporción inversa a la autonomía individual de los ciudadanos.
Sabemos que lo que se ha dado en llamar en círculos políticos “la presidencia imperial”, no empezó con Obama. La primera manifestación de insaciable apetito de poder en una república como ésta es la aspiración a dos o más períodos presidenciales. Este se desarrolla siempre después de una sólida victoria electoral. Tradicionalmente no se contemplaban más de dos períodos. Franklin Delano Roosevelt fue el único Presidente en obtener más, habiendo servido tres y parte de un cuarto al morir.
Incluso mucho antes de ser electo Presidente y antes de surgir la crisis que le diera la victoria, Obama recalcó que su plan de gobierno necesitaría más de un período para implementarse cabalmente.
Tratando de evitar en el futuro los excesos del Poder Ejecutivo, el Congreso limitó el número de períodos presidenciales a dos durante la administración del Presidente Dwight D. Eisenhower. Esto no disminuiría la enorme influencia de la Casa Blanca sobre las decisiones de ese mismo parlamento, extremo demostrado por Lyndon B. Johnson, quien retorció brazos legislativos con resultados políticos impresionantes.
El escándalo de Watergate y la resultante renuncia del Presidente Richard M. Nixon, aparentaron poner fin a la era de “la presidencia imperial”, retornando las instituciones de la República al respeto por las limitaciones constitucionales. La influencia que ejerciera Ronald Reagan en las decisiones de un Congreso dominado por el partido opositor, tuvieron más relación con su gran popularidad y habilidades persuasivas que con la clásica torcedura de brazos a la Lyndon Johson.
Súbitamente el desastre económico que se desatara en los últimos meses del 2008 hizo posible que un ideólogo “liberal” y activista de la maquinaria Demócrata de Chicago, hasta entonces desconocido a nivel nacional, ganara la Presidencia con un margen sólido. Lo suficientemente sólido como para que Obama se sientiera capaz de proponer un aumento enorme de los poderes ejecutivos.
Que la agenda de Obama nada tiene que ver con reformas y todo con la soberbia del poder me fue evidente con una simple respuesta suya a una pregunta del “anchorman” Charles Gibson durante un debate con la entonces senadora por New York, Hillary Rodham Clinton.
Al indicar Obama que favorecería el aumento de impuestos a las ganacias de capital, Gibson le preguntó si sabía que históricamente aumentar dicho impuesto siempre ha resultado en disminución de recaudaciones. La respuesta del entonces senador Obama me indicó que el candidato era un ideólogo izquierdista. Dijo Obama: “...Its a matter of fairness…”
(“...se trata de un problema de justicia...”). En otras palabras, al escoger entre el sentido común y la ideología colectivista (no sé si Obama es o nó marxista, pero sus acciones lo delatan al menos como colectivista), la ideología debe prevalecer siempre. Entre mayor poder para el Estado y el beneficio popular, de acuerdo a Obama el pueblo siempre debe llegar segundo.
Para mayor abundamiento observe el lector la presente situación del0 Estado de California donde resido. El actual Gobernador, cuyo nombre omito porque siempre tengo problemas deletrándolo, llegó a esa posición como resultado de las propuestas de incrementar impuestos por el anterior Gobernador Davis (otra buena perla). Después de dos períodos del presente Gobernador, apoyado por las sanguijuelas de la Asamblea y el Senado estatales, han logrado con sus gastos deficitarios la bancarrota final de un estado que era el mejor de la Unión cuando llegué aquí a fines de 1963.
Ahora tanto ese parlamento estatal como el Gobernador han decidido duplicar los impuestos, incluyendo los mismos renglones por los que Davis fuera sólidamente rechazado por los votantes. Pero ahora viene lo mejor:¡Obama al rescate! Del llamado “programa de estímulo”, aborto económico que será pagado finalmente quizás por la quinta generación de nuestros descendientes, entre 6 y 7 mil millones se dedicarían a California.
Sin embargo, quizás no. Sucede que varios miembros de la minoría en el Parlamento del Estado tuvieron la encomiable iniciativa de cortar unos 74 millones de dólares en gastos. Esos cortes no son vistos con buenos ojos por las todopoderosas uniones laborales (sindicatos) que fueran tan efectivas recaudando para la campaña presidencial de Obama. Consecuentemente, de acuerdo a las noticias que oigo mientras escribo esto, ¡la Casa Blanca afirma que si no se eliminan los mencionados cortes presupuestarios, no habrá “estímulo” para California!
¿Alguien duda que esos cortes del presupuesto serán eliminados? ¿Alguien duda que el Presidente Obama rige sobre un imperio tan corrupto y todopoderoso como el de George III?
“Aún cuando declararon independencia de Inglaterra los fundadores
reconocieron los peligros de cambios imprudentes en lo que se refiere al
gobierno”
Mark R. Levin “Liberty and Tyranny”
La inmensa mayoría de la gente nunca relaciona el poder totalitario con la democracia y sustenta la idea absurda de que ambos conceptos son polos opuestos o formas de gobierno irreconciliables. Esta confusión es común, aún entre personas supuestamente educadas.
Con una sólida mayoría de varios millones de votos sobre su contrincante Rrepublicano en las elecciones presidenciales de noviembre del 2008, el Presidente Barak Obama es un gobernante democrático por definición. Sin embargo, cuando se considera el extraordinario poder agregado a su discreción desde que fuera investido como Presidente, también es el jefe
de estado más absoluto que ha tenido Norteamérica desde su independencia.
Es saludable recordar que el poder del Estado siempre crece en