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de millones, necesita conservadoramente una docena de años desde la etapa de diseño hasta el día de empezar a proveer servicio. Un servidor trabajó en ese giro por más de dos décadas a fines del siglo XX.

Un día verdaderamente negro en la historia norteamericana fue aquel en el que el pueblo, embriagado de entusiasmo en la defensa del medio ambiente, se olvidó de que el hombre forma parte de la misma naturaleza que trataba de preservar. Cundió la noción irracional de que la única defensa efectiva de nuestro habitat residía en detener el crecimiento económico. Esa época coincidió con mi llegada a California.

Sin duda un triunfo muy notable en defensa del medio ambiente fue la limpieza del aire. El llamado “smog”, problema que se tornara grave a fines de los años 50 y la primera mitad de la década de los sesenta, disminuyó notablemente durante los años setenta y ochenta. En medio de la euforia de una atmósfera más limpia, perdimos de vista que el verdadero héroe en esa batalla no fue la conservación de recursos, sino la tecnología superior, capaz de producir motores pequeños y eficientes, con muy reducidas emisiones tóxicas.

Cuando decidí hacer de California mi residencia permanente, se pagaba menos de $0.29 por galón de gasolina. En esa época Estados Unidos importaba un porcentaje insignificante del petróleo que consumía. Sin embargo, la tendencia a importar se incrementó drásticamente y en especial desde los vastos yacimientos del Oriente Medio. Esa tendencia fue ayudada por una mano de obra extranjera mucho más barata que la doméstica. Al surgir la independencia de esas naciones productoras, el control de los yacimientos fue sucesivamente asumido por los estados emergentes.

Durante el epílogo de la Guerra de Yom Kipur, a pesar de que Estados Unidos y el resto de los mayores consumidores de petróleo forzaran a Israel aceptar una paz negociada con Egipto en lugar de la aplastante victoria que ya tenía en la mano, se produjo el primer embargo petrolero contra Occidente. Entonces por la primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos consideró seriamente el racionamiento de combustible. Largas líneas de automóviles se formaban diariamente frente a las gasolineras. A fines de los años setenta un segundo embargo motivó que el entonces Presidente Jimmy Carter, limitara a 55 mph la velocidad máxima en carreteras. Esa medida fracasó de plano y ese límite de velocidad fue en consecuencia suspendido algún tiempo después.

A pesar de la amenaza evidente de que regímenes regímenes hostiles a Estados Unidos pudieran eventualmente chantajear el futuro abastecimiento nacional, muy pocos se interesaron por informar al público de ella. Por el contrario, nuestras importaciones de petróleo en relación al consumo, más que se duplicaron de menos del 30% a más del 63%, mientras el cartel de las principales naciones exportadoras de petróleo se convertía en el verdadero árbitro de la economía global.

Al presente, la disyuntiva no puede ser más crítica. Consideraciones ambientales han bloqueado la construcción de nuevas refinerías en Estados Unidos desde la década del 70. El Congreso ha impedido la perforación en búsqueda de petróleo, tanto en el territorio continental de Norteamérica, como en los océanos circundantes y el Golfo de México (donde de todos modos y con ayuda china y de otros, el Régimen Castrista se dispone a hacerlo). Es interesante señalar que ningún derramamiento de petróleo ha ocurrido jamás en un pozo marítimo en toda la historia de la explotación petrolera mundial. Ni siquiera el homicida vendaval Katrina provocó un “oil spill”. Todos los derrames de crudo han sido ocasionados por accidentes en buques de transporte.

El precio promedio de un galón de gasolina en Norteamérica ya se aproxima a $5.00. Al mismo tiempo, la Fuerza Aérea de Israel ha ensayado un programa ofensivo que sólo puede interpretarse como preámbulo a un ataque contra las instalaciones nucleares de Irán. Tomen nota los amigos lectores de que si se cierra el Estrecho de Ormuz a consecuencia de un estado de guerra entre Israel e Irán, el precio del galón de gasolina puede muy fácilmente dispararse de inmediato al doble o más.¿Se imaginan las consecuencias para nuestro “medio ambiente?" Esa morrocotuda dislocación económica de Occidente, ¿sería acaso un obstáculo para Israel, cuando lo que está en juego es su supervivencia nacional?

Excavar por petróleo en territorio norteamericano y en los océanos adyacentes no es hoy una disyuntiva para Estados Unidos, sino una necesidad imperiosa . Esa excavación debió empezar hace treinta años. Por supuesto, esa acción por sí sola no resolvería la crisis energética inmediatamente, ni por completo. Sería sólo un inevitable primer paso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hugo J. Byrne, Los Angeles, junio 26

 

 

 

 

 

 

 

ANALIZANDO EL PROBLEMA ENERGÉTICO

Amigo lector, ¿cuántas veces ha experimentado usted recientemente una desagradable sorpresa ante el drástico encarecimiento de artículos de primera necesidad al extremo de forzarlo a establecer prioridades en sus compras con las que no soñaba hace apenas dos años? Si busca respuesta a esa ruinosa tendencia, haciendo un análisis honesto del vertiginoso aumento en el costo de la vida (al que llamamos inflación), llegará al inequívoco resultado de que existe un solo culpable: el combustible.

Es ese artículo de primerísima necesidad en cualquier sociedad contemporánea el que hemos visto encarecerse en un 100% durante los últimos seis meses. ¿Quién puede dudar que cuando crece el costo del combustible, todos los artículos transportados (el 99.9% en cualquier sociedad moderna) crecerán en precio en idéntica o muy similar proporción?

Una vez identificado el vital problema sólo nos resta encontrar la solución. Desgraciadamente el incremento en espiral de los costos de la energía de consumo no es algo que pueda resolverse de la noche a la mañana. Las plantas de generación de energía eléctrica capaces de proveer fluído a una comunidad de cientos de miles, o