



a punto de ocurrir.
Después de haber traído a este mundo a mi hermano mayor y a mí, mi madre perdió su tercer embarazo y casi su vida, pero sobrevivió alcanzando los 95 años de edad. Mi padre enfermó gravemente cuando yo era un chiquillo de apenas cinco años. Uno de los eminentes cardiólogos de esa época en Cuba, le pronosticó menos de cinco años más de vida, pero sólo si observaba un riguroso régimen de dieta y medicamentos. Después del diagnóstico fatal, mi padre aunque seriamente enfermo, vivió por más de veinte años. Incluso sobrevivió al cardiólogo. Tuvimos enorme suerte.
Esa suerte no es haber mantenido un techo sobre nuestras cabezas, sino que mi hermano y yo conserváramos a nuestros padres, su amor, enseñanzas, apoyo y guía durante todos los años de la niñez. Las posesiones materiales no determinan el verdadero capital de un individuo. La casa que mis padres lograron poseer a través de una vida de trabajo quedó en Cuba a la disposición de Castro y su repulsiva camarilla de asesinos y bandidos cuando marché al exilio. Pero las enseñanzas de mis progenitores perduraron. No puede robarse lo aprendido. Usar con juicio el tiempo del que disponemos es la medida de la verdadera riqueza. El dinero y otras posesiones materiales pueden desaparecer, pero se les pueden hacer de nuevo. Sólo el tiempo es siempre limitado. Cada segundo que pasa se pierde definitivamente.
En política la virtud es tema superficial, mientras que la envidia es una pasión sumamente poderosa . No importa cuán humanas, justas y libres sean las instituciones que rigen una sociedad civilizada, siempre se percibirá alguna injusticia, real o figurada. No existe sistema socioeconómico perfecto y el capitalismo, aunque no pretenda serlo, es el que más se aproxima a ese ideal.
Sin embargo, la pobreza no es la fuente de la que emana el socialismo como erróneamente tantos creen. La fuente del estado totalitario es la envidia. Podrímos definir el totalitarismo como la apoteosis colectiva de la envidia: el mercado libre no puede garantizar contínua prosperidad universal (nada lo puede), pero el estado omnipotente es garantía absoluta de miseria para todos, menos para aquellos quienes dirigen la sociedad.
En la presente campaña electoral norteamericana el tema más visitado por los tres candidatos es el “cambio”. ¿En qué consiste el susodicho cambio? Cuando hacemos esta pregunta casi siempre nos responden con una interminable lista de promesas imposibles de cumplir sin cuadruplicar la ya abrumadora deuda nacional y aumentar el déficit presupuestario presente, al que todos con estudiada solemnidad denuncian como ruinoso. Al evidenciarse la hipocresía a la décima potencia que la formulación de esos planes entraña, nos inundan con platitudes aburridas. Agotado su repertorio de mentiras nos atracan de sandeces. Todo ese bagazo es llamado “elocuente” por gran parte de la prensa. Sin duda no temen insultar nuestra inteligencia.
Algunos lectores desean que sea específico indicando el candidato de mi predilección. No puedo complacerlos. El voto es tema enormemente serio y en una sociedad todavía libre como en la que vivimos, debe ser asunto estrictamente personal y privado . No obstante, sí presumo de apreciar cuáles son los elementos de juicio más importantes al ejercer ese derecho y no me arredra exponerlos en detalle. Lo que sigue es solamente para beneficio de quienes mantengan un criterio amplio en asuntos sociales.
Lo primero que yo tengo en cuenta al votar en una elección presidencial no es el programa (o programas) que avanza el candidato, sino quién es el candidato . No caben dudas de cuáles son los temas importantes en estos meses previos a las elecciones: el déficit presupuestario, el costo a niveles obscenos de la energía y su muy nocivo efecto en la economía nacional, la conducción de la guerra contra el terrorismo (incluída la campaña de Irak), etc. Esos no son problemas que tengan que anticiparse porque ya los confrontamos.
Lo que no podemos anticipar es cuáles son los problemas que han de surgir en el futuro y cómo puedan encararse. Ejemplos pasados: la secesión y desate de la Guerra Civil en 1864, el ataque a Pearl Harbor en 1941 y el ataque terrorista-musulmán en septiembre del 2001. Por eso considero vital que quien esté a cargo de la posición más poderosa en la nación y en el mundo, sea un individuo de probado buen juicio y de carácter firme y responsable. ¿Cómo determinar que un candidato posea tales características? No hay otro modo sino averiguar cuanto sea posible de su vida y actividades pasadas, tanto personales como políticas.
Y por sobre todo, verificar si debe su prominencia política y candidatura presidencial al cultivo de la envidia.
Una de las primeras nociones de ética que aprendí de quienes me ayudaron a entender la vida es rechazar la envidia . En la ciudad en que crecí algunos de nuestros vecinos parecían ser más pobres que mi familia y otros evidentemente eran mucho más acaudalados que nosotros. Si la definición de pobreza es tener que trabajar para vivir, yo vivía en el seno de una familia pobre, pues mis padres trabajaban ambos. Sin embargo, en la sociedad de mi niñez la posesión de propiedad inmueble se consideraba como índice de prosperidad y mis padres eran dueños de la casa donde nací y en la que vivíamos. Dueños reales de esa su única posesión material modestamente valiosa. La casa no tenía hipotecas. ¿Quiere esto decir que pertenecíamos a lo que se conoce por “clase media”?
No lo sé. Depende de la definición que se le dé a ese estrato económico que sólo existe en el sistema capitalista y que se supone está “en el medio” entre la pobreza y la prosperidad. Ese grupo social nunca es estático: avanza en su caudal paulatinamente o regresa a las necesidades básicas, algunas veces de repente. Aunque cuando vivía con mis padres nunca medité sobre esas posibilidades, hoy me pregunto cómo hubiera sido mi vida en el caso de haberlos perdido a edad temprana, lo que estuvo